Hija de la fortuna
Isabel Allende
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PRIMERA PARTE
1843-1848
Valparaíso
Todo el mundo nace con algún talento especial y Eliza Sommers descubrió temprano
que ella tenía dos: buen olfato y buena memoria. El primero le sirvió para ganarse la vida
y el segundo para recordarla, si no con precisión, al menos con poética vaguedad de
astrólogo. Lo que se olvida es como si nunca hubiera sucedido, pero sus recuerdos reales
o ilusorios eran muchos y fue como vivir dos veces. Solía decirle a su fiel amigo, el sabio
Tao Chi´en, que su memoria era como la barriga del buque donde se conocieron, vasta
y sombría, repleta de cajas, barriles y sacos donde se acumulaban los acontecimientos
de toda su existencia. Despierta no era fácil encontrar algo en aquel grandí simo
desorden, pero siempre podía hacerlo dormida, tal como le enseñó Mama Fresia en las
noches dulces de su niñez, cuando los contornos de la realidad eran apenas un trazo fino
de tinta pálida. Entraba al lugar de los sueños por un camino muchas veces recorrido y
regresaba con grandes precauciones para no despedazar las tenues visiones contra la
áspera luz de la conciencia. Confiaba en ese recurso como otros lo hacen en los
números y tanto afinó el arte de recordar, que podía ver a Miss Rose inclinada sobre la
caja de jabón de Marsella que fuera su primera cuna.
-Es imposible que te acuerdes de eso, Eliza. Los recién nacidos son como los gatos, no
tienen sentimientos ni memoria -sostenía Miss Rose en las pocas ocasiones en que
hablaron del tema.
Sin embargo, esa mujer mirándola desde arriba, con su vestido color topacio y las hebras
sueltas del moño alborotadas por el viento, estaba grabada en la memoria de Eliza y
nunca pudo aceptar la otra explicación sobre su origen.
-Tienes sangre inglesa, como nosotros -le aseguró Miss Rose cuando ella tuvo edad para
entender-. Sólo a alguien de la colonia británica se le habría ocurrido ponerte en una
cesta en la puerta de la "Compañía Británica de Importación y Exportación". Seguro
conocía el buen corazón de mi hermano Jeremy y adivinó que te recogería. En ese
tiempo yo estaba loca por tener un hijo y tú caíste en mis brazos enviada por el Señor,
para ser educada en los sólidos principios de la fe protestante y el idioma inglés.
-¿Inglesa tú? Niña, no te hagas ilusiones, tienes pelos de india como yo -refutaba Mama
Fresia a espaldas de su patrona.
El nacimiento de Eliza era tema vedado en esa casa y la niña se acostumbró al misterio.
Ése, como otros asuntos delicados, no lo mencionaba ante Rose y Jeremy
Sommers, pero lo discutía en susurros en la cocina con Mama Fresia, quien mantuvo
invariable su descripción de la caja de jabón, mientras que la versión de Miss Rose fue
adornándose con los años hasta convertirse en un cuento de hadas. Según ella, la cesta
encontrada en la oficina estaba fabricada del mimbre más fino y forrada en batista, su
camisa era bordada en punto abeja y las sábanas orilladas con encaje de Bruselas,
además iba arropada con una mantita de piel de visón, extravagancia jamás vista en
Chile. Con el tiempo se agregaron seis monedas de oro envueltas en un pañuelo de
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seda y una nota en inglés explicando que la niña, aunque ilegítima, era de muy buena
estirpe, pero Eliza nunca vislumbró nada de eso. El visón, las monedas y la nota
desaparecieron convenientemente y de su nacimiento no quedó rastro. La explicación
de Mama Fresia, sin embargo, se parecía más a sus recuerdos: al abrir la puerta de la
casa una mañana a finales del verano, encontraron una criatura de sexo femenino
desnuda dentro de una caja.
-De mantita de visón y monedas de oro, nada. Yo estaba allí y me acuerdo muy bien.
Venías tiritando en un chaleco de hombre, ni un pañal te habían puesto, y estabas toda
cagada. Eras una mocosa colorada como una langosta recocida, con una pelusa de
choclo en la coronilla. Ésa eras tú. No te hagas ilusiones, no naciste para princesa y si
hubieras tenido el pelo tan negro como lo tienes ahora, los patrones habrían tirado la
caja en la basura -sostenía la mujer.
Al menos todos coincidían en que la niña entró en sus vidas el 15 de marzo de 1832, año
y medio después de la llegada de los Sommers a Chile, y por esa razón designaron la
fecha como la de su cumpleaños. Lo demás siempre fue un cúmulo de contradicciones
y Eliza concluyó finalmente que no valía la pena gastar energía dándole vueltas, porque
cualquiera que fuese la
verdad, de ningún modo podía remediarse. Lo importante es lo que uno hace en este
mundo, no cómo se llega a él, solía decirle a Tao Chi´en durante los muchos años de su
espléndida amistad, pero él no estaba de acuerdo, le resultaba imposible imaginar su
propia existencia separado de la larga cadena de sus antepasados, quienes habían
contribuido no sólo a darle sus características físicas y mentales, sino que también le
habían legado el karma. Su suerte, creía, estaba determinada por las acciones de los
parientes que habían vivido antes, por eso se debía honrarlos con oraciones diarias y
temerlos cuando aparecían en espectrales ropajes a reclamar sus derechos. Tao Chi´en
podía recitar los nombres de todos sus antepasados, hasta los más remotos y venerables
tatarabuelos muertos hacía más de un siglo. Su mayor preocupación en los tiempos del
oro consistía en regresar a morir en su pueblo en China para ser enterrado junto a los
suyos; de lo contrario su alma vagaría para siempre a la deriva en tierra extranjera. Eliza
se inclinaba naturalmente por la historia de la primorosa cesta -a nadie en su sano juicio
le gusta aparecer en una caja de jabón ordinario- pero en honor a la verdad no podía
aceptarla. Su olfato de perro perdiguero recordaba muy bien el primer olor de su
existencia, que no fue el de sábanas limpias de batista, sino de lana, sudor de hombre y
tabaco. El segundo fue un hedor montuno de cabra.
Eliza creció mirando el mar Pacífico desde el balcón de la residencia de sus padres
adoptivos. Encaramada en las laderas de un cerro del puerto de Valparaíso, la casa
pretendía imitar el estilo en boga entonces en Londres, pero las exigencias del terreno, el
clima y la vida de Chile habían obligado a hacerle mo dificaciones sustanciales y el
resultado era un adefesio. Al fondo del patio fueron naciendo como tumores orgánicos
varios aposentos sin ventanas y con puertas de mazmorra, donde Jeremy Sommers
almacenaba la carga más preciosa de la compañía, que en las bodegas del puerto
desaparecía.
-Éste es un país de ladrones, en ninguna parte del mundo la oficina gasta tanto en
asegurar la mercadería como aquí. Todo se lo roban y lo que se salva de los rateros, se
inunda en invierno, se quema en verano o lo aplasta un terremoto -repetía cada vez que
las mulas acarreaban nuevos bultos para descargar en el patio de su casa.
De tanto sentarse ante la ventana a ver el mar para contar los buques y las ballenas en
el horizonte, Eliza se convenció de que era hija de un naufrag io y no de una madre
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desnaturalizada capaz de abandonarla desnuda en la incertidumbre de un día de
marzo. Escribió en su diario que un pescador la encontró en la playa entre los restos de
un barco destrozado, la envolvió en su chaleco y la dejó ante la casa más grande del
barrio de los ingleses. Con los años concluyó que ese cuento no estaba mal del todo:
hay cierta poesía y misterio en lo que devuelve el mar. Si el océano se retirara, la arena
expuesta sería un vasto desierto húmedo sembrado de sirenas y peces agónicos, decía
John Sommers, hermano de Jeremy y Rose quien había navegado por todos los mares
del mundo y describía vívidamente cómo el agua bajaba en medio de un silencio de
cementerio, para volver en una sola ola descomunal, llevándose todo por de lante.
Horrible, sostenía, pero al menos daba tiempo para escapar hacia las colinas, en cambio
en los temblores de tierra las campanas de las iglesias repicaban anunciando la
catástrofe cuando ya todo el mundo escapaba entre los escombros.
En la época en que apareció la niña, Jeremy Sommers tenía treinta años y empezaba a
labrarse un brillante futuro en la "Compañía Británica de Importación y Exportación". En
los círculos comerciales y bancarios gozaba fama de honorable: su palabra y un apretón
de manos equivalían a un contrato firmado, virtud indispensable para toda transacción,
porque las cartas de crédito demoraban meses en cruzar los océanos. Para él, carente
de fortuna, su buen nombre era más importante que la vida misma. Con sacrificio había
logrado una posición segura en el remoto puerto de Valparaíso, lo último que deseaba
en su organizada existencia era una criatura recién nacida que viniera a perturbar sus
rutinas, pero cuando Eliza cayó en la casa no pudo dejar de acogerla, porque al ver a su
hermana Rose aferrada a la chiquilla como una madre, le flaqueó la voluntad.
Entonces Rose tenía sólo veinte años, pero ya era una mujer con pasado y sus
posibilidades de hacer un buen matrimonio podían considerarse mínimas. Por otra parte,
había sacado sus cuentas y decidido que el matrimonio resultaba, aún en el mejor de los
casos, un pésimo negocio para ella; junto a su hermano Jeremy gozaba de la
independencia que jamás tendría con un marido. Había logrado acomodar su vida y no
se dejaba amedrentar por el estigma de las solteronas, por el contrario, estaba decidida
a ser la envidia de las casadas, a pesar de la teoría en boga de que cuando las mujeres
se desviaban de su papel de madres y esposas les salían bigotes, como a las sufragistas,
pero le faltaban hijos y ésa era la única congoja que no podía transformar en triunfo
mediante el ejercicio disciplinado de la imaginación. A veces soñaba con las paredes
de su habitación cubiertas de sangre, sangre ensopando la alfombra, sangre salpicada
hasta el techo, y ella al centro, desnuda y desgreñada como una lunática, dando a luz
una salamandra. Despertaba gritando y pasaba el resto del día desorbitada, sin poder
librarse de la pesadilla. Jeremy la observaba preocupado por sus nervios y culpable por
haberla arrastrado tan lejos de Inglaterra, aunque no podía evitar cierta satisfacción
egoísta con el arreglo que ambos tenían. Como la idea del matrimonio jamás se le había
pasado por el corazón, la presencia de Rose resolvía los problemas domésticos y
sociales, dos aspectos importantes de su carrera. Su hermana compensaba su naturaleza
introvertida y solitaria, por eso soportaba de buen talante sus cambios de humor y sus
gastos innecesarios. Cuando apareció Eliza y Rose insistió en quedarse con ella, Jeremy
no se atrevió a oponerse o expresar dudas mezquinas, perdió galantemente todas las
batallas por mantener al bebé a la distancia, empezando por la primera cuando se trató
de darle un nombre.
-Se llamará Eliza, como nuestra madre, y llevará nuestro apellido -decidió Rose apenas la
hubo alimentado, bañado y envuelto en su propia mantilla.
-¡De ninguna manera, Rose! ¿Qué crees que dirá la gente?
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-De eso me encargo yo. La gente dirá que eres un santo por acoger a esta pobre
huérfana, Jeremy. No hay peor suerte que no tener fa milia. ¿Qué sería de mí sin un
hermano como tú? -replicó ella, consciente del espanto de su hermano ante el menor
asomo de sentimentalismo.
Los chismes fueron inevitables, también a eso debió resignarse Jeremy Sommers, tal
como aceptó que la niña recibiera el nombre de su madre, durmiera los primeros años
en la pieza de su hermana e impusiera bullicio en la casa. Rose divulgó el cuento
increíble de la lujosa cesta depositada por manos anónimas en la oficina de la
"Compañía Británica de Importación y Exportación" y nadie se lo tragó, pero como no
pudieron acusarla de un desliz, porque la vieron cada domingo de su vida cantando en
el servicio anglicano y su cintura mínima era un desafío a las leyes de la anatomía,
dijeron que el bebé era producto de una relación de él con alguna pindonga y por eso
la estaban criando como hija de familia. Jeremy no se dio el trabajo de salir al encuentro
de los rumores maliciosos. La irracionalidad de los niños lo desconcertaba, pero Eliza se
las arregló para conquistarlo. Aunque no lo admitía, le gustaba verla jugando a sus pies
por las tardes, cuando se sentaba en su poltrona a leer el periódico. No había
demostraciones de afecto entre ambos, él se ponía rígido ante el mero hecho de
estrechar una mano humana, la idea de un contacto más íntimo le producía pánico.
Cuando apareció la recién nacida en casa de los Sommers aquel 15 de marzo, Mama
Fresia, que hacía las veces de cocinera y ama de llaves, opinó que debían desprenderse
de ella.
-Si la propia madre la abandonó, es porque está maldita y más seguro es no tocarla -dijo,
pero nada pudo hacer contra la determinación de su patrona.
Apenas Miss Rose la levantó en brazos, la criatura se echó a llorar a pulmón abierto,
estremeciendo la casa y martirizando los nervios de sus habitantes. Incapaz de hacerla
callar, Miss Rose improvisó una cuna en una gaveta de su cómoda y la cubrió con
cobijas, mientras salía disparada a buscar una nodriza. Pronto regresó con una mujer
conseguida en el mercado, pero no se le ocurrió examinarla de cerca, le bastó ver sus
grandes senos estallando bajo la blusa para contratarla apresuradamente. Resultó ser
una campesina algo retardada, quien entró a la casa con su bebé, un pobre niño tan
mugriento como ella. Debieron remojar al crío largo rato en agua tibia para desprender
la suciedad que llevaba pegada en el trasero y zambullir a la mujer en un cubo de agua
con lejía para quitarle los piojos. Los dos infantes, Eliza y el del aya, se iban en cólicos con
una diarrea biliosa ante la cual el médico de la familia y el boticario alemán resultaron
incompetentes. Vencida por el llanto de los niños, que no era sólo de hambre sino
también de dolor o de tristeza, Miss Rose lloraba también. Por fin al tercer día intervino
Mama Fresia de mala gana.
-¿No ve que la mujer esa tiene los pezones podridos? Compre una cabra para alimentar
a la chiquilla y déle tisana de canela, porque si no se va a despachar antes del viernes -
refunfuñó.
En ese entonces Miss Rose apenas chapuceaba español, pero entendió la palabra
cabra, mandó al cochero a comprar una y despidió a la nodriza. Apenas llegó el animal
la india colocó a Eliza directamente bajo las ubres hinchadas, ante el horror de Miss Rose
quien nunca había visto un espectáculo tan vil, pero la leche tibia y las infusiones de
canela aliviaron pronto la situación; la niña dejó de llorar, durmió siete horas seguidas y
despertó chupando el aire frenética. A los pocos días tenía la expresión plácida de los
bebés sanos y era evidente que estaba subiendo de peso. Miss Rose compró un biberón
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cuando se dio cuenta que si la cabra balaba en el patio, Eliza empezaba a olisquear
buscando el pezón. No quiso ver crecer a la chica con la idea peregrina de que ese
animal era su madre. Esos cólicos fueron de los escasos malestares que soportó Eliza en su
infancia, los demás fueron atajados en los primeros síntomas por las yerbas y conjuros de
Mama Fresia, incluso la feroz peste de sarampión africano llevada por un marinero griego
a Valparaíso. Mientras duró el peligro, Mama Fresia colocaba por las noches un trozo de
carne cruda sobre el ombligo de Eliza y la fajaba apretadamente con un paño de lana
roja, secreto de naturaleza para prevenir el contagio. En los años siguientes Miss Rose
convirtió a Eliza en su juguete. Pasaba horas entretenida enseñándole a cantar y bailar,
recitándole versos que la chiquilla memorizaba sin esfuerzo, trenzándole el pelo y
vistiéndola con primor, pero apenas surgía otra diversión o la atacaba el dolor de
cabeza, la mandaba a la cocina con Mama Fresia. La niña se crió entr e la salita de
costura y los patios traseros, hablando inglés en una parte de la casa y una mezcla de
español y mapuche -la jerga indígena de su nana- en la otra, vestida y calzada como
una duquesa unos días y otros jugando con las gallinas y los perros, d escalza y mal
cubierta por un delantal de huérfana. Miss Rose la presentaba en sus veladas musicales,
la llevaba en coche a tomar chocolate a la mejor pastelería, de compras o a visitar los
barcos en el muelle, pero igual podía pasar varios días distraída escribiendo en sus
misteriosos cuadernos o leyendo una novela, sin pensar para nada en su protegida.
Cuando se acordaba de ella corría arrepentida a buscarla, la cubría de besos, la
atiborraba de golosinas y volvía a ponerle sus atuendos de muñeca para lle varla de
paseo. Se ocupó de darle la más amplia educación posible, sin descuidar los adornos
propios de una señorita. A raíz de una pataleta de Eliza a propósito de ejercicios de
piano, la cogió por un brazo y sin esperar al cochero la llevó a la rastra doce cuadras
cerro abajo a un convento. En el muro de adobe, sobre un grueso portón de roble con
remaches de hierro, se leía en letras desteñidas por el viento salino: Casa de Expósitas.
-Agradece que mi hermano y yo nos hemos hecho cargo de ti. Aquí vienen a parar los
bastardos y los críos abandonados. ¿Es esto lo que quieres?
Muda, la chica negó con la cabeza.
-Entonces más vale que aprendas a tocar el piano como una niña decente. ¿Me has
entendido?
Eliza aprendió a tocar sin talento ni nobleza, pero a fuerza de disciplina consiguió a los
doce años acompañar a Miss Rose durante las veladas musicales. No perdió la destreza,
a pesar de largos períodos sin practicar, y varios años más tarde pudo ganarse el
sustento en un burdel trashumante, finalidad que jamás pasó por la mente de Miss Rose
cuando se empeñaba en enseñarle el sublime arte de la música.
Muchos años después, en una de esas tardes tranquilas tomando té de la China y
conversando con su amigo Tao Chi´en en el jardín delicado que ambos cultivaban, Eliza
concluyó que aquella inglesa errática fue una muy buena madre y le estaba
agradecida por los grandes espacios de libertad interior que le dio. Mama Fresia fue el
segundo pilar de su niñez. Se colgaba de sus anchas faldas negras, la acompañaba en
sus tareas y de paso la volvía loca a preguntas. Así aprendió leyendas y mitos indígenas,
a descifrar los signos de los animales y del mar, a reconocer los hábitos de los espíritus y
los mensajes de los sueños y también a cocinar. Con su olfato infatigable era capaz de
identificar ingredientes, yerbas y especias a ojos cerrados y, tal como memorizaba
poesías, recordaba cómo usarlos. Pronto los complicados platos criollos de Mama Fresia
y la delicada pastelería de Miss Rose perdieron su misterio. Poseía una rara voc ación
culinaria, a los siete años podía sin asco quitar la piel a una lengua de vaca o las tripas a
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una gallina, amasar veinte "empanadas" sin la menor fatiga y pasar horas perdidas
desgranando frijoles, mientras escuchaba boquiabierta las crueles leyendas indígenas de
Mama Fresia y sus coloridas versiones sobre las vidas de los santos.
Rose y su hermano John habían sido inseparables desde niños. Ella se entretenía en
invierno tejiendo chalecos y calcetas para el capitán y él se esmeraba en traerle de
cada viaje maletas repletas de regalos y grandes cajas con libros, varios de los cuales
iban a parar bajo llave al armario de Rose. Jeremy, como dueño de casa y jefe de
familia, tenía facultad para abrir la correspondencia de su hermana, leer su diario
privado y exigir copia de las llaves de sus muebles, pero nunca demostró inclinación por
hacerlo. Jeremy y Rose mantenían una relación doméstica basada en la seriedad, poco
tenían en común, salvo la mutua dependencia que a ratos les parecía una forma
secreta de od io. Jeremy cubría las necesidades de Rose pero no financiaba sus
caprichos ni preguntaba de dónde salía el dinero para sus antojos, asumía que se lo
daba John. A cambio, ella manejaba la casa con eficiencia y estilo, siempre clara en las
cuentas, pero sin molestarlo con detalles mínimos. Poseía un buen gusto certero y una
gracia sin esfuerzo, ponía brillo en la existencia de ambos y con su presencia
contrarrestaba la creencia, muy difundida por esos lados, de que un hombre sin familia
era un desalmado en potencia.
-La naturaleza del varón es salvaje; el destino de la mujer es preservar los valores morales
y la buena conducta -sostenía Jeremy Sommers.
-¡Ay, hermano! Tú y yo sabemos que mi naturaleza es más salvaje que la tuya -se burlaba
Rose.
Jacob Todd, un pelirrojo carismático y con la más hermosa voz de predicador que se
oyera jamás por esos lados, desembarcó en Valparaíso en 1843 con un cargamento de
trescientos ejemplares de la Biblia en español. A nadie le extrañó verlo llegar: era otro
misionero de los muchos que andaban por todas partes predicando la fe protestante. En
su caso, sin embargo, el viaje fue producto de su curiosidad de aventurero y no de fervor
religioso. En una de esas fanfarronadas de hombre vividor con demasiada cerveza en el
cuerpo, apostó en una mesa de juego en su club en Londres que podía vender biblias en
cualquier punto del planeta. Sus amigos le vendaron los ojos, hicieron girar un globo
terráqueo y su dedo cayó en una colonia del Reino de España, perdida en la parte
inferior del mundo, donde ninguno de esos alegres compinches sospechaba que hubiera
vida. Descubrió pronto que el mapa estaba atrasado, la colonia se había independizado
hacía más de treinta años y ahora era la orgullosa República de Chile, un país católico
donde las ideas protestantes no tenían entrada, pero ya la apuesta estaba hecha y él no
estaba dispuesto a echarse atrás. Era soltero, sin lazos afectivos o profesionales y la
extravagancia de semejante viaje lo atrajo de inmediato. Considerando los tres meses
de ida y otros tres de vuelta navegando por dos océanos, el proyecto resultaba de largo
aliento. Vitoreado por sus amigos, quienes le vaticinaron un final trágico en manos de los
papistas de aquel ignoto y bárbaro país, y con el apoyo financiero de la "Sociedad
Bíblica Británica y Extranjera", que le facilitó los libros y le consiguió el pasaje, inició la
larga travesía en barco rumbo al puerto de Valparaíso. El desafío consistía en vender las
biblias y volver en el plazo de un año con un recibo firmado por cada una. En los
archivos de la biblioteca leyó cartas de hombres ilustres, marinos y comerciantes que
habían estado en Chile y describían un pueblo mestizo de poco más de un millón de
almas y una extraña geografía de impresionantes montañas, costas abruptas, valles
fértiles, bosques antiguos y hielos eternos. Tenía la reputación de ser el país más
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intolerante en materia religiosa de todo el continente americano, según aseguraban
quienes lo habían visitado. A pesar de ello, virtuosos misioneros habían intentado difundir
el protestantismo y sin hablar palabra de castellano o de idioma de indios llegaron al sur,
donde la tierra firme se desgranaba en un rosario de islas. Varios murieron de hambre, frío
o, se sospechaba, devorados por sus propios feligreses. En las ciudades no tuvieron mejor
suerte. El sentido de hospitalidad, sagrado para los chilenos, pudo más que la
intolerancia religiosa y por cortesía les permitían predicar, pero les hacían muy poco
caso. Si asistían a las charlas de los escasos pastores protestantes era con la actitud de
quien va a un espectáculo, divertidos ante la peculiaridad de que fuesen herejes. Nada
de eso logró descorazonar a Jacob Todd, porque no iba como misionero, sino como
vendedor de biblias.
En los archivos de la Biblioteca descubrió que desde su independencia en 1810, Chile
había abierto sus puertas a los inmigrantes, que llegaron por centenares y se instalaron
en aquel largo y angosto territorio bañado de cabo a rabo por el océano Pacífico. Los
ingleses hicieron fortuna rápidamente como comerciantes y armadores; muchos llevaron
a sus familias y se quedaron. Formaron una pequeña nación dentro del país, con sus
costumbres, cultos, periódicos, clubes, escuelas y hospitales, pero lo hicieron con tan
buenas maneras, que lejos de producir sospechas eran considerados un ejemplo de
civilidad. Acantonaron su escuadra en Valparaíso para controlar el tráfico marítimo del
Pacífico y así, de un caserío pobretón y sin destino a comienzos de la República, se
convirtió en menos de veinte años en un puerto importante, donde recalaban los veleros
provenientes del Atlántico a través del Cabo de Hornos y más tarde los vapores que
pasaban por el Estrecho de Magallanes.
Fue una sorpresa para el cansado viajero cuando Valparaíso apareció ante sus ojos.
Había más de un centenar de embarcaciones con banderas de medio mundo. Las
montañas de cumbres nevadas parecían tan cercanas que daban la impresión de
emerger directamente de un mar color azul de tinta, del cual emanaba una fragancia
imposible de sirenas. Ja cob Todd ignoró siempre que bajo esa apariencia de paz
profunda había una ciudad completa de veleros españoles hundidos y esqueletos de
patriotas con una piedra de cantera atada a los tobillos, fondeados por los soldados del
Capitán General. El barco echó el ancla en la bahía, entre millares de gaviotas que
alborotaban el aire con sus alas tremendas y sus graznidos de hambre. Innumerables
botes capeaban las olas, algunos cargados con enormes congrios y róbalos aún vivos,
debatiéndose en la desesperación del aire. Valparaíso, le dijeron, era el emporio
comercial del Pacífico, en sus bodegas se almacenaban metales, lana de oveja y de
alpaca, cereales y cueros para los mercados del mundo. Varios botes transportaron los
pasajeros y la carga del velero a tierra f irme. Al descender al muelle entre marineros,
estibadores, pasajeros, burros y carretones, se encontró en una ciudad encajonada en
un anfiteatro de cerros empinados, tan poblada y sucia como muchas de buen nombre
en Europa. Le pareció un disparate arquitectónico de casas de adobe y madera en
calles angostas, que el menor incendio podía convertir en ceniza en pocas horas. Un
coche tirado por dos caballos maltrechos lo condujo con los baúles y cajones de su
equipaje al Hotel Inglés. Pasó frente a edificios bien plantados en torno a una plaza,
varias iglesias más bien toscas y residencias de un piso rodeadas de amplios jardines y
huertos. Calculó unas cien manzanas, pero pronto supo que la ciudad engañaba la
vista, era un dédalo de callejuelas y pasajes. Atisbó a lo lejos un barrio de pescadores
con casuchas expuestas a la ventolera del mar y redes colgando como inmensas
telarañas, más allá fértiles campos plantados de hortalizas y frutales. Circulaban coches
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tan modernos como en Londres, birlochos, fiacres y calesas, también recuas de mulas
escoltadas por niños harapientos y carretas tiradas por bueyes por el centro mismo de la
ciudad. Por las esquinas, frailes y monjas mendigaban la limosna para los pobres entre
levas de perros vagos y gallinas desorientadas. Observó algunas mujeres cargadas de
bolsas y canastos, con sus hijos a la rastra, descalzas pero con mantos negros sobre la
cabeza, y muchos hombres con sombreros cónicos sentados en los umbrales o
charlando en grupos, siempre ociosos.
Una hora después de descender del barco, Jacob Todd se encontraba sentado en el
elegante salón del Hotel Inglés fumando cigarros negros importados de El Cairo y
hojeando una revista británica bastante atrasada de noticias. Suspiró agradecido: por lo
visto no tendría problemas de adaptación y administrando bien su renta podría vivir allí
casi tan cómodamente como en Londres. Esperaba que alguien acudiera a servirlo -al
parecer nadie se daba prisa por esos lados- cuando se acercó John Sommers, el capitán
del velero en que había viajado. Era un hombronazo de pelo oscuro y piel tostada como
cuero de zapato, que hacía alarde de su condición de recio bebedor, mujeriego e
infatigable jugador de naipes y dados. Habían hecho buena amistad y el juego los
mantuvo entretenidos en las noches eternas de navegación en alta mar y en los días
tumultuosos y helados bordeando el Cabo de Hornos al sur del mundo. John Sommers
venía acompañado por un hombre pálido, con una barba bien recortada y vestido de
negro de pies a cabeza, a quien presentó como su hermano Jeremy. Difícil sería
encontrar dos tipos humanos más diferentes. John parecía la imagen misma de salud y
fortaleza, franco, ruidoso y amable, mientras que el otro tenía un aire de espectro
atrapado en un invierno eterno. Era una de esas personas que nunca están del todo
presentes y a quienes resulta difícil recordar, porque carecen de contornos precisos,
concluyó Jacob Todd. Sin esperar invitación ambos se arrimaron a su mesa con la
familiaridad de los compatriotas en tierra ajena. Finalmente apareció una criada y el
capitán John Sommers ordenó una botella de whisky, mientras su hermano pedía té en la
jerigonza inventada por los británicos para entenderse con la servidumbre.
-¿Cómo están las cosas en casa? -inquirió Jeremy. Hablaba en tono bajo, casi en un
murmullo, moviendo apenas los labios y con un acento algo afectado.
-Desde hace trescientos años no pasa nada en Inglaterra -dijo el capitán.
-Disculpe mi curiosidad, Mr. Todd pero lo vi entrar al hotel y no pude dejar de notar su
equipaje. Me pareció que había varias cajas marcadas como biblias... ¿me equivoco? -
preguntó Jeremy Sommers.
-Efectivamente, son biblias.
-Nadie nos avisó que nos mandaban otro pastor...
-¡Navegamos durante tres meses juntos y no me enteré que era usted pastor, Mr. Todd! -
exclamó el capitán.
-En realidad no lo soy -replicó Jacob Todd disimulando el bochorno tras una bocanada
del humo de su cigarro.
-Misionero, entonces. Piensa ir a Tierra del Fuego, supongo. Los indios patagones están
listos para la evangelización. De los araucanos olvídese, hombre, ya los atraparon los
católicos -comentó Jeremy Sommers.
-Debe quedar un puñado de araucanos. Esa gente tiene la manía de dejarse masacrar -
anotó su hermano.
-Eran los indios más salvajes de América, Mr. Todd. La mayoría murió peleando contra los
españoles. Eran caníbales.
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-Cortaban pedazos de los prisioneros vivos: preferían su cena fresca. -Añadió el capitán-.
Lo mismo haríamos usted y yo si alguien nos mata a la familia, nos quema la aldea y nos
roba la tierra.
-Excelente, John, ¡ahora defiendes el canibalismo¡ -replicó su hermano, disgustado-. En
todo caso, Mr. Todd, debo advertirle que no interfiera con los católicos. No debemos
provocar a los nativos. Esta gente es muy supersticiosa.
-Las creencias ajenas son supersticiones, Mr. Todd. Las nuestras se llaman religión. Los
indios de Tierra del Fuego, los patagones, son muy diferentes a los araucanos.
-Igualmente salvajes. Viven desnudos en un clima horrible -dijo Jeremy.
-Lléveles su religión, Mr. Todd, a ver si al menos apre nden a usar calzones -anotó el
capitán.
Todd no había oído mentar a aquellos indios y lo último que deseaba era predicar algo
en lo cual él mismo no creía, pero no se atrevió a confesarles que su viaje era el resultado
de una apuesta de borrachos. Respondi ó vagamente que pensaba armar una
expedición misionera, pero aún debía decidir cómo financiarla.
-Si hubiera sabido que venía a predicar los designios de un dios tiránico entre esas
buenas gentes, lo lanzo por la borda en la mitad del Atlántico, Mr. Todd.
Los interrumpió la criada con el whisky y el té. Era una adolescente frutal enfundada en
un vestido negro con cofia y delantal almidonados. Al inclinarse con la bandeja dejó en
el aire una fragancia perturbadora de flores machacadas y plancha a carbón. Jacob
Todd no había visto mujeres en las últimas semanas y se quedó mirándola con un
retorcijón de soledad. John Sommers esperó que la muchacha se retirara.
-Tenga cuidado, hombre, las chilenas son fatales -dijo.
-No me lo parecen. Son bajas, anchas de caderas y tienen una voz desagradable -dijo
Jeremy Sommers equilibrando su taza de té.
-¡Los marineros desertan de los barcos por ellas¡ -exclamó el capitán!.
-Lo admito, no soy una autoridad en materia de mujeres. No tengo tiempo para eso.
Debo ocuparme de mis negocios y de nuestra hermana, ¿lo has olvidado?
-Ni por un momento, siempre me lo recuerdas. Ve usted. Mr. Todd yo soy la oveja negra
de la familia, un tarambana. Si no fuera por el bueno de Jeremy...
-Esa muchacha parece española -interrumpió Jacob Todd siguiendo con la vista a la
criada, quien en ese momento atendía otra mesa-. Viví dos meses en Madrid y vi muchas
como ella.
-Aquí todos son mestizos, incluso en las clases altas. No lo admiten, por supuesto. La
sangre indígena se esconde como la plaga. No los culpo, los indios tienen fama de
sucios, ebrios y perezosos. El gobierno trata de mejorar la raza trayendo inmigrantes
europeos. En el sur regalan tierras a los colonos.
-Su deporte favorito es matar indios para quitarles las tierras.
-Exageras, John.
-No siempre es necesario eliminarlos a bala, basta con alcoholizarlos. Pero matarlos es
mucho más divertido, claro. En todo caso, los británicos no participamos en ese
pasatiempo, Mr. Todd. No nos interesa la tierra. ¿Para qué plantar papas si podemos
hacer fortuna sin quitarnos los guantes?
-Aquí no faltan oportunidades para un hombre emprendedor. Todo está por hacerse en
este país. Si desea prosperar vaya al norte. Hay plata, cobre, salitre, guano...
-¿Guano?
-Mierda de pájaro -aclaró el marino.
-No entiendo nada de eso, Mr. Sommers.
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-Hacer fortuna no le interesa a Mr. Todd, Jeremy. Lo suyo es la fe cristiana, ¿verdad?
-La colonia protestante es numerosa y próspera, lo ayudará. Venga mañana a mi casa.
Los miércoles mi hermana Rose organiza una tertulia musical y será buena ocasión de
hacer amigos. Mandaré mi coche a recogerlo a las cinco de la tarde. Se divertirá -dijo
Jeremy Sommers, despidiéndose.
Al día siguiente, refrescado por una noche sin sueños y un largo baño para quitarse la
rémora de sal que llevaba pegada en el alma, pero todavía con el paso vacilante por la
costumbre de navegar, Jacob Todd salió a pasear por el puerto. Recorrió sin prisa la
calle principal, paralela al mar y a tan corta distancia de la orilla que lo salpicaban las
olas, bebió unas copas en un café y comió en una fonda del mercado. Había salido de
Inglaterra en un gélido invierno de febrero y después de cruzar un eterno desierto de
agua y estrellas, donde se le embrolló hasta la cuenta de sus pasados amores, llegó al
hemisferio sur a comienzos de otro invierno inmisericorde. Antes de partir no se le ocurrió
averiguar sobre el clima. Imaginó a Chile caliente y húmedo como la India, porque así
creía que eran los países de los pobres, pero se encontró a merced de un viento helado
que le raspaba los huesos y levantaba remolinos de arena y basura. Se perdió varias
veces en calles torcidas, daba vueltas y más vueltas para quedar donde mismo había
comenzado. Subía por callejones torturados por infinitas escaleras y orillados de casas
absurdas colgadas de ninguna parte, procurando discretamente no mirar la intimidad
ajena por las ventanas. Tropezó con plazas románticas de aspecto europeo coronadas
por glorietas, donde bandas militares tocaban música para enamorados, y recorrió
tímidos jardines pisoteados por burros. Soberbios árboles crecían a la orilla de las calles
principales alimentados por aguas fétidas que bajaban de los cerros a tajo abierto. En la
zona comercial era tan evidente la presencia de los británicos, que se respiraba un aire
ilusorio de otras latitudes. Los letreros de varias tiendas estaban en inglés y pasaban sus
compatriotas vestidos como en Londres, con los mismos paraguas negros de sepultureros.
Apenas se alejó de las calles centrales, la pobreza se le vino encima con el impacto de
un bofetón; la gente se veía desnutrida, somnolienta, vio soldados con uniformes raídos y
pordioseros en las puertas de los templos. A las doce del día se echaron a volar al
unísono las campanas de las iglesias y al instante cesó el barullo, los transeúntes se
detuvieron, los hombres se quitaron el sombrero, las pocas mujeres a la vista se
arrodillaron y todos se persignaron. La visión duró doce campanas y enseguida se
reanudó la actividad en la calle como si nada hubiera ocurrido.
:::::::::::
Los ingleses
El coche enviado por Sommers llegó al hotel con media hora de atraso. El conductor
llevaba bastante alcohol entre pecho y espalda, pera Jacob Todd no estaba en
situación de elegir. El hombre lo condujo en dirección al sur. Había llovido durante un par
de horas y las calles se habían vuelto intransitables en algunos trechos, donde los charcos
de agua y lodo disimulaban las trampas fatales de agujeros capaces de tragarse un
caballo distraído. A los costados de la calle aguardaban niños con parejas de bueyes,
preparados para rescatar los coches empantanados a cambio de una moneda, pero a
pesar de su miopía de ebrio el conductor consiguió eludir los baches y pronto
comenzaron a ascender una colina. Al llegar a Cerro Alegre, donde vivía la mayor parte
de la colonia extranjera, el aspecto de la ciudad daba un vuelco y desaparecían las
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casuchas y conventillos de más abajo. El coche se detuvo ante una quinta de amplias
proporciones, pero de atormentado aspecto, un engendro de torreones pretenciosos y
escaleras inútiles, plantada entre los desniveles del terreno y alumbrada con tantas
antorchas, que la noche había retrocedido. Salió a abrir la puerta un criado indígena
con un traje de librea que le quedaba grande, recibió su abrigo y sombrero y lo condujo
a una sala espaciosa, decorada con muebles de buena factura y cortinajes algo
teatrales de terciopelo verde, recargada de adornos, sin un centímetro en blanco para
descanso de la vista. Supuso que en Chile, como en Europa, una pared desnuda se
consideraba signo de pobreza y salió del error mucho después, cuando visitó las sobrias
casas de los chilenos. Los cuadros colgaban inclinados para apreciarlos desde abajo y la
vista se perdía en la penumbra de los techos altos. La gran chimenea encendida con
gruesos leños y varios braceros con carbón repartían un calor disparejo que dejaba los
pies helados y la cabeza afiebrada. Había algo más de una docena de personas
vestidas a la moda europea y varias criadas de uniforme circulando bandejas. Jeremy y
John Sommers se adelantaron a saludarlo.
-Le presento a mi hermana Rose -dijo Jeremy conduciéndolo hacia el fondo del salón.
Y entonces Jacob Todd vio sentada a la derecha de la chimenea a la mujer que le
arruinaría la paz del alma. Rose Sommers lo deslumbró al instante, no tanto por bonita
como por segura de sí misma y alegre. Nada tenía de la grosera exuberancia del
capitán ni de la fastidiosa solemnidad de su hermano Jeremy, era una mujer de
expresión chispeante como si estuviera siempre lista para estallar en una risa coqueta.
Cuando lo hacía, una red de finas arrugas aparecía alrededor de sus ojos y por alguna
razón eso fue lo que más atrajo a Jacob Todd. No supo calcular su edad, entre veinte y
treinta tal vez, pero supuso que dentro de diez años se vería igual, porque tenía buenos
huesos y porte de reina. Lucía un vestido de tafetán color durazno e iba sin adornos,
salvo sencillos pendientes de coral en las orejas. La cortesía más elemental indicaba que
se limitara a sugerir el gesto de besar su mano, sin tocarla con los labios, pero se le turbó
el entendimiento y sin saber cómo le plantó un beso. Tan inapropiado resultó aquel
saludo, que durante una pausa eterna se quedaron suspendidos en la incertidumbre, él
sujetando su mano como quien agarra una espada y ella mirando el rastro de saliva sin
atreverse a limpiarlo para no ofender a la visita, hasta que interrumpió una chica vestida
como una princesa. Entonces Todd despertó de la zozobra y al enderezarse alcanzó a
percibir cierto gesto de burla que intercambiaron los hermanos Sommers. Procurando
disimular, se volvió hacia la niña con una atención exagerada, dispuesto a conquistarla.
-Ésta es Eliza, nuestra protegida -dijo Jeremy Sommers.
Jacob Todd cometió la segunda torpeza.
-¿Cómo es eso, protegida? -preguntó.
-Quiere decir que no soy de esta familia -explicó Eliza pacientemente, en el tono de
quien le habla a un tonto.
-¿No?
-Si me porto mal me mandan donde las monjas papistas.
-¡Qué dices, Eliza¡ No le haga caso, Mr. Todd. A los niños se les ocurren cosas raras. Por
supuesto que Eliza es de nuestra familia -interrumpió Miss Rose, poniéndose de pie.
Eliza había pasado el día con Mama Fresia preparando la cena. La cocina quedaba en
el patio, pero Miss Rose la hizo unir a la casa mediante un cobertizo para evitar e l
bochorno de servir los platos fríos o salpicados de paloma. Ese cuarto renegrido por la
grasa y el hollín del fogón era el reino indiscutible de Mama Fresia Gatos, perros, gansos y
gallinas paseaban a su antojo por el piso de ladrillos rústicos sin encerar; allí rumiaba todo
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el invierno la cabra que amamantó a Eliza, ya muy anciana, que nadie se atrevió a
sacrificar, porque habría sido como asesinar a una madre. A la niña le gustaba el aroma
del pan crudo en los moldes cuando la levadura realizaba entre suspiros el misterioso
proceso de esponjar la masa; el del azúcar de caramelo batida para decorar tortas; el
del chocolate en peñascos deshaciéndose en la leche. Los miércoles de tertulia las
mucamas -dos adolescentes indígenas, que vivían en la casa y trab ajaban por la
comida- pulían la plata, planchaban los manteles y sacaban brillo a los cristales. A
mediodía mandaban al cochero a la pastelería a comprar dulces preparados con
recetas celosamente guardadas desde los tiempos de la Colonia. Mama Fresia
aprovechaba para colgar de un arnés de los caballos una bolsa de cuero con leche
fresca, que en el trote de ida y vuelta se convertía en mantequilla.
A las tres de la tarde Miss Rose llamaba a Eliza a su aposento, donde el cochero y el valet
instalaban una bañera de bronce con patas de león, que las mucamas forraban con
una sábana y llenaban de agua caliente perfumada con hojas de menta y romero. Rose
y Eliza chapoteaban en el baño como criaturas hasta que se enfriaba el agua y
regresaban las criadas con los bra zos cargados de ropa para ayudarlas a ponerse
medias y botines, calzones hasta media pierna, camisa de batista, luego un refajo con
relleno en las caderas para acentuar la esbeltez de la cintura, enseguida tres enaguas
almidonadas y por fin el vestido, que las cubría enteramente, dejando al aire sólo la
cabeza y las manos. Miss Rose usaba además un corsé tieso mediante huesos ballena y
tan apretado que no podía respirar a fondo ni levantar los brazos por encima de los
hombros; tampoco podía vestirse sola ni doblarse porque se quebraban las ballenas y se
le clavaban como agujas en el cuerpo. Ése era el único baño de la semana, una
ceremonia sólo comparable a la de lavarse los cabellos el sábado, que cualquier
pretexto podía cancelar, porque se consideraba peligroso para la salud. Durante la
semana Miss Rose usaba jabón con cautela, prefería friccionarse con una esponja
empapada en leche y refrescarse con "eau de toilette" perfumada a la vainilla, como
había oído que estaba de moda en Francia desde los tiempos de Madame Pompadour;
Eliza podía reconocerla a ojos cerrados en medio de una multitud por su peculiar
fragancia a postre. Pasados los treinta años mantenía esa piel transparente y frágil de
algunas jóvenes inglesas antes de que la luz del mundo y la propia arrogancia la vuelvan
pergamino. Cuidaba su apariencia con agua de rosas y limón para aclarar la piel, miel
de hamamelis para suavizarla, camomilla para dar luz al cabello y una colección de
exóticos bálsamos y lociones traídos por su hermano John del Lej ano Oriente, donde
estaban las mujeres más hermosas del universo, según decía. Inventaba vestidos
inspirados en las revistas de Londres y los hacía ella misma en su salita de costura; a
punta de intuición e ingenio modificaba su vestuario con las mismas ci ntas, flores y
plumas que servían por años sin verse añejas. No usaba, como las chilenas, un manto
negro para cubrirse cuando salía, costumbre que le parecía una aberración, prefería sus
capas cortas y su colección de sombreros, a pesar de que en la calle solían mirarla
como si fuera una cortesana.
Encantada de ver un rostro nuevo en la reunión semanal, Miss Rose perdonó el beso
impertinente de Jacob Todd y tomándolo del brazo, lo condujo a una mesa redonda
situada en un rincón de la sala. Le dio a escoger entre varios licores, insistiendo que
probara su "mistela", un extraño brebaje de canela, aguardiente y azúcar que él fue
incapaz de tragar y lo vació disimuladamente en un macetero. Luego le presentó a la
concurrencia: Mr. Appelgren, fabricante de muebles, acompañado por su hija, una
joven descolorida y tímida; Madame Colbert, directora de un colegio inglés para niñas;
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Mr. Ebeling dueño de la mejor tienda de sombreros para caballeros y su esposa, quien se
abalanzó sobre Todd pidiéndole noticias de la familia real inglesa como si se tratara de
sus parientes. También conoció a los cirujanos Page y Poett.
-Los doctores operan con cloroformo -aclaró admirada Miss Rose.
-Aquí todavía es una novedad, pero en Europa ha revolucionado la práctica de la
medicina -explicó uno de los cirujanos.
-Entiendo que en Inglaterra se emplea regularmente en obstetricia. ¿No lo usó la reina
Victoria? -añadió Todd por decir algo, puesto que nada sabía del tema.
-Aquí hay mucha oposición de los católicos para eso. La maldición bíblica sobre la mujer
es parir con dolor, Mr. Todd.
-¿No les parece injusto, señores? La maldición del hombre es trabajar con el sudor de su
frente, pero en este salón, sin ir más lejos, los caballeros se ganan la vida con el sudor
ajeno -replicó Miss Rose sonrojándose violentamente.
Los cirujanos sonrieron incómodos, pero Todd la observó cautivado. Hubiera
permanecido a su lado la noche entera, a pesar de que lo correcto en una tertulia de
Londres, según recordaba Jacob Todd era partir a la media hora. Se dio cuenta que en
esa reunión la gente parecía dispuesta a quedarse y supuso que el círculo social debía
ser muy limitado y tal vez la única reunión semanal era la de los Sommers. Estaba en esas
dudas cuando Miss Rose anunció la entretención musical. Las criad as trajeron más
candelabros, iluminando la sala de día claro, colocaron sillas en torno a un piano, una
vihuela y un arpa, las mujeres se sentaron en semicírculo y los hombres se colocaron atrás
de pie. Un caballero mofletudo se instaló al piano y de sus manos de matarife brotó una
melodía encantadora, mientras la hija del fabricante de muebles interpretaba una
antigua balada escocesa con una voz tan exquisita, que Todd olvidó por completo su
aspecto de ratón asustado. La directora de la escuela para niñas recitó un heroico
poema, innecesariamente largo; Rose cantó un par de canciones pícaras a dúo con su
hermano John, a pesar de la evidente desaprobación de Jeremy Sommers, y luego
exigió a Jacob Todd que los regalara con algo de su repertorio. Eso dio oportunidad al
visitante de lucir su buena voz.
-¡Usted es un verdadero hallazgo, Mr. Todd¡ No lo soltaremos. ¡Está usted condenado a
venir todos los miércoles¡ -exclamó ella cuando cesó el aplauso, sin hacer caso de la
expresión embobada con que la observaba el visitante.
Todd sentía los dientes pegados de azúcar y la cabeza le daba vueltas, no sabía si sólo
de admiración por Rose Sommers o también a causa de los licores ingeridos y del
potente cigarro cubano fumado en compañía del capitán Sommers. En esa casa no se
podía rechazar un vaso o un plato sin ofender; pronto descubriría que ésa era una
característica nacional en Chile, donde la hospitalidad se manifestaba obligando a los
invitados a beber y comer más allá de toda resistencia humana. A las nueve anunciaron
la cena y pasaron en procesión al comedor, donde los aguardaba otra serie de
contundentes platos y nuevos postres. Cerca de medianoche las mujeres se levantaron
de la mesa y continuaron conversando en el salón, mientras los hombres tomaban
brandy y fumaban en el comedor. Por fin, cuando Todd estaba a punto de desmayarse,
los invitados comenzaron a pedir sus abrigos y sus coches. Los Ebeling, vivamente
interesados en la supuesta misión evangelizadora en Tierra del Fuego, ofrecieron llevarlo
a su hotel y él aceptó de inmediato, asustado ante la idea de regresar en plena
oscuridad por esas calles de pesadilla con el cochero ebrio de los Sommers. El viaje le
pareció eterno, se sentía incapaz de concentrarse en la conversación, iba mareado y
con el estómago revuelto.
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-Mi esposa nació en África, es hija de misioneros que allí difunden la verdadera fe;
sabemos cuántos sacrificios eso significa, Mr. Todd. Esperamos que nos otorgue el
privilegio de ayudarlo en su noble tarea entre los indígenas -dijo Mr. Ebeling solemne al
despedirse.
Esa noche Jacob Todd no pudo dormir, la visión de Rose Sommers lo aguijoneaba con
crueldad y antes del amanecer tomó la decisión de cortejarla en serio. Nada sabía de
ella, pero no le importaba, tal vez su destino era perder una apuesta y llegar hasta Chile
sólo para conocer a su futura esposa. Lo habría hecho a partir del día siguiente, pero no
pudo levantarse de la cama, atacado por cólicos violentos. Así estuvo un día y una
noche, inconsciente a ratos y agonizando en otros, hasta que logró reunir fuerzas para
asomarse a la puerta y clamar por ayuda. A petición suya, el gerente del hotel mandó
avisar a los Sommers, sus únicos conocidos en la ciudad, y llamó un mozo para limpiar la
habitación, que olía a muladar. Jeremy Sommers se pr esentó al hotel a mediodía
acompañado por el sangrador más conocido de Valparaíso, quien resultó poseer ciertos
conocimientos de inglés y, después de sangrarlo en piernas y brazos hasta dejarlo
exangüe, le explicó que todos los extranjeros al pisar Chile p or primera vez se
enfermaban.
-No hay razón para alarmarse, que yo sepa, son muy pocos los que se mueren -lo
tranquilizó.
Le dio a tomar quinina en unas obleas de papel de arroz, pero él no pudo tragarlas,
doblado por las náuseas. Había estado en la India y conocía los síntomas de la malaria y
otras enfermedades tropicales tratables con quinina, pero este mal no se parecía ni
remotamente. Apenas partió el sangrador volvió el mozo a llevarse los trapos y lavar el
cuarto nuevamente. Jeremy Sommers había dejado los datos de los doctores Page y
Poett, pero no hubo tiempo de llamarlos porque dos horas más tarde apareció en el
hotel una mujerona que exigió ver al enfermo. Traía de la mano a una niña vestida de
terciopelo azul, con botines blancos y un bonete bordado de flores, como una figura de
cuentos. Eran Mama Fresia y Eliza, enviadas por Rose Sommers, quien tenía muy poca fe
en las sangrías. Las dos irrumpieron en la habitación con tal seguridad, que el debilitado
Jacob Todd no se atrevió a protestar. La primera venía en calidad de curandera y la
segunda de traductora.
-Dice mi mamita que le va a quitar el pijama. Yo no voy a mirar -explicó la niña y se
volteó contra la pared mientras la india lo desnudaba de dos zarpazos y procedía a
friccionarlo entero con aguardiente.
Pusieron en su cama ladrillos calientes, lo envolvieron en mantas y le dieron a beber a
cucharaditas una infusión de yerbas amargas endulzada con miel para apaciguar los
dolores de la indigestión.
-Ahora mi mamita va a "romancear" la enfermedad -dijo la niña.
-¿Qué es eso?
-No se asuste, no duele.
Mama Fresia cerró los ojos y empezó a pasarle las manos por el torso y la barriga mientras
susurraba encantamientos en lengua mapuche. Jacob Todd sintió que lo invadía una
modorra insoportable, antes que la mujer terminara dormía profundamente y no supo
cuando sus dos enfermeras desaparecieron. Durmió dieciocho horas y despertó bañado
en sudor. A la mañana siguiente Mama Fresia y Eliza regresaron para administrarle otra
vigorosa fricción y un tazón de caldo de gallina.
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-Dice mi mamita que nunca más beba agua. Sólo tome té bien caliente y que no coma
fruta, porque le volverán las ganas de morirse -tradujo la chiquilla.
A la semana, cuando pudo ponerse en pie y se miró al espejo, comprendió que no
podía presentarse con ese aspecto ante Miss Rose: había perdido varios kilos, estaba
demacrado y no podía dar dos pasos sin caer jadeando sobre una silla. Cuando estuvo
en condiciones de mandarle una nota para agradecer que le salvara la vida y
chocolates para Mama Fresia y Eliza, supo que la joven había partido con una amiga y
su mucama a Santiago en un viaje arriesgado, dadas las malas condiciones del camino
y del clima. Miss Rose hacía el trayecto de treinta y cuatro leguas una vez al año, siempre
a comienzos del otoño o en plena primavera, para ver teatro, escuchar buena música y
hacer sus compras anuales en el "Gran Almacén Japonés", perfumado a jazmín e
iluminado con lámparas a gas con globos de vidrio rosado, donde adquiría las bagatelas
difíciles de conseguir en el puerto. Esta vez, sin embargo, había una buena razón para ir
en invierno: posaría para un retrato. Había llegado al país el célebre pintor francés
Monvoisin, invitado por el gobierno para hacer escuela entre los artistas nacionales. El
maestro sólo pintaba la cabeza, el resto era obra de sus ayudantes y para ganar tiempo
hasta los encajes se aplicaban directamente sobre la tela, pero a pesar de esos recursos
truhanes, nada daba tanto prestigio como un retrato firmado por él. Jeremy Sommers
insistió en tener uno de su hermana para presidir el salón. El cuadro costaba seis onzas de
oro y una más por cada mano, pero no se trataba de ahorrar en un caso así. La
oportunidad de tener una obra auténtica del gran Monvoisin no se presentaba dos
veces en la vida, como decían sus clientes.
-Si el gasto no es problema, quiero que me pinte con tres manos. Será su cuadro más
famoso y acabará colgado en un museo, en vez de hacerlo sobre nuestra chimenea -
comentó Miss Rose.
Ése fue el año de las inundaciones, que quedaron registradas en los textos escolares y en
la memoria de los abuelos. El diluvio arrasó con centenares de viviendas y cuando
finalmente amainó el temporal y empezaron a bajar las aguas, una serie de temblores
menores, que se sintieron como un hachazo d e Dios, acabaron de destruir lo
reblandecido por el aguacero. Rufianes recorrían los escombros y aprovechaban la
confusión para robar en las casas y los soldados recibieron instrucciones de ejecutar sin
miramientos a quienes sorprendieran en tales tropelía s, pero entusiasmados con la
crueldad, empezaron a repartir sablazos por el gusto de oír los lamentos y se debió
revocar la orden antes que acabaran también con los inocentes. Jacob Todd,
encerrado en el hotel cuidándose un resfrío y todavía débil por la semana de cólicos,
pasaba las horas desesperado por el incesante ruido de campanas de las iglesias
llamando a penitencia, leyendo periódicos atrasados y buscando compañía para jugar
naipes. Hizo una salida a la botica en busca de un tónico para fortalecer el estómago,
pero la tienda resultó ser un sucucho caótico, atestado de polvorientos frascos de vidrio
azules y verdes, donde un dependiente alemán le ofreció aceite de alacranes y espíritu
de lombrices. Por primera vez lamentó encontrarse tan lejos de Londres.
Por las noches apenas lograba dormir debido a las parrandas y riñas de borrachos y a los
entierros, que se realizaban entre las doce y las tres de la madrugada. El flamante
cementerio quedaba en lo alto de un cerro, asomado encima de la ciudad. Con el
temporal se abrieron huecos y rodaron tumbas por las laderas en una confusión de
huesos que emparejó a todos los difuntos en la misma indignidad. Muchos comentaban
que mejor estaban los muertos diez años antes, cuando la gente pudiente se enterraba
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en las iglesias, los pobres en las quebradas y los extranjeros en la playa. Éste es un país
estrafalario, concluyó Todd, con un pañuelo atado en la cara porque el viento
acarreaba el tufo nauseabundo de la desgracia, que las autoridades combatieron con
grandes hogueras de eucalipto. Apenas se sintió mejor se asomó a ver las procesiones.
En general no llamaban la atención, porque cada año se repetían iguales durante los
siete días de la Semana Santa y en otras fiestas religiosas, pero en esa ocasión se
convirtieron en actos masivos para clamar al cielo el fin del temporal. Salían de las
iglesias largas filas de fieles, encabezadas por cofradías de caballeros vestidos de negro,
cargando en parihuelas las estatuas de los santos con espléndidos trajes bordados de
oro y piedras preciosas. Una columna cargaba un Cristo clavado en la cruz con su
corona de espinas en torno al cuello. Le explicaron que se trataba del Cristo de Mayo,
traído especialmente de Santiago para la ocasión, porque era la imagen más milagrosa
del mundo, única capaz de modificar el clima. Doscientos años antes, un pavoroso
terremoto echó por tierra la capital y se desplomó enteramente la iglesia de San Agustín,
menos el altar donde se encontraba aquel Cristo. La corona se deslizó de la cabeza al
cuello, donde aún permanecía, porque cada vez que intentaban ponerla en su lugar,
volvía a temblar. Las procesiones reunían innumerables frailes y monjas, beatas exangües
de tanto ayuno, pueblo humilde rezando y cantando a grito herido, penitentes con
burdos sayos y flagelantes azotándose las espaldas desnudas con disciplinas de cuero
terminadas en filudas rosetas metálicas. Algunos caían desmayados y eran atendidos por
mujeres que les limpiaban las carnes abiertas y les daban refrescos, pero apenas se
recuperaban los empujaban de vuelta a la procesión. Pasaban filas de indios
martirizándose con fervor demente y bandas de músicos tocando himnos religiosos. El
rumor de rezos plañideros parecía un torrente de agua brava y el aire húmedo hedía a
incienso y sudor. Había procesiones de aristócratas vestidos con lujo, pero de oscuro y sin
joyas, y otras de populacho descalzo y en harapos, que se cruzaban en la misma plaza
sin tocarse ni confundirse. A medida que avanzaban aumentaba el clamor y las muestras
de piedad se volvían más intensas; los fieles aullaban clamando perdón por sus pecados,
seguros que el mal tiempo era el castigo divino por sus faltas. Los arrepentidos acudían
en masa, las iglesias no daban abasto y se instalaron hileras de sacerdotes bajo
tenderetes y paraguas para atender las confesiones. Al inglés el espectáculo le resultó
fascinante, en ninguno de sus viajes había presenciado nada tan exótico ni tan tétrico.
Acostumbrado a la sobriedad protestante, le parecía haber retrocedido a plena Edad
Media; sus amigos en Londres jamás le creerían. Aun a prudente distancia podía percibir
el temblor de bestia primitiva y sufriente que recorría en oleadas a la masa humana. Se
encaramó con esfuerzo sobre la base de un monumento en la plazuela, frente a la
Iglesia de la Matriz, donde podía obtener una visión panorámica de la muchedumbre.
De pronto sintió que lo tironeaban de los pantalones, bajó la vista y vio a una niña
asustada, con un manto sobre la cabeza y la cara manchada de sangre y lágrimas. Se
apartó bruscamente, pero ya era tarde, le había ensuciado los pantalones. Lanzó un
juramento y trató de echarla con gestos, ya que no pudo recordar las palabras
adecuadas para hacerlo en español, pero se llevó una sorpresa cuando ella replicó en
perfecto inglés que estaba perdida y acaso él podía llevarla a su casa. Entonces la miró
mejor.
-Soy Eliza Sommers. ¿Se acuerda de mí? -murmuró la niña.
Aprovechando que Miss Rose estaba en Santiago posando para el retrato y Jeremy
Sommers escasamente aparecía por la casa en esos días, porque se habían inundado
las bodegas de su oficina, había discurrido ir a la procesión y tanto molestó a Mama
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Fresia, que la mujer acabó por ceder. Sus patrones le habían prohibido mencionar ritos
católicos o de indios delante de la niña y mucho menos exponerla a que los viera, pero
también ella moría de ganas de ver al Cristo de Mayo al menos una vez en su vida. Los
hermanos Sommers no se enterarían nunca, concluyó. De modo que las dos salieron
calladamente de la casa, bajaron el cerro a pie, se montaron en una carreta que las
dejó cerca de la plaza y se unieron a una columna de indios penitentes. Todo habría
resultado de acuerdo a lo planeado si en el tumulto y el fervor de ese día, Eliza no se
hubiera soltado de la mano de Mama Fresia, quien contagiada por la histeria colectiva
no se dio cuenta. Empezó a gritar, pero su voz se perdió en el clamor de los rezos y de los
tristes tambores de las cofradías. Echó a correr buscando a su nana, pero todas las
mujeres parecían idénticas bajo los mantos oscur os y sus pies resbalaban en el
empedrado cubierto de lodo, de cera de velas y sangre. Pronto las diversas columnas se
juntaron en una sola muchedumbre que se arrastraba como animal herido, mientras
repicaban enloquecidas las campanas y sonaban las sirenas de los barcos en el puerto.
No supo cuánto rato estuvo paralizada de terror, hasta que poco a poco las ideas
empezaron a aclararse en su mente. Entretanto la procesión se había calmado, todo el
mundo estaba de rodillas y en un estrado frente a la iglesia e l obispo en persona
celebraba una misa cantada. Eliza pensó encaminarse hacia Cerro Alegre, pero temió
que la sorprendiera la oscuridad antes de dar con su casa, nunca había salido sola y no
sabía orientarse. Decidió no moverse hasta que se dispersara la turba, tal vez entonces
Mama Fresia la encontraría. En eso sus ojos tropezaron con un pelirrojo alto colgado del
monumento de la plaza y reconoció al enfermo que había cuidado con su nana. Sin
vacilar se abrió camino hasta él.
-¡Qué haces aquí¡ ¿Estás herida? -exclamó el hombre.
-Estoy perdida; ¿puede llevarme a mi casa?
Jacob Todd le limpió la cara con su pañuelo y la revisó brevemente, comprobando que
no tenía daño visible. Concluyó que la sangre debía ser de los flagelantes.
-Te llevaré a la oficina de Mr. Sommers.
Pero ella le rogó que no lo hiciera, porque si su protector se enteraba que había estado
en la procesión, despediría a Mama Fresia. Todd salió en busca de un coche de alquiler,
nada fácil de encontrar en esos momentos, mientras la niña caminaba callada y sin
soltarle la mano. El inglés sintió por primera vez en su vida un estremecimiento de ternura
ante esa mano pequeña y tibia aferrada a la suya. De vez en cuando la miraba con
disimulo, conmovido por ese rostro infantil de ojos negros almendrados. Por fin dieron con
un carretón tirado por dos mulas y el conductor aceptó llevarlos cerro arriba por el doble
de la tarifa acostumbrada. Hicieron el viaje en silencio y una hora más tarde Todd
dejaba a Eliza frente a su casa. Ella se despidió dándole las gracias, pero sin invitarlo a
entrar. La vio alejarse, pequeña y frágil, cubierta hasta los pies por el manto negro. De
pronto la niña dio media vuelta, corrió hacia él, le echó los brazos al cuello y le plantó un
beso en la mejilla. Gracias, dijo, una vez más. Jacob Todd regresó a su hotel en el mismo
carretón. De vez en cuando se tocaba la mejilla, sorprendido por ese sentimiento dulce y
triste que la chica le inspiraba.
Las procesiones sirvieron para aumentar el arrepentimiento colectivo y también, como
pudo comprobarlo el mismo Jacob Todd, para atajar las lluvias, justificando una vez más
la espléndida reputación del Cristo de Mayo. En menos de cuarenta y ocho horas se
despejó el cielo y asomó un sol tímido, poniendo una nota optimista en el concierto de
desdichas de esos días. Por culpa de los temporales y las epidemias pasaron en total
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nueve semanas antes que se reanudaran las tertulias de los miércoles en casa de los
Sommers y varias más antes que Jacob Todd se atreviera a insinuar sus sentimientos
románticos a Miss Rose. Cuando por fin lo hizo, ella fingió no haberlo oído, pero ante su
insistencia salió con una respuesta apabullante.
-Lo único bueno de casarse es enviudar -dijo.
-Un marido, por tonto que sea, siempre viste -replicó él, sin perder el buen humor.
-No es mi caso. Un marido sería un estorbo y no podría darme nada que ya no tenga.
-¿Hijos, tal vez?
-Pero ¿cuántos años cree usted que tengo, Mr. Todd?
-¡No más de diecisiete¡
-No se burle. Por suerte tengo a Eliza.
-Soy testarudo, Miss Rose, nunca me doy por vencido.
-Se lo agradezco, Mr. Todd. No es un marido lo que viste, sino muchos pretendientes.
En todo caso, Rose fue la razón por la cual Jacob Todd se quedó en Chile mucho más
de los tres meses designados para vender sus biblias. Los Sommers fueron el contacto
social perfecto, gracias a ellos se le abrieron de par en par las puertas de la próspera
colonia extranjera, dispuesta a ayudarlo en la supuesta misión religiosa en Tierra del
Fuego. Se propuso aprender sobre los indios patagones, pero después de echar una
mirada somnolienta a unos libracos en la biblioteca, comprendió que daba lo mismo
saber o no saber, porque la ignorancia al respecto era colectiva. Bastaba decir aquello
que la gente deseaba oír y para eso él contaba con su lengua de oro. Para colocar el
cargamento de biblias entre potenciales clientes chilenos debió mejorar su precario
español. Con los dos meses vividos en España y su buen oído, logró aprender más rápido
y mejor que muchos británicos llegados al país veinte años antes. Al comienzo disimuló
sus ideas políticas demasiado liberales, pero notó que en cada reunión social lo
acosaban a preguntas y siempre lo rodeaba un grupo de asombrados oyentes. Sus
discursos abolicionistas, igualitarios y democráticos sacudían la modorra de aquellas
buenas gentes, daban motivo para eternas discusiones entre los hombres y horrorizadas
exclamaciones entre las damas maduras, pero atraían irremediablemente a las más
jóvenes. La opinión general lo catalogaba de chiflado y sus incendiarias ideas resultaban
divertidas, en cambio sus burlas a la familia real británica cayeron pésimo entre los
miembros de la colonia inglesa, para quienes la reina Victoria, como Dios y el Imperio,
era intocable. Su renta modesta, pero no despreciable, le permitía vivir con cierta
holgura sin haber trabajado jamás en serio, eso lo colocaba en la categoría de los
caballeros. Apenas descubrieron que estaba libre de ataduras, no faltaron muchachas
en edad de casarse esmeradas en atraparlo, pero después de conocer a Rose Sommers,
él no tenía ojos para otras. Se preguntó mil veces por qué la joven permanecía soltera y
la única respuesta que se le ocurrió a aquel agnóstico racionalista fue que el cielo se la
tenía destinada.
-¿Hasta cuándo me atormenta, Miss Rose? ¿No teme que me burra de perseguirla? -
bromeaba con ella.
-No se aburrirá, Mr. Todd. Perseguir al gato es mucho más divertido que atraparlo -
replicaba ella.
La elocuencia del falso misionero fue una novedad en aquel ambiente y tan pronto se
supo que había estudiado a conciencia las Sagradas Escrituras, le ofrecieron la palabra.
Existía un pequeño templo anglicano, mal visto por la autoridad católica, pero la
comunidad protestante se juntaba también en casas particulares. "¿Dónde se ha visto
una iglesia sin vírgenes y diablos? Los gringos son todos herejes, no creen en el Papa, no
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saben rezar, se lo pasan cantando y ni siquiera comulgan", mascullaba Mama Fresia
escandalizada cuando tocaba el turno de realizar el servicio dominical en casa de los
Sommers. Todd se preparó para leer brevemente sobre la salida de los judíos de Egipto y
enseguida referirse a la situación de los inmigrantes que, como los judíos bíblicos, debían
adaptarse en tierra extraña, pero Jeremy Sommers lo presentó a la concurrencia como
misionero y le pidió que hablara de los indios en Tierra del Fuego. Jacob Todd no sabía
ubicar la región ni por qué tenía ese nombre sugerente, pero logró conmover a los
oyentes hasta las lágrimas con la historia de tres salvajes cazados por un capitán inglés
para llevarlos a Inglaterra. En menos de tres años esos infelices, que vivían desnudos en el
frío glacial y solían cometer actos de canibalismo, dijo, andaban vestidos con
propiedad, se habían transformado en buenos cristianos y aprendido costumbres
civilizadas, incluso toleraban la comida inglesa. No aclaró, sin embargo, que apenas
fueron repatriados volvieron de inmediato a sus antiguos hábitos, como si jamás hubieran
sido tocados por Inglaterra o la palabra de Jesús. Por sugerencia de Jeremy Sommers se
organizó allí mismo una colecta para la empresa de divulgación de la fe, con tan
buenos resultados que al día siguiente Jacob Todd pudo abrir una cuenta en la sucursal
del Banco de Londres en Valparaíso. La cuenta se alimentaba semanalmente con las
contribuciones de los protestantes y crecía a pesar de los giros frecuentes de Todd para
financiar sus propios gastos, cuando su renta no alcanzaba a cubrirlos. Mientras más
dinero entraba, más se multiplicaban los obstáculos y pretextos para postergar la misión
evangelizadora. Así transcurrieron dos años.
Jacob Todd llegó a sentirse tan cómodo en Valparaíso como si hubiera nacido allí.
Chilenos e ingleses tenían varios rasgos de carácter en común: todo lo resolvían con
síndicos y abogados; sentían un apego absurdo por la tradición, los símbolos patrios y las
rutinas; se jactaban de individualistas y enemigos de la ostentación, que despreciaban
como un signo de arribismo social; parecían amables y controlados, pero eran capaces
de gran crueldad. Sin embargo, a diferencia de los ingleses, los chilenos sentían horror de
la excentricidad y nada temían tanto como hacer el ridículo. Si hablara correcto
castellano, pensó Jacob Todd estaría como en mi casa. Se había instalado en la pensión
de una viuda inglesa que amparaba gatos y horneaba las más célebres tartas del
puerto. Dormía con cuatro felinos sobre la cama, mejor acompañado de lo que nunca
antes estuvo, y desayunaba a diario con las tentadoras tartas de su anfitriona. Se
conectó con chilenos de todas clases, desde los más hu mildes, que conocía en sus
andanzas por los barrios bajos del puerto, hasta los más empingorotados. Jeremy
Sommers lo presentó en el "Club de la Unión", donde fue aceptado como miembro
invitado. Sólo los extranjeros de reconocida importancia social podían vanagloriarse de
tal privilegio, pues se trataba de un enclave de terratenientes y políticos conservadores,
donde se medía el valor de los socios por el apellido. Se le abrieron las puertas gracias a
su habilidad con barajas y dados; perdía con tanta gracia, que pocos se daban cuenta
de lo mucho que ganaba. Allí se hizo amigo de Agustín del Valle, dueño de tierras
agrícolas en esa zona y rebaños de ovejas en el sur, donde jamás había puesto los pies,
porque para eso contaba con capataces traídos de Escocia. Esa nueva amistad le dio
ocasión de visitar las austeras mansiones de familias aristocráticas chilenas, edificios
cuadrados y oscuros de grandes piezas casi vacías, decoradas sin refinamiento, con
muebles pesados, candelabros fúnebres y una corte de crucifijos sangrantes, vírgenes de
yeso y santos vestidos como antiguos nobles españoles. Eran casas volcadas hacia
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adentro, cerradas a la calle, con altas rejas de hierro, incómodas y toscas, pero provistas
de frescos corredores y patios internos sembrados de jazmines, naranjos y rosales.
Al despuntar la primavera Agustín del Valle invitó a los Sommers y a Jacob Todd a uno de
sus fundos. El camino resultó una pesadilla; un jinete podía hacerlo a caballo en cuatro o
cinco horas, pero la caravana con la familia y sus huéspedes salió de madrugada y no
llegó hasta bien entrada la noche. Los del Valle se trasladaban en carretas tiradas por
bueyes, donde colocaban mesas y divanes de felpa. Seguían una recua de mulas con el
equipaje y peones a caballo, armados de primitivos trabucos para defenderse de los
bandoleros, que solían esperar agazapados en las curvas de los cerros. A la enervante
lentitud de los animales se sumaban los baches del camino, donde se trancaban las
carretas, y las frecuentes paradas a descansar, en que los sirvientes servían las viandas
de los canastos en medio de una nube de moscas. Todd nada sabía de agricultura, pero
bastaba una mirada para comprender que en esa tierra fértil todo se daba en
abundancia; la fruta caía de los árboles y se pudría en el suelo sin que nadie se diera el
trabajo de recogerla. En la hacienda encontró el mismo estilo de vida que había
observado años antes en España: una familia numerosa unida por intrincados lazos de
sangre y un inflexible código de honor. Su anfitrión era un patriarca poderoso y feudal
que manejaban en un puño los destinos de su descendencia y ostentaba, arrogante, un
linaje trazable hasta los primeros conquistadores españoles. Mis tatarabuelos, contaba,
anduvieron más de mil kilómetros enfundados en pesadas armaduras de hierro, cruzaron
montañas, ríos y el desierto más árido del mundo, para fundar la ciudad de Santiago.
Entre los suyos era un símbolo de autoridad y decencia, pero fuera de su clase se lo
conocía como un rajadiablos. Contaba con una prole de bastardos y con la mala fama
de haber liquidado a más de uno de sus inquilinos en sus legendarios arrebatos de mal
humor, pero esas muertes, como tantos otros pecados, no se ventilaban jamás. Su
esposa estaba en los cuarenta, pero parecía una anciana trémula y cabizbaja, siempre
vestida de luto por los hijos fallecidos en la infancia y sofocada por el peso del corsé, la
religión y aquel marido que le tocó en suerte. Los hijos varones pasaban sus ociosas
existencias entre misas, paseos, siestas, juegos y parrandas, mientras las hijas flotaban
como ninfas misteriosas por aposentos y jardines, entre susurros de enaguas, siempre bajo
el ojo vigilante de sus dueñas. Las habían preparado desde pequeñas para una
existencia de virtud, fe y abnegación; sus destinos eran matrimonios de conveniencia y la
maternidad.
En el campo asistieron a una corrida de toros que no se parecía ni remotamente al
brillante espectáculo de valor y muerte de España; nada de trajes de luces, fanfarria,
pasión y gloria, sino una pelotera de borrachos atrevidos atormentando al animal con
lanzas e insultos, revolcados a cornadas en el polvo entre maldiciones y carcajadas. Lo
más peligroso de la corrida fue sacar del ruedo a la bestia enfurecida y maltrecha, pero
con vida. Todd agradeció que ahorraran al toro la indignidad última de una ejecución
pública, pues su buen corazón de inglés prefería ver muerto al torero que al animal. Por
las tardes los hombres jugaban "tresillo" y "rocambor", atendidos como príncipes por un
verdadero ejército de criados oscuros y humildes, cuyas miradas no se elevaban del
suelo ni sus voces por encima de un murmullo. Sin ser esclavos, lo parecían. Trabajaban a
cambio de protección, techo y una parte de las siembras; en teoría eran libres, pero se
quedaban con el patrón, por déspota que éste fuese y por duras que resultaran las
condiciones, dado que no tenían adónde ir. La esclavitud se había abolido hacía más
de diez años sin mayor bulla. El tráfico de africanos nunca fue rentable por esos lados,
donde no existían grandes plantaciones, pero nadie mencionaba la suerte de los indios,
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despojados de sus tierras y reducidos a la miseria, ni de los inquilinos en los campos, que
se vendían y se heredaban con los fundos, como los animales. Tampoco se hablaba de
los cargamentos de esclavos chinos y polinésicos destinados a las guaneras de las Islas
Chinchas. Si no desembarcaban no había problema: la ley prohibía la esclavitud en
tierra firme, pero nada decía del mar. Mientras los hombres jugaban naipes, Miss Rose se
aburría discretamente en compañía de la señora del Valle y sus numerosas hijas. Eliza, en
cambio, galopaba a campo abierto con Paulina, la única hija de Agustín del Valle que
escapaba al modelo lánguido de las mujeres de esa familia. Era varios años mayor que
Eliza, pero ese día se divirtió con ella como si fueran de la misma edad, ambas con el
pelo al viento y la cara al sol fustigando sus cabalgaduras.
:::::::::::
Señoritas
Eliza Sommers era una chiquilla delgada y pequeña, con facciones delicadas como un
dibujo a plumilla. En 1845, cuando cumplió trece años y comenzaron a insinuarse pechos
y cintura, todavía parecía una mocosa, aunque ya se vislumbraba la gracia en los gestos
que habría de ser su mejor atributo de belleza. La implacable vigilancia de Miss Rose dio
a su esqueleto la rectitud de una lanza: la obligaba a mantenerse derecha con una
varilla metálica sujeta a la espalda durante las interminables horas de ejercicios de piano
y bordado. No creció mucho y mantuvo el mismo engañoso aspecto infantil, que le salvó
la vida más de una vez. Tan niña era en el fondo, que en la pubertad seguía durmiendo
encogida en la misma camita de su infancia, rodeada por sus muñecas, y chupándose
el dedo. Imitaba la actitud desganada de Jeremy Sommers, porque pensaba que era
signo de fortaleza interior. Con los años se cansó de fingirse aburrida, pero el
entrenamiento le sirvió para dominar su carácter. Participaba en las tareas de los
sirvientes: un día para hacer pan, otro para moler el maíz, uno para asolear los colchones
y otro para hervir la ropa blanca. Pasaba horas acurrucada detrás de la cortina de la
sala devorando una a una las obras clásicas de la biblioteca de Jeremy Sommers, las
novelas románticas de Miss Rose, los periódicos atrasados y toda lectura a su alcance,
por fastidiosa que fuese. Consiguió que Jacob Todd le regalara una de sus biblias en
español y procuraba descifrarla con enorme paciencia, porque su escolaridad había
sido en inglés. Se sumergía en el Antiguo Testamento con morbosa fascinación por los
vicios y pasiones de reyes que seducían esposas ajenas, profetas que castigaban con
rayos terribles y padres que engendraban descendencia en sus hijas. En el cuarto de los
trastos, donde se acumulaban vejestorios, encontró mapas, libros de viajes y documentos
de navegación de su tío John, que le sirvieron para precisar los contornos del mundo. Los
preceptores contratados por Miss Rose le enseñaron francés, escritura, historia, geografía
y algo de latín, bastante más de lo que inculcaban en los mejores colegios para niñas de
la capital, donde a fin de cuentas lo único que se aprendía eran rezos y buenos
modales. Las lecturas desordenadas, tanto como los cuentos del capitán Sommers,
echaron a volar su imaginación. Ese tío navegante aparecía en la casa con su
cargamento de regalos, alborotándole la fantasía con sus historias inauditas de
emperadores negros en tronos de oro macizo, de piratas malayos que juntaban ojos
humanos en cajitas de madreperla, de princesas quemadas en la pira funeraria de sus
ancianos maridos. En cada visita suya todo se postergaba, desde las tareas escolares
hasta las clases de piano. El año se iba en esperarlo y en poner alfileres en el mapa
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imaginando las latitudes de altamar por donde iba su velero. Eliza tenía poco contacto
con otras cria turas de su edad, vivía en el mundo cerrado de la casa de sus
benefactores, en la ilusión eterna de no estar allí, sino en Inglaterra. Jeremy Sommers
encargaba todo por catálogo, desde el jabón hasta sus zapatos, y se vestía con ropa
liviana en invierno y con abrigo en verano, porque se regía por el calendario del
hemisferio norte. La chica escuchaba y observaba con atención, tenía un
temperamento alegre e independiente, nunca pedía ayuda y poseía el raro don de
volverse invisible a voluntad, perdiéndose entre los muebles, las cortinas y las flores del
papel mural. El día que despertó con la camisa de dormir manchada por una sustancia
rojiza fue donde Miss Rose a comunicarle que se estaba desangrando por abajo.
-No hables de esto con nadie, es muy privado. Y a eres una mujer y tendrás que
conducirte como tal, se acabaron las chiquilladas. Es hora que vayas al colegio para
niñas de Madame Colbert -fue toda la explicación de su madre adoptiva, lanzada de un
tirón y sin mirarla, mientras producía del armario una docena de pequeñas toallas
ribeteadas por ella misma.
-Ahora te fregaste, niña, te cambiará el cuerpo, se te nublarán las ideas y cualquier
hombre, podrá hacer contigo lo que le venga en gana -le advirtió más tarde Mama
Fresia, a quien Eliza no pudo ocultar la novedad.
La india sabía de plantas capaces de cortar para siempre el flujo menstrual, pero se
abstuvo de dárselas por temor a sus patrones. Eliza tomó esa advertencia en serio y
decidió mantenerse vigilante para impedir que se cumpliera. Se vendó apretadamente
el torso con una faja de seda, segura que si ese método había funcionado por siglos
para reducir los pies de las chinas, como decía su tío John, no había razón para que
fallara en el intento de aplastar los senos. También se propuso escribir; por años había
visto a Miss Rose escribiendo en sus cuadernos y supuso que lo hacía para combatir la
maldición de las ideas nubladas. En cuanto a la última parte de la profecía -que
cualquier hombre podría hacer con ella lo que le viniera en gana- no le dio l a misma
importancia, porque simplemente fue incapaz de ponerse en el caso que hubiera
hombres en su futuro. Todos eran ancianos de por lo menos veinte años; el mundo
estaba desprovisto de seres de sexo masculino de su misma generación. Los únicos que
le gustaban para marido, el capitán John Sommers y Jacob Todd estaban fuera de su
alcance, porque el primero era su tío y el segundo estaba enamorado de Miss Rose,
como todo Valparaíso sabía.
Años después, recordando su niñez y su juventud, Eliza pensaba que Miss Rose y Mr. Todd
habrían hecho buena pareja, ella habría suavizado las asperezas de Todd y él la habría
rescatado del tedio, pero las cosas se dieron de otro modo. A la vuelta de los años,
cuando los dos peinaban canas y habían hecho de la soledad un lar go hábito, se
encontrarían en California bajo extrañas circunstancias; entonces él volvería a cortejarla
con la misma intensidad y ella volvería a rechazarlo con igual determinación. Pero todo
eso fue mucho más tarde.
Jacob Todd no perdía oportunidad de acercarse a los Sommers, no hubo visitante más
asiduo y puntual a las tertulias, más atento cuando Miss Rose cantaba con sus trinos
impetuosos ni más dispuesto a celebrar sus humoradas, incluso aquellas algo crueles con
que solía atormentarlo. Era una persona llena de contradicciones, pero ¿no lo era él
también? ¿No era acaso un ateo vendiendo biblias y embaucando a medio mundo con
el cuento de una supuesta misión evangelizadora? Se preguntaba por qué siendo tan
atrayente no se había casado; una mujer soltera a esa edad no tenía futuro ni lugar en la
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sociedad. En la colonia extranjera se murmuraba sobre un cierto escándalo en Inglaterra,
años atrás, eso explicaría su presencia en Chile convertida en ama de llaves de su
hermano, pero él nunca quiso averiguar los detalles, prefiriendo el misterio a la certeza
de algo que tal vez no habría podido tolerar. El pasado no importaba mucho, se repetía.
Bastaba un solo error de discreción o de cálculo para manchar la reputación de una
mujer e impedirle hacer un buen matrimonio. Habría dado años de su futuro por verse
correspondido, pero ella no daba señales de ceder al asedio, aunque tampoco
intentaba desanimarlo; se divertía con el juego de darle rienda para luego frenarlo de
golpe.
-Mr. Todd es un pajarraco de mal agüero con ideas raras, dientes de caballo y las manos
sudadas. Nunca me casaría con él, aunque fuera el último soltero en el universo -le
confesó riendo Miss Rose a Eliza.
A la chica el comentario no le hizo gracia. Estaba en deuda con Jacob Todd no sólo por
haberla rescatado en la procesión del Cristo de Mayo, también porque calló el incidente
como si jamás hubiera sucedido. Le gustaba ese extraño aliado: olía a perro grande,
como su tío John. La buena impresión que le causaba se convirtió en cariño leal cuando,
oculta tras la pesada cortina de terciopelo verde de la sala, lo escuchó hablar can
Jeremy Sommers.
-Debo tomar una decisión respecto a Eliza, Jacob. No tiene la menor noción de su lugar
en la sociedad. La gente empieza a hacer preguntas y Eliza seguramente se imagina un
futuro que no le corresponde. Nada hay tan peligroso como el demonio de la fantasía
agazapado en el alma femenina.
-No exagere, mi amigo. Eliza todavía es una chiquilla, pero es inteligente y seguro
encontrará su lugar.
-La inteligencia es un estorbo para la mujer. Rose quiere enviarla a la escuela de señoritas
de Madame Colbert, pero no soy partidario de educar tanto a las muchachas, se ponen
inmanejables. Cada uno en su lugar, es mi lema.
-El mundo está cambiando, Jeremy. En Estados Unidos los hombres libres son iguales ante
la ley. Se han abolido las clases sociales.
-Estamos hablando de mujeres, no de hombres. Por lo demás, Estados Unidos es un país
de comerciantes y pioneros, sin tradición ni sentido de la historia. La igualdad no existe
en ninguna parte, ni siquiera entre los animales y mucho menos en Chile.
-Somos extranjeros, Jeremy, apenas chapuceamos el castellano. ¿Qué nos importan las
clases sociales chilenas? Nunca perteneceremos a este país...
-Debemos dar buen ejemplo. Si los británicos somos incapaces de mantener nuestra
propia casa en orden ¿qué se puede esperar de los demás?
-Eliza se ha criado en esta familia. No creo que Miss Rose acepte destituirla sólo porque
está creciendo.
Así fue. Rose desafió a su hermano con el re pertorio completo de sus males. Primero
fueron cólicos y luego una jaqueca alarmante, que de la noche a la mañana la dejó
ciega. Durante varios días la casa entró en estado de quietud: se cerraron las cortinas, se
caminaba en puntillas y se hablaba en murmullos. No se cocinó más, porque el olor de
comida aumentaba los síntomas, Jeremy Sommers comía en el Club y regresaba a la
casa con la actitud desconcertada y tímida de quien visita un hospital. La extraña
ceguera y múltiples malestares de Rose, así como el silencio taimado de los empleados
de la casa, fueron minando rápidamente su firmeza. Para colmo Mama Fresia, enterada
misteriosamente de las discusiones privadas de los hermanos, se constituyó en formidable
aliada de su patrona. Jeremy Sommers se consideraba un hombre culto y pragmático,
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invulnerable a la intimidación de una bruja supersticiosa como Mama Fresia, pero
cuando la india encendió velas negras y echó humo de salvia por todas partes con el
pretexto de espantar a los mosquitos, se encerró en la biblioteca entre atemorizado y
furioso. Por las noches la oía arrastrando los pies descalzos al otro lado de su puerta y
canturreando a media voz ensalmos y maldiciones. El miércoles encontró una lagartija
muerta en su botella de brandy y decidió actuar de una vez por todas. Golpeó por
primera vez la puerta del aposento de su hermana y fue admitido en aquel santuario de
misterios femeninos que él prefería ignorar, tal como ignoraba la salita de costura, la
cocina, la lavandería, las celdas oscuras del ático donde dormían las criadas y la
casucha de Mama Fresia al fondo del patio; su mundo eran los salones, la biblioteca con
anaqueles de caoba pulida y su colección de grabados de caza, la sala de billar con la
ostentosa mesa tallada, su aposento amueblado con sencillez espartana y una pequeña
habitación de baldosas italianas para su aseo personal, donde algún día pensaba
instalar un excusado moderno como los de los catálogos de Nueva York, porque había
leído que el sistema de bacinicas y de recolectar los excrementos humanos en baldes
para ser usados como fertilizante, era fuente de epidemias. Debió aguardar que sus ojos
se acostumbraran a la penumbra, mientras aspiraba turbado una mezcla de olor a
medicamentos y de persistente perfume de vainilla. Rose apenas s e vislumbraba,
demacrada y suficiente, de espaldas en su cama sin almohada, con los brazos cruzados
sobre el pecho como si estuviera practicando su propia muerte. A su lado Eliza estrujaba
un paño con infusión de té verde para colocarle en los ojos.
-Déjanos solos, niña -dijo Jeremy Sommers, sentándose en una silla junto a la cama.
Eliza hizo una discreta venia y salió, pero conocía al dedillo las flaquezas de la casa y con
la oreja pegada al delgado tabique divisorio pudo oír la conversación, que después
repitió a Mama Fresia y anotó en su diario.
-Está bien, Rose. No podemos seguir en guerra. Pongámonos de acuerdo. ¿Qué es lo que
quieres? -preguntó Jeremy, vencido de antemano.
-Nada, Jeremy... -suspiró ella con una voz apenas audible.
-Jamás aceptarán a Eliza en el colegio de Madame Colbert. Allí sólo van las niñas de
clase alta y hogares bien constituidos. Todo el mundo sabe que Eliza es adoptada.
-¡Yo me encargaré que la acepten¡ -exclamó ella con una pasión inesperada en una
agonizante.
-Escúchame Rose, Eliza no necesita educarse más. Debe aprender un oficio para
ganarse la vida. ¿Qué será de ella cuando tú y yo no estemos para protegerla?
-Si tiene educación, se casará bien -dijo Rose, lanzando la compresa de té verde al suelo
e incorporándose en la cama.
-Eliza no es precisamente una belleza, Rose.
-No la has mirado bien, Jeremy. Está mejorando día a día, será bonita, te lo aseguro. ¡Le
sobrarán pretendientes¡
-¿Huérfana y sin dote?
-Tendrá dote -replicó Miss Rose, saliendo de la cama a trastabillones y dando unos
pasitos de ciega, desgreñada y descalza.
-¿Cómo así? Nunca habíamos hablado de esto...
-Porque no había llegado el momento, Jeremy. Una muchacha casadera requiere joyas,
un ajuar con suficiente ropa para varios años y todo lo indispensable para su casa,
además de una buena suma de dinero que le sirva a la pareja para iniciar algún
negocio.
-¿Y puedo saber cuál es la contribución del novio?
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-La casa y además tendrá que mantener a la mujer por el resto de sus días. En todo caso,
faltan varios años para que Eliza esté en edad de casarse y para entonces tendrá dote.
John y yo nos encargaremos de dársela, no te pediremos ni un real, pero no vale la pena
perder tiempo hablando de eso ahora. Debes considerar a Eliza como si fuera tu hija.
-No lo es, Rose.
-Entonces trátala si fuera hija mía. ¿Estás de acuerdo en eso, al menos?
-Sí, lo estoy -cedió Jeremy Sommers.
Las infusiones de té resultaron milagrosas. La enferma mejoró por completo y a las
cuarenta y ocho horas había recuperado la vista y estaba radiante. Se dedicó a atender
a su hermano con una solicitud encantadora; nunca había sido más dulce y risueña con
él. La casa volvió a su ritmo normal y de la cocina salieron rumbo al comedor los
deliciosos platos criollos de Mama Fresia, los panes aromáticos amasados por Eliza y los
finos pasteles, que tanto habían contribuido a la fama de buenos anfitriones de los
Sommers. A partir de ese momento Miss Rose modificó drásticamente su conducta
errática con Eliza y se esmeró con una dedicación maternal nunca antes demostrada en
prepararla para el colegio, mientras al mismo tiempo iniciaba un irresistible asedio a
Madame Colbert. Había decidido que Eliza tendría estudios, dote y reputación de bella,
aunque no lo fuera, porque la belleza, según ella, es cuestión de estilo. Cualquier mujer
que se comporte con la soberana seguridad de una beldad, acaba por convencer a
todo el mundo de que lo es, sostenía. El primer paso para emancipar a Eliza sería un
buen matrimonio, en vista de que la chica no contaba con un hermano mayor para
servirle de pantalla, como en su propio caso. Ella misma no veía la ventaja de casarse,
una esposa era propiedad del marido, con menos derechos que un sirviente o un niño;
pero por otra parte, una mujer sola y sin fortuna estaba a merced de los peores abusos.
Una casada, si contaba con astucia, al menos podía manejar al marido y con algo de
suerte hasta podía enviudar temprano...
-Yo daría contenta la mitad de mi vida por disponer de la misma libertad de un hombre,
Eliza. Pero somos mujeres y es tamos fritas. Lo único que podemos hacer es tratar de
sacarle partido a lo poco que tenemos.
No le dijo que la única vez que ella intentó volar sola se estrelló de narices contra la
realidad, porque no quería plantar ideas subversivas en la mente de la chiquilla. Estaba
decidida a darle un destino mejor que el suyo, la entrenaría en las artes del disimulo, la
manipulación y la artimaña, porque eran más útiles que la ingenuidad, de eso estaba
cierta. Se encerraba con ella tres horas en la mañana y otras tres en la tarde a estudiar
los textos escolares importados de Inglaterra; intensificó la enseñanza del francés con un
profesor, porque ninguna muchacha bien educada podía ignorar esa lengua. El resto
del tiempo supervisaba personalmente cada puntada de Eliza para su ajuar de novia,
sábanas, toallas, mantelería y ropa interior bordada con primor, que luego guardaban
en baúles envueltas en lienzos y perfumadas con lavanda. Cada tres meses sacaban el
contenido de los baúles y lo tendían al sol, evitando así la devastación de la humedad y
las polillas durante los años de espera hasta el matrimonio. Compró un cofre para las
joyas de la dote y encargó a su hermano John la tarea de llenarlo con regalos de sus
viajes. Se juntaron zafiros de la India, esmeraldas y amatistas de Brasil, collares y pulseras
de oro veneciano y hasta un pequeño prendedor de diamantes. Jeremy Sommers no se
enteró de los detalles y permaneció ignorante de la forma en que sus hermanos
financiaban tales extravagancias.
Las clases de piano -ahora con un profesor llegado de Bélgica que usaba una palmeta
para golpear los dedos torpes de sus estudiantes- se convirtieron en un martirio diario
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para Eliza. También asistía a una academia de bailes de salón y por sugerencia del
maestro de danza, Miss Rose la obligaba a caminar por horas equilibrando un libro sobre
la cabeza con el fin de hacerla crecer derecha. Ella cumplía con sus tareas, hacía sus
ejercicios de piano y caminaba recta como una vela aunque no llevara el libro sobre la
cabeza, pero de noche se deslizaba descalza al patio de los sirvientes y a menudo el
amanecer la sorprendía durmiendo sobre un jergón abrazada a Mama Fresia.
Dos años después de las inundaciones cambió la suerte y el país gozaba de buen clima,
tranquilidad política y bienestar económico. Los chilenos andaban en ascuas; estaban
acostumbrados a las desgracias naturales y tanta bonanza podía ser la preparación de
un cataclismo mayor. Además se descubrieron ricos yacimientos de oro y plata en el
norte. Durante la Conquista, cuando los españoles recorrían América buscando esos
metales y llevándose todo lo que encontraban al paso, Chile se consideraba el calo del
mundo, porque comparado con las riquezas del resto del continente tenía muy poco
que ofrecer. En la marcha forzada por sus inmensas montañas y por el desierto lunar del
norte se agotaba la codicia en el corazón de aquellos conquistadores y si algo
quedaba, los indómitos indios se encargaban de transformarla en arrepentimiento. Los
capitanes, exhaustos y pobres, maldecían esa tierra donde no les quedaba más remedio
que plantar sus banderas y echarse a morir, porque regresar sin gloria era peor.
Trescientos años más tarde esas minas, ocultas a los ojos de los ambiciosos soldados de
España y surgidas de pronto por obra de encantamiento, fueron un premio inesperado
para sus descendientes. Se formaron nuevas fortunas, a las que se unieron otras de la
industria y el comercio. La antigua aristocracia de la tierra, que había tenido siempre la
sartén por el mango, se sintió amenazada en sus privilegios y el desprecio por los ricos de
reciente factura pasó a ser un signo de distinción.
Uno de esos ricachos se enamoró de Paulina, la hija mayor de Agustín del Valle. Se
trataba de Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, próspero en pocos años gracias a una
mina de oro explotada a medias con su hermano. De sus orígenes poco se conocía,
salvo la sospecha de que sus antepasados eran judíos conversos y su sonoro apellido
cristiano había sido adoptado para quitarle el cuerpo a la Inquisición, razón de sobra
para ser rechazado de plano por los soberbios del Valle. Jacob Todd distinguía a Paulina
entre las cinco hijas de Agustín, porque su carácter atrevido y alegre le recordaba a Miss
Rose. La joven tenía una manera sincera de reírse que contrastaba con l as sonrisas
veladas tras los abanicos y las mantillas de sus hermanas. Al enterarse de la intención del
padre de encerrarla en un convento de clausura para impedir sus amores, Jacob Todd
decidió, contra toda prudencia, ayudarla. Antes de que se la llevaran, se las arregló
para cruzar un par de frases a solas con ella en un descuido de su dueña. Consciente de
que no disponía de tiempo para explicaciones, Paulina se sacó del escote una carta tan
doblada y vuelta a doblar que parecía un peñasco y le rogó que la hiciera llegar a su
enamorado. Al día siguiente la joven partió, secuestrada por su padre, en un viaje de
varios días por caminos imposibles hacia Concepción, una ciudad del sur cerca de las
reservas indígenas, donde las monjas cumplirían con el deber de devolverle el juicio a
punta de rezos y ayunos. Para evitar que tuviera la peregrina idea de rebelarse o
escapar, el padre ordenó que le afeitaran la cabeza. La madre recogió las trenzas, las
envolvió en un paño de batista bordada y las llevó de regalo a las beatas de la Iglesia
de la Matriz para destinarlas a pelucas de santos. Entretanto Todd no sólo logró entregar
la misiva, también averiguó con los hermanos de la muchacha la ubicación exacta del
convento y pasó el dato al atribulado Feliciano Rodríguez de Santa Cruz. Agradecido, el
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pretendiente se quitó el reloj de bolsillo con su cadena de oro macizo e insistió en dárselo
al bendito emisario de sus amores, pero éste lo rechazó, ofendido.
-No tengo cómo pagarle lo que ha hecho -murmuró Feliciano, turbado.
-No tiene que hacerlo.
Jacob Todd no supo de la infortunada pareja por un buen tiempo, pero dos meses más
tarde la sabrosa noticia de la huida de la señorita era el comidillo de toda reunión social
y el orgulloso Agustín del Valle no pudo impedir que se le agregaran más detalles
pintorescos, cubriéndolo de ridículo. La versión que Paulina relató a Jacob Todd meses
después, fue que una tarde de junio, de esas tardes invernales de lluvia fina y oscuridad
temprana, logró burlar la vigilancia y huyó del convento vestida con hábito de novicia,
llevándose los candelabros de plata del altar mayor. Gracias a la información de Jacob
Todd, Feliciano Rodríguez de Santa Cruz se trasladó al sur y mantuvo contacto secreto
con ella desde el comienzo, esperando la oportunidad de reencontrarse. Esa tarde la
aguardaba a corta distancia del convento y al verla tardó varios segundos en reconocer
a esa novicia medio calva que se desmoronó en sus brazos sin soltar los candelabros.
-No me mires así, hombre, el pelo crece -dijo ella besándolo de lleno en los labios.
Feliciano se la llevó en un coche cerrado de vuelta a Valparaíso y la instaló
temporalmente en la casa de su madre viuda, el más respetable escondite que pudo
imaginar, con la intención de proteger su honra hasta donde fuera posible, aunque no
había forma de evitar que el escándalo los mancillara. El primer impulso de Agustín fue
enfrentar en duelo al seductor de su hija, pero cuando quiso hacerlo se enteró que
andaba en viaje de negocios en Santiago. Se dio entonces a la tarea de encontrar a
Paulina, ayudado por sus hijos y sobrinos armados y decididos a vengar el honor de la
familia, mientras la madre y las hermanas rezaban a coro el rosario por la hija
descarriada. El tío obispo, que había recomendado enviar a Paulina a las monjas, intentó
poner algo de cordura en los ánimos, pero esos protomachos no estaban para sermones
de buen cristiano. El viaje de Feliciano era parte de la estrategia planeada con su
hermano y Jacob Todd. Se fue sin bulla a la capital mientras los otros dos echaban a
rodar el plan de acción en Valparaíso, publicando en un periódico liberal la
desaparición de la señorita Paulina del Valle, noticia que la familia se había guardado
muy bien de divulgar. Eso salvó la vida de los enamorados.
Por fin Agustín del Valle aceptó que ya no estaban los tiempos para desafiar la ley y en
vez de un doble asesinato más valía lavar la honra con una boda pública. Se
establecieron las bases de una paz forzada y una semana después, cuando todo estuvo
preparado, regresó Feliciano. Los fugitivos se presentaron en la residencia de los del Valle
acompañados por el hermano del novio, un abogado y el obispo. Jacob Todd se
mantuvo discretamente ausente. Paulina apareció vestida con un traje muy sencillo,
pero al quitarse el manto pudieron ver que llevaba desafiante una diadema de reina.
Avanzó del brazo de su futura suegra, quien estaba dispuesta a responder por su virtud,
pero no la dieron ocasión de hacerlo. Como lo último que la familia deseaba era otra
noticia en el periódico, Agustín del Valle no tuvo más remedio que recibir a la hija
rebelde y a su indeseable pretendiente. Lo hizo rodeado de sus hijos y sobrinos en el
comedor, convertido en tribunal para la ocasión, mientras las mujeres de la familia,
recluidas en el otro extremo de la casa, se enteraban de los detalles por las criadas,
quienes atisbaban tras las puertas y corrían llevando cada palabra. Dijeron que la chica
se presentó con todos esos diamantes brillando entre los pelos parados de su cabeza de
tiñosa y enfrentó a su padre sin asomo de modestia o temor, anunciando que aún tenía
los candelabros, en realidad los había tomado sólo para jorobar a las monjas. Agustín del
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Valle levantó una fusta para caballos, pero el novio se puso por delante para recibir el
castigo, entonces el obispo, muy cansado, pero con el peso de su autoridad intacto,
intervino con el argumento irrefutable de que no podría haber casamiento público para
acallar los chismes si los novios estaban con la cara machucada.
-Pide que nos sirvan una taza de chocolate, Agustín, y sentémonos a conversar como
gente decente -propuso el dignatario de la Iglesia.
Así lo hicieron. Ordenaron a la hija y a la viuda Rodríguez de Santa Cruz que aguardaran
afuera, porque ése era un asunto de hombres, y tras consumir varias jarras de espumoso
chocolate llegaron a un acuerdo. Redactaron un documento mediante el cual los
términos económicos quedaron claros y el honor de ambas partes a salvo, firmaron ante
el notario y procedieron a planear los detalles de la boda. Un mes más tarde Jacob Todd
asistió a un sarao inolvidable en que la pródiga hospitalidad de la familia del Valle se
desbordó; hubo baile, canto y comilona hasta el día siguiente y los invitados se fueron
comentando la hermosura de la novia, la felicidad del novio y la suerte de los suegros,
que casaban a su hija con una sólida, aunque reciente, fortuna. Los esposos partieron de
inmediato al norte del país.
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Mala reputación
Jacob Todd lamentó la partida de Feliciano y Paulina, había hecho una buena amistad
con el millonario de las minas y su chispeante esposa. Se sentía tan a sus anchas entre los
jóvenes empresarios, como incómodo empezaba a sentirse entre los miembros del "Club
de la Unión". Como él, los nuevos industriales estaban imbuidos de ideas europeas, eran
modernos y liberales, a diferencia de la antigua oligarquía de la tierra, que permanecía
atrasada en medio siglo. Le quedaban aún ciento setenta biblias arrumbadas bajo su
cama de las cuales ya no se acordaba, porque la apuesta estaba perdida desde hacía
tiempo. Había logrado dominar suficientemente el español como para arreglarse sin
ayuda y, a pesar de no ser correspondido, seguía enamorado de Rose Sommers, dos
buenas razones para quedarse en Chile. Los continuos desaires de la joven se habían
convertido en una dulce costumbre y ya no lograban humillarlo. Aprendió a recibirlos
con ironía y devolvérselos sin malicia, como un juego de pelota cuyas misteriosas reglas
sólo ellos conocían. Se relacionó con algunos intelectuales y pasaba noches enteras
discutiendo a los filósofos franceses y alemanes, así como los descubrimientos científicos
que abrían nuevos horizontes al conocimiento humano. Disponía de largas horas para
pensar, leer y discutir. Había ido decantando ideas que anotaba en un grueso cuaderno
ajado por el uso y gastaba buena parte del dinero de su pensión en libros encargados a
Londres y otros que compraba en la Librería Santos Tornero, en el barrio El Almendral
donde también vivían los franceses y estaba ubicado el mejor burdel de Valparaíso. La
librería era el punto de reunión de intelectuales y aspirantes a escritores. Todd solía pasar
días enteros leyendo; después entregaba los libros a sus compinches, quienes con
penuria los traducían y publicaban en modestos panfletos circulados de mano en mano.
Del grupo de intelectuales, el más joven era Joaquín Andieta, de apenas dieciocho
años, pero compensaba su falta de experiencia con una fluida vocación de liderazgo.
Su personalidad electrizante resultaba aún más notable, dadas su juventud y pobreza.
No era hombre de muchas palabras este Joaquín, sino de acción, uno de los pocos con
claridad y valor suficientes para transformar en impulso revolucionario las ideas de los
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libros, los demás preferían discutirlas eternamente en torno a una botella en la trastienda
de la librería. Todd distinguió a Andieta desde un comienzo, ese joven tenía algo
inquietante y patético que lo atraía. Había notado su aporreado maletín y la tela
gastada de su traje, transparente y quebradiza como piel de cebolla. Para ocultar los
huecos en las suelas de las botas, nunca se sentaba pierna arriba; tampoco se quitaba
la chaqueta porque, Todd presumía, su camisa debía estar cubierta de zurcidos y
parches. No poseía un abrigo decente, pero en invierno era el primero en madrugar
para salir a repartir panfletos y pegar pancartas llamando a los trabajadores a la rebelión
contra los abusos de los patrones, o a los marineros contra los capitanes y las empresas
navieras, labor a menudo inútil, porque los destinatarios eran en su mayoría analfabetos.
Sus llamados a la justicia quedaban a merced del viento y la indiferencia humana.
Mediante discretas indagaciones, Jacob Todd descubrió que su amigo estaba
empleado en la "Compañía Británica de Importación y Exportación". A cambio de un
sueldo mísero y un horario agotador, registraba los artículos que pasaban por la oficina
del puerto. También se le exigía cuello almidonado y zapatos lustrados. Su existencia
transcurría en una sala sin ventilación y mal alumbrada, donde los escritori os se
alineaban unos tras otros hasta el infinito y se apilaban legajos y libracos empolvados que
nadie revisaba en años. Todd preguntó por él a Jeremy Sommers, pero éste no lo
ubicaba; seguramente lo veía a diario, dijo, pero no tenía relación personal co n sus
subordinados y escasamente podía identificarlos por sus nombres. Por otros conductos
supo que Andieta vivía con su madre, pero del padre nada pudo averiguar; supuso que
sería un marinero de paso y la madre una de aquellas mujeres desafortunadas que no
calzaban en ninguna categoría social, tal vez bastarda o repudiada por su familia.
Joaquín Andieta tenía facciones andaluzas y la gracia viril de un joven torero; todo en él
sugería firmeza, elasticidad, control; sus movimientos eran precisos, su mirada intensa y su
orgullo conmovedor. A los ideales utópicos de Todd oponía un pétreo sentido de la
realidad. Todd predicaba la creación de una sociedad comunitaria, sin sacerdotes ni
policías, gobernada democráticamente bajo una ley moral única e inapelable.
-Está usted en la luna, Mr. Todd. Tenemos mucho que hacer, no vale la pena perder
tiempo discutiendo fantasías -lo interrumpía Joaquín Andieta.
-Pero si no empezamos por imaginar la sociedad perfecta ¿cómo vamos a crearla? -
replicaba el otro enarbolando su cuaderno, cada vez más voluminoso, al cual había
agregado planos de ciudades ideales, donde cada habitante cultivaba su alimento y los
niños crecían sanos y felices, cuidados por la comunidad, puesto que si no existía la
propiedad privada, tampoco se podía reclamar la posesión de los hijos.
-Debemos mejorar el desastre en que vivimos aquí. Lo primero es incorporar a los
trabajadores, los pobres y los indios, dar tierra a los campesinos y quitar poder a los curas.
Es necesario cambiar la Constitución, Mr. Todd. Aquí sólo votan los propietarios, es decir,
gobiernan los ricos. Los pobres no cuentan.
Al principio Jacob Todd ideaba rebuscados caminos para ayudar a su amigo, pero
pronto debió desistir porque sus iniciativas lo ofendían. Le encargaba algunos trabajos
para tener pretexto de darle dinero, pero Andieta cumplía a conciencia y luego
rechazaba de plano cualquier forma de pago. Si Todd le ofrecía tabaco, una copa de
brandy o su paraguas en una noche de tormenta, Andieta reaccionaba con arrogancia
helada, dejando al otro desconcertado y a veces ofendido. El joven jamás mencionaba
su vida privada o su pasado, parecía encarnarse brevemente para compartir unas horas
de conversación revolucionaria o lecturas enardecidas en la librería, antes de volverse
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humo al término de esas veladas. No disponía de unas monedas para ir con los otros a la
taberna y no aceptaba una invitación que no podía retribuir.
Una noche Todd no pudo soportar por más tiempo la incertidumbre y lo siguió por el
laberinto de calles del puerto, donde podía ocultarse en las sombras de los portales y en
las curvas de esas absurdas callejuelas, que según la gente eran tortuosas a propósito,
para impedir que se metiera el Diablo. Vio a Joaquín Andieta arremangarse los
pantalones, quitarse los zapatos, envolverlos en una hoja de periódico y guardarlos
cuidadosamente en su gastado maletín, de donde extrajo unas chancletas de
campesino para calzarse. A esa hora tardía sólo circulaban unas pocas almas perdidas y
gatos vagos escarbando en la basura. Sintiéndose como un ladrón, Todd avanzó en la
oscuridad casi pisando los talones de su amigo; podía escuchar su respiración agitada y
el roce de sus manos, que frotaba sin cesar para combatir los aguijonazos del viento
helado. Sus pasos lo condujeron a un conven tillo, cuyo acceso era uno de esos
callejones estrechos típicos de la ciudad. Una fetidez de orines y excrementos le dio en la
cara; por esos barrios la policía de aseo, con sus largos garfios para destapar las
acequias, pasaba rara vez. Comprendió la precaución de Andieta de quitarse sus únicos
zapatos: no supo lo que pisaba, los pies se le hundían en un caldo pestilente. En la noche
sin luna la escasa luz se filtraba entre los postigos destartalados de las ventanas, muchas
sin vidrios, tapiadas con cartón o tablas. Se podía atisbar por las ranuras hacia el interior
de cuartos miserables alumbrados por velas. La suave neblina daba a la escena un aire
irreal. Vio a Joaquín Andieta encender un fósforo, protegiéndolo de la brisa con su
cuerpo, sacar una llave y abrir una puerta a la luz trémula de la llama. ¿Eres tú, hijo? Oyó
nítidamente una voz femenina, más clara y joven de lo esperado. Enseguida la puerta se
cerró. Todd permaneció largo rato en la oscuridad observando la casucha con un deseo
inmenso de golp ear la puerta, deseo que no era sólo curiosidad, sino un afecto
abrumador por su amigo. Carajo, me estoy volviendo idiota, masculló finalmente. Dio
media vuelta y se fue al "Club de la Unión" a tomar un trago y leer los periódicos, pero
antes de llegar se arrepintió, incapaz de enfrentar el contraste entre la pobreza que
acababa de dejar atrás y esos salones con muebles de cuero y lámparas de cristal.
Regresó a su cuarto, abrasado por un fuego de compasión bastante parecido a aquella
fiebre que casi lo despachó durante su primera semana en Chile.
Así estaban las cosas a finales de 1845, cuando la flota comercial marítima de Gran
Bretaña asignó en Valparaíso un capellán para atender las necesidades espirituales de
los protestantes. El hombre llegó dispuesto a desafiar a los católicos, construir un sólido
templo anglicano y dar nuevos bríos a su congregación. Su primer acto oficial fue
examinar las cuentas del proyecto misionero en Tierra del Fuego, cuyos resultados no se
vislumbraban por parte alguna. Jacob Todd se hizo invitar al campo por Agustín del
Valle, con la idea de dar tiempo al nuevo pastor de desinflarse, pero cuando regresó dos
semanas más tarde, comprobó que el capellán no había olvidado el asunto. Por un
tiempo Todd encontró nuevos pretextos para evitarlo, pero finalmente debió enfrentarse
a un auditor y luego a una comisión de la Iglesia Anglicana. Se enredó en explicaciones
que se tornaron más y más fantásticas a medida que los números probaban el desfalco
con claridad meridiana. Devolvió el din ero que le quedaba en la cuenta, pero su
reputación sufrió un revés irremediable. Se terminaron para él las tertulias de los miércoles
en casa de los Sommers y nadie en la colonia extranjera volvió a invitarlo; lo eludían en la
calle y quienes tenían negocios con él, los dieron por concluidos. La noticia del engaño
alcanzó a sus amigos chilenos, quienes le sugirieron discreta, pero firmemente, que no
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apareciera más por el "Club de la Unión" si deseaba evitar el bochorno de ser expulsado.
No volvieron a aceptarlo en los juegos de cricket ni en el bar del Hotel Inglés, pronto
estuvo aislado y hasta sus amigos liberales le dieron la espalda. La familia del Valle en
bloque le quitó el saludo, salvo Paulina, con quien Todd mantenía un esporádico
contacto epistolar.
Paulina había dado a luz a su primer hijo en el norte y en sus cartas se revelaba
satisfecha de su vida de casada. Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, cada vez más rico
según decía la gente, había resultado ser un marido poco usual. Estaba convencido de
que la audacia demostrada por Paulina al fugarse del convento y doblar la mano de su
familia para casarse con él no debía diluirse en tareas domésticas, sino aprovecharse
para beneficio de los dos. Su mujer, educada como señorita, escasamente sabía leer y
sumar, pero había desarrollado una verdadera pasión por los negocios. Al principio a
Feliciano le extrañó su interés por indagar detalles sobre el proceso de excavación y
transporte de los minerales, así como los vaivenes de la Bolsa de Comercio, pero pronto
aprendió a respetar la descomunal intuición de su mujer. Mediante sus consejos, a los
siete meses de casados obtuvo grandes beneficios especulando con azúcar.
Agradecido, le obsequió un servicio para el té de plata labrada en el Perú, que pesaba
diecinueve kilos. Paulina, quien apenas podía moverse con el denso bulto de su primer
hijo en la barriga, rechazó el regalo sin levantar la vista de los escarpines que estaba
tejiendo.
-Prefiero que abras una cuenta a mi nombre en un banco de Londres y de ahora e n
adelante me deposites el veinte por ciento de las ganancias que yo consiga para ti.
-¿Para qué? ¿No te doy todo lo que deseas y mucho más? -preguntó Feliciano ofendido.
-La vida es larga y llena de sobresaltos. No quiero ser nunca una viuda pobre y menos
con hijos -explicó ella, sobándose la panza.
Feliciano salió dando un portazo, pero su innato sentido de justicia pudo más que su mal
humor de marido desafiado. Además, aquel veinte por ciento sería un incentivo
poderoso para Paulina, decidió. Hizo lo que ella le pedía, a pesar de que nunca había
oído de una mujer casada con dinero propio. Si una esposa no podía desplazarse sola,
firmar documentos legales, acudir a la justicia, vender o comprar nada sin la autorización
del marido, mucho menos podía disponer de una cuenta bancaria y usarla a su antojo.
Sería difícil explicárselo al banco y a los socios.
-Venga al norte con nosotros, el futuro está en la minas y allí puede empezar de nuevo -
sugirió Paulina a Jacob Todd, cuando se enteró en una de sus breves visitas a Valparaíso
que había caído en desgracia.
-¿Qué haría yo allí, amiga mía? -murmuró el otro.
-Vender sus biblias -se burló Paulina, pero de inmediato se conmovió ante la abismal
tristeza del otro y le ofreció su casa, amistad y trabajo en las empresas del marido.
Pero Todd estaba tan desanimado por la mala suerte y la vergüenza pública, que no
encontró fuerzas para iniciar otra aventura en el norte. La curiosidad y la inquietud que lo
impulsaban antes, habían sido reemplazadas por la obsesión de recu perar el buen
nombre perdido.
-Estoy derrotado, señora, ¿que no lo ve? Un hombre sin honor es un hombre muerto.
-Los tiempos han cambiado -lo consoló Paulina-. Antes la honra mancillada de una mujer
sólo se lavaba con sangre. Pero ya ve, Mr. Todd, en mi caso se lavó con una jarra de
chocolate. El honor de los hombres es mucho más resistente que el nuestro. No se
desespere.
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Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, quien no había olvidado su intervención en tiempos
de sus amores frustrados con Paulina, quiso prestarle dinero para que devolviera hasta el
último centavo de las misiones, pero Todd decidió que entre deberle a un amigo o
deberle al capellán protestante, prefería lo último, puesto que su reputación de todos
modos ya estaba destruida. Poco después debió despedirse de los gatos y las tartas,
porque la viuda inglesa de la pensión lo expulsó con una cantaleta interminable de
reproches. La buena mujer había duplicado sus esfuerzos en la cocina para financiar la
propagación de su fe en aquellas regiones de invie rno inmutable, donde un viento
espectral ululaba día y noche, como decía Jacob Todd, ebrio de elocuencia. Al
enterarse del destino de sus ahorros en manos del falso misionero, montó en justa cólera y
lo echó de su casa. Mediante la ayuda de Joaquín Andieta , quien le buscó otro
alojamiento, pudo trasladarse a un cuarto pequeño, pero con vista al mar, en uno de los
barrios modestos del puerto. La casa pertenecía a una familia chilena y no tenía las
pretensiones europeas de la anterior, era de construcción ant igua, de adobe
blanqueado a la cal y techo de tejas rojas, compuesta de un zaguán a la entrada, un
cuarto grande casi desprovisto de muebles, que servía de sala, comedor y dormitorio de
los padres, uno más pequeño y sin ventana donde dormían todos los niño s y otro al
fondo, que alquilaban. El propietario trabajaba como maestro de escuela y su mujer
contribuía al presupuesto con una industria artesanal de velas fabricadas en la cocina. El
olor de la cera impregnaba la casa. Todd sentía ese aroma dulzón en sus libros, su ropa,
su cabello y hasta en su alma; tanto se le había metido bajo la piel, que muchos años
más tarde, al otro lado del mundo, seguiría oliendo a velas. Frecuentaba sólo los barrios
bajos del puerto, donde a nadie importaba la reputación buena o mala de un gringo
con los pelos rojos. Comía en las fondas de los pobres y pasaba días enteros entre los
pescadores, afanado con las redes y los botes. El ejercicio físico le hacía bien y por
algunas horas lograba olvidar su orgullo herido. Sólo Joaquín Andieta continuó
visitándolo. Se encerraban a discutir de política e intercambiar textos de los filósofos
franceses, mientras al otro lado de la puerta correteaban los hijos del maestro y fluía
como un hilo de oro derretido la cera de las velas. Joaquín Andieta no se refirió jamás al
dinero de las misiones, aunque no podía ignorarlo, dado que el escándalo se comentó a
viva voz durante semanas. Cuando Todd quiso explicarle que sus intenciones nunca
fueron las de estafar y todo había sido producto de su mala cabeza para los números, su
proverbial desorden y su mala suerte, Joaquín Andieta se llevó un dedo a la boca en el
gesto universal de callar. En un impulso de vergüenza y afecto, Jacob Todd lo abrazó
torpemente y el otro lo estrechó por un instante, pero enseguida se desprendió con
brusquedad, rojo hasta las orejas. Los dos retrocedieron simultáneamente, aturdidos, sin
comprender cómo habían violado la regla elemental de conducta que prohíbe
contacto físico entre los hombres, excepto en batallas o deportes brutales. En los meses
siguientes el inglés fue perdiendo el rumbo, descuidó su apariencia y solía vagar con una
barba de varios días, oliendo a velas y alcohol. Cuando se propasaba con la ginebra,
despotricaba como un maniático, sin pausa ni respiro contra los gobiernos, la familia real
inglesa, los militares y policías, el sistema de privilegios de clases, que comparaba al de
castas en la India, la religión en general y el cristianismo en particular.
-Tiene que irse de aquí, Mr. Todd se está poniendo chiflado -se atrevió a decirle Joaquín
Andieta un día que lo rescató de una plaza cuando estaba a punto de llevárselo la
guardia.
Exactamente así lo encontró, predicando como un orate en la calle, el capitán John
Sommers, quien había desembarcado de su goleta en el puerto hacía ya varias
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semanas. Su nave había sufrido tanto vapuleo en la travesía por el Cabo de Hornos, que
debió someterse a largas reparaciones. John Sommers había pasado un mes completo
en casa de sus hermanos Jeremy y Rose. Eso lo decidió a buscar trabajo en uno de los
modernos barcos a vapor apenas regresara a Inglaterra, porque no estaba dispuesto a
repetir la experiencia de cautiverio en la jaula familiar. Amaba a los suyos, pero los
prefería a la distancia. Se había resistido hasta entonces a pensar en los vapores, porque
no concebía la aventura del mar sin el desafío de las velas y del clima, que probaban la
buena cepa de un capitán, pero debió admitir finalmente que el futuro estaba en las
nuevas embarcaciones, más grandes, seguras y rápidas. Cuando notó que perdía pelo,
culpó naturalmente a la vida sedentaria. Pronto el tedio llegó a pesarle como una
armadura y escapaba de la casa para pasear por el puerto con impaciencia de fiera
atrapada. Al reconocer al capitán, Jacob Todd bajó el ala del sombrero y fingió no verlo
para ahorrarse la humillación de otro desaire, pero el marino lo detuvo en seco y lo
saludó con afectuosas palmadas en los hombros.
-¡Vamos a tomar unos tragos, mi amigo¡ -y lo arrastró a un bar cercano.
Resultó ser uno de es os rincones del puerto conocido entre los parroquianos por la
bebida honesta, donde además ofrecían un plato único de bien ganada fama: congrio
frito con papas y ensalada de cebolla cruda. Todd, quien solía olvidarse de comer en
esos días y siempre andaba corto de dinero, sintió el aroma delicioso de la comida y
creyó que iba a desmayarse. Una oleada de agradecimiento y placer le humedeció los
ojos. Por cortesía, John Sommers desvió la vista mientras el otro devoraba hasta la última
migaja del plato.
-Nunca me pareció buena idea ese asunto de las misiones entre los indios -dijo,
justamente cuando Todd empezaba a preguntarse si el capitán se habría enterado del
escándalo financiero-. Esa pobre gente no merece la desgracia de ser evangelizada.
¿Qué piensa hacer ahora?
-Devolví lo que quedaba en la cuenta, pero aún debo una buena cantidad.
-Y no tiene cómo pagarla, ¿verdad?
-Por el momento no, pero...
-Pero nada, hombre. Usted dio a esos buenos cristianos un pretexto para sentirse virtuosos
y ahora les ha dado m otivo de escándalo por un buen tiempo. La diversión les salió
barata. Cuando le pregunté qué piensa hacer me refería a su futuro, no a sus deudas.
-No tengo planes.
-Vuelva conmigo a Inglaterra. Aquí no hay lugar para usted. ¿Cuántos extranjeros hay en
este puerto? Cuatro pelagatos y todos se conocen. Créame, no lo dejarán en paz. En
Inglaterra, en cambio, puede perderse en la muchedumbre.
Jacob Todd se quedó mirando el fondo de su vaso con una expresión tan desesperada,
que el capitán soltó una de sus risotadas.
-¡No me diga que se queda aquí por mi hermana Rose¡
Era verdad. El repudio general habría sido algo más soportable para Todd, si Miss Rose
hubiera demostrado un mínimo de lealtad o comprensión, pero ella se negó a recibirlo y
devolvió sin abrir las cartas con que él intentaba limpiar su nombre. Nunca se enteró que
sus misivas jamás llegaron a manos de la destinataria, porque Jeremy Sommers, violando
el acuerdo de mutuo respeto con su hermana, había decidido protegerla de su propio
buen corazón e impedir que cometiera otra irreparable tontería. El capitán tampoco lo
sabía, pero adivinó las precauciones de Jeremy y concluyó que seguramente él habría
hecho lo mismo en tales circunstancias. La idea de ver al patético vendedor de biblias
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convertido en aspirante a la mano de su hermana Rose le parecía desastrosa: por una
vez estaba en pleno acuerdo con Jeremy.
-¿Tan evidentes han sido mis intenciones con Miss Rose? -preguntó Jacob Todd turbado.
-Digamos que no son un misterio, mi amigo.
-Me temo que no tengo la menor esperanza de que algún día ella me acepte...
-Me temo lo mismo.
-¿Me haría usted el inmenso favor de interceder por mí, capitán? Si al menos Miss Rose
me recibiera una vez, yo podría explicarle...
-No cuente conmigo para hacer de alcahuete, Todd . Si Rose correspondiera sus
sentimientos, usted ya lo sabría. Mi hermana no es tímida, se lo aseguro. Le repito,
hombre, lo único que le queda es irse de este maldito puerto, aquí va a terminar
convertido en un mendigo. Mi barco parte dentro de tres días rumbo a Hong Kong y de
allí a Inglaterra. La travesía será larga, pero usted no tiene apuro. El aire fresco y el
trabajo duro son remedios infalibles contra la estupidez del amor. Se lo digo yo, que me
enamoro en cada puerto y me sano apenas vuelvo al mar.
-No tengo dinero para el pasaje.
-Tendrá que trabajar como marinero y por las tardes jugar naipes conmigo. Si no ha
olvidado los trucos de tahúr que sabía cuando lo traje a Chile hace tres años, seguro me
esquilmará en el viaje.
Pocos días después Jacob Todd se embarcó mucho más pobre de lo que había llegado.
El único que lo acompañó al muelle fue Joaquín Andieta. El sombrío joven
Isabel Allende
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PRIMERA PARTE
1843-1848
Valparaíso
Todo el mundo nace con algún talento especial y Eliza Sommers descubrió temprano
que ella tenía dos: buen olfato y buena memoria. El primero le sirvió para ganarse la vida
y el segundo para recordarla, si no con precisión, al menos con poética vaguedad de
astrólogo. Lo que se olvida es como si nunca hubiera sucedido, pero sus recuerdos reales
o ilusorios eran muchos y fue como vivir dos veces. Solía decirle a su fiel amigo, el sabio
Tao Chi´en, que su memoria era como la barriga del buque donde se conocieron, vasta
y sombría, repleta de cajas, barriles y sacos donde se acumulaban los acontecimientos
de toda su existencia. Despierta no era fácil encontrar algo en aquel grandí simo
desorden, pero siempre podía hacerlo dormida, tal como le enseñó Mama Fresia en las
noches dulces de su niñez, cuando los contornos de la realidad eran apenas un trazo fino
de tinta pálida. Entraba al lugar de los sueños por un camino muchas veces recorrido y
regresaba con grandes precauciones para no despedazar las tenues visiones contra la
áspera luz de la conciencia. Confiaba en ese recurso como otros lo hacen en los
números y tanto afinó el arte de recordar, que podía ver a Miss Rose inclinada sobre la
caja de jabón de Marsella que fuera su primera cuna.
-Es imposible que te acuerdes de eso, Eliza. Los recién nacidos son como los gatos, no
tienen sentimientos ni memoria -sostenía Miss Rose en las pocas ocasiones en que
hablaron del tema.
Sin embargo, esa mujer mirándola desde arriba, con su vestido color topacio y las hebras
sueltas del moño alborotadas por el viento, estaba grabada en la memoria de Eliza y
nunca pudo aceptar la otra explicación sobre su origen.
-Tienes sangre inglesa, como nosotros -le aseguró Miss Rose cuando ella tuvo edad para
entender-. Sólo a alguien de la colonia británica se le habría ocurrido ponerte en una
cesta en la puerta de la "Compañía Británica de Importación y Exportación". Seguro
conocía el buen corazón de mi hermano Jeremy y adivinó que te recogería. En ese
tiempo yo estaba loca por tener un hijo y tú caíste en mis brazos enviada por el Señor,
para ser educada en los sólidos principios de la fe protestante y el idioma inglés.
-¿Inglesa tú? Niña, no te hagas ilusiones, tienes pelos de india como yo -refutaba Mama
Fresia a espaldas de su patrona.
El nacimiento de Eliza era tema vedado en esa casa y la niña se acostumbró al misterio.
Ése, como otros asuntos delicados, no lo mencionaba ante Rose y Jeremy
Sommers, pero lo discutía en susurros en la cocina con Mama Fresia, quien mantuvo
invariable su descripción de la caja de jabón, mientras que la versión de Miss Rose fue
adornándose con los años hasta convertirse en un cuento de hadas. Según ella, la cesta
encontrada en la oficina estaba fabricada del mimbre más fino y forrada en batista, su
camisa era bordada en punto abeja y las sábanas orilladas con encaje de Bruselas,
además iba arropada con una mantita de piel de visón, extravagancia jamás vista en
Chile. Con el tiempo se agregaron seis monedas de oro envueltas en un pañuelo de
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seda y una nota en inglés explicando que la niña, aunque ilegítima, era de muy buena
estirpe, pero Eliza nunca vislumbró nada de eso. El visón, las monedas y la nota
desaparecieron convenientemente y de su nacimiento no quedó rastro. La explicación
de Mama Fresia, sin embargo, se parecía más a sus recuerdos: al abrir la puerta de la
casa una mañana a finales del verano, encontraron una criatura de sexo femenino
desnuda dentro de una caja.
-De mantita de visón y monedas de oro, nada. Yo estaba allí y me acuerdo muy bien.
Venías tiritando en un chaleco de hombre, ni un pañal te habían puesto, y estabas toda
cagada. Eras una mocosa colorada como una langosta recocida, con una pelusa de
choclo en la coronilla. Ésa eras tú. No te hagas ilusiones, no naciste para princesa y si
hubieras tenido el pelo tan negro como lo tienes ahora, los patrones habrían tirado la
caja en la basura -sostenía la mujer.
Al menos todos coincidían en que la niña entró en sus vidas el 15 de marzo de 1832, año
y medio después de la llegada de los Sommers a Chile, y por esa razón designaron la
fecha como la de su cumpleaños. Lo demás siempre fue un cúmulo de contradicciones
y Eliza concluyó finalmente que no valía la pena gastar energía dándole vueltas, porque
cualquiera que fuese la
verdad, de ningún modo podía remediarse. Lo importante es lo que uno hace en este
mundo, no cómo se llega a él, solía decirle a Tao Chi´en durante los muchos años de su
espléndida amistad, pero él no estaba de acuerdo, le resultaba imposible imaginar su
propia existencia separado de la larga cadena de sus antepasados, quienes habían
contribuido no sólo a darle sus características físicas y mentales, sino que también le
habían legado el karma. Su suerte, creía, estaba determinada por las acciones de los
parientes que habían vivido antes, por eso se debía honrarlos con oraciones diarias y
temerlos cuando aparecían en espectrales ropajes a reclamar sus derechos. Tao Chi´en
podía recitar los nombres de todos sus antepasados, hasta los más remotos y venerables
tatarabuelos muertos hacía más de un siglo. Su mayor preocupación en los tiempos del
oro consistía en regresar a morir en su pueblo en China para ser enterrado junto a los
suyos; de lo contrario su alma vagaría para siempre a la deriva en tierra extranjera. Eliza
se inclinaba naturalmente por la historia de la primorosa cesta -a nadie en su sano juicio
le gusta aparecer en una caja de jabón ordinario- pero en honor a la verdad no podía
aceptarla. Su olfato de perro perdiguero recordaba muy bien el primer olor de su
existencia, que no fue el de sábanas limpias de batista, sino de lana, sudor de hombre y
tabaco. El segundo fue un hedor montuno de cabra.
Eliza creció mirando el mar Pacífico desde el balcón de la residencia de sus padres
adoptivos. Encaramada en las laderas de un cerro del puerto de Valparaíso, la casa
pretendía imitar el estilo en boga entonces en Londres, pero las exigencias del terreno, el
clima y la vida de Chile habían obligado a hacerle mo dificaciones sustanciales y el
resultado era un adefesio. Al fondo del patio fueron naciendo como tumores orgánicos
varios aposentos sin ventanas y con puertas de mazmorra, donde Jeremy Sommers
almacenaba la carga más preciosa de la compañía, que en las bodegas del puerto
desaparecía.
-Éste es un país de ladrones, en ninguna parte del mundo la oficina gasta tanto en
asegurar la mercadería como aquí. Todo se lo roban y lo que se salva de los rateros, se
inunda en invierno, se quema en verano o lo aplasta un terremoto -repetía cada vez que
las mulas acarreaban nuevos bultos para descargar en el patio de su casa.
De tanto sentarse ante la ventana a ver el mar para contar los buques y las ballenas en
el horizonte, Eliza se convenció de que era hija de un naufrag io y no de una madre
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desnaturalizada capaz de abandonarla desnuda en la incertidumbre de un día de
marzo. Escribió en su diario que un pescador la encontró en la playa entre los restos de
un barco destrozado, la envolvió en su chaleco y la dejó ante la casa más grande del
barrio de los ingleses. Con los años concluyó que ese cuento no estaba mal del todo:
hay cierta poesía y misterio en lo que devuelve el mar. Si el océano se retirara, la arena
expuesta sería un vasto desierto húmedo sembrado de sirenas y peces agónicos, decía
John Sommers, hermano de Jeremy y Rose quien había navegado por todos los mares
del mundo y describía vívidamente cómo el agua bajaba en medio de un silencio de
cementerio, para volver en una sola ola descomunal, llevándose todo por de lante.
Horrible, sostenía, pero al menos daba tiempo para escapar hacia las colinas, en cambio
en los temblores de tierra las campanas de las iglesias repicaban anunciando la
catástrofe cuando ya todo el mundo escapaba entre los escombros.
En la época en que apareció la niña, Jeremy Sommers tenía treinta años y empezaba a
labrarse un brillante futuro en la "Compañía Británica de Importación y Exportación". En
los círculos comerciales y bancarios gozaba fama de honorable: su palabra y un apretón
de manos equivalían a un contrato firmado, virtud indispensable para toda transacción,
porque las cartas de crédito demoraban meses en cruzar los océanos. Para él, carente
de fortuna, su buen nombre era más importante que la vida misma. Con sacrificio había
logrado una posición segura en el remoto puerto de Valparaíso, lo último que deseaba
en su organizada existencia era una criatura recién nacida que viniera a perturbar sus
rutinas, pero cuando Eliza cayó en la casa no pudo dejar de acogerla, porque al ver a su
hermana Rose aferrada a la chiquilla como una madre, le flaqueó la voluntad.
Entonces Rose tenía sólo veinte años, pero ya era una mujer con pasado y sus
posibilidades de hacer un buen matrimonio podían considerarse mínimas. Por otra parte,
había sacado sus cuentas y decidido que el matrimonio resultaba, aún en el mejor de los
casos, un pésimo negocio para ella; junto a su hermano Jeremy gozaba de la
independencia que jamás tendría con un marido. Había logrado acomodar su vida y no
se dejaba amedrentar por el estigma de las solteronas, por el contrario, estaba decidida
a ser la envidia de las casadas, a pesar de la teoría en boga de que cuando las mujeres
se desviaban de su papel de madres y esposas les salían bigotes, como a las sufragistas,
pero le faltaban hijos y ésa era la única congoja que no podía transformar en triunfo
mediante el ejercicio disciplinado de la imaginación. A veces soñaba con las paredes
de su habitación cubiertas de sangre, sangre ensopando la alfombra, sangre salpicada
hasta el techo, y ella al centro, desnuda y desgreñada como una lunática, dando a luz
una salamandra. Despertaba gritando y pasaba el resto del día desorbitada, sin poder
librarse de la pesadilla. Jeremy la observaba preocupado por sus nervios y culpable por
haberla arrastrado tan lejos de Inglaterra, aunque no podía evitar cierta satisfacción
egoísta con el arreglo que ambos tenían. Como la idea del matrimonio jamás se le había
pasado por el corazón, la presencia de Rose resolvía los problemas domésticos y
sociales, dos aspectos importantes de su carrera. Su hermana compensaba su naturaleza
introvertida y solitaria, por eso soportaba de buen talante sus cambios de humor y sus
gastos innecesarios. Cuando apareció Eliza y Rose insistió en quedarse con ella, Jeremy
no se atrevió a oponerse o expresar dudas mezquinas, perdió galantemente todas las
batallas por mantener al bebé a la distancia, empezando por la primera cuando se trató
de darle un nombre.
-Se llamará Eliza, como nuestra madre, y llevará nuestro apellido -decidió Rose apenas la
hubo alimentado, bañado y envuelto en su propia mantilla.
-¡De ninguna manera, Rose! ¿Qué crees que dirá la gente?
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-De eso me encargo yo. La gente dirá que eres un santo por acoger a esta pobre
huérfana, Jeremy. No hay peor suerte que no tener fa milia. ¿Qué sería de mí sin un
hermano como tú? -replicó ella, consciente del espanto de su hermano ante el menor
asomo de sentimentalismo.
Los chismes fueron inevitables, también a eso debió resignarse Jeremy Sommers, tal
como aceptó que la niña recibiera el nombre de su madre, durmiera los primeros años
en la pieza de su hermana e impusiera bullicio en la casa. Rose divulgó el cuento
increíble de la lujosa cesta depositada por manos anónimas en la oficina de la
"Compañía Británica de Importación y Exportación" y nadie se lo tragó, pero como no
pudieron acusarla de un desliz, porque la vieron cada domingo de su vida cantando en
el servicio anglicano y su cintura mínima era un desafío a las leyes de la anatomía,
dijeron que el bebé era producto de una relación de él con alguna pindonga y por eso
la estaban criando como hija de familia. Jeremy no se dio el trabajo de salir al encuentro
de los rumores maliciosos. La irracionalidad de los niños lo desconcertaba, pero Eliza se
las arregló para conquistarlo. Aunque no lo admitía, le gustaba verla jugando a sus pies
por las tardes, cuando se sentaba en su poltrona a leer el periódico. No había
demostraciones de afecto entre ambos, él se ponía rígido ante el mero hecho de
estrechar una mano humana, la idea de un contacto más íntimo le producía pánico.
Cuando apareció la recién nacida en casa de los Sommers aquel 15 de marzo, Mama
Fresia, que hacía las veces de cocinera y ama de llaves, opinó que debían desprenderse
de ella.
-Si la propia madre la abandonó, es porque está maldita y más seguro es no tocarla -dijo,
pero nada pudo hacer contra la determinación de su patrona.
Apenas Miss Rose la levantó en brazos, la criatura se echó a llorar a pulmón abierto,
estremeciendo la casa y martirizando los nervios de sus habitantes. Incapaz de hacerla
callar, Miss Rose improvisó una cuna en una gaveta de su cómoda y la cubrió con
cobijas, mientras salía disparada a buscar una nodriza. Pronto regresó con una mujer
conseguida en el mercado, pero no se le ocurrió examinarla de cerca, le bastó ver sus
grandes senos estallando bajo la blusa para contratarla apresuradamente. Resultó ser
una campesina algo retardada, quien entró a la casa con su bebé, un pobre niño tan
mugriento como ella. Debieron remojar al crío largo rato en agua tibia para desprender
la suciedad que llevaba pegada en el trasero y zambullir a la mujer en un cubo de agua
con lejía para quitarle los piojos. Los dos infantes, Eliza y el del aya, se iban en cólicos con
una diarrea biliosa ante la cual el médico de la familia y el boticario alemán resultaron
incompetentes. Vencida por el llanto de los niños, que no era sólo de hambre sino
también de dolor o de tristeza, Miss Rose lloraba también. Por fin al tercer día intervino
Mama Fresia de mala gana.
-¿No ve que la mujer esa tiene los pezones podridos? Compre una cabra para alimentar
a la chiquilla y déle tisana de canela, porque si no se va a despachar antes del viernes -
refunfuñó.
En ese entonces Miss Rose apenas chapuceaba español, pero entendió la palabra
cabra, mandó al cochero a comprar una y despidió a la nodriza. Apenas llegó el animal
la india colocó a Eliza directamente bajo las ubres hinchadas, ante el horror de Miss Rose
quien nunca había visto un espectáculo tan vil, pero la leche tibia y las infusiones de
canela aliviaron pronto la situación; la niña dejó de llorar, durmió siete horas seguidas y
despertó chupando el aire frenética. A los pocos días tenía la expresión plácida de los
bebés sanos y era evidente que estaba subiendo de peso. Miss Rose compró un biberón
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cuando se dio cuenta que si la cabra balaba en el patio, Eliza empezaba a olisquear
buscando el pezón. No quiso ver crecer a la chica con la idea peregrina de que ese
animal era su madre. Esos cólicos fueron de los escasos malestares que soportó Eliza en su
infancia, los demás fueron atajados en los primeros síntomas por las yerbas y conjuros de
Mama Fresia, incluso la feroz peste de sarampión africano llevada por un marinero griego
a Valparaíso. Mientras duró el peligro, Mama Fresia colocaba por las noches un trozo de
carne cruda sobre el ombligo de Eliza y la fajaba apretadamente con un paño de lana
roja, secreto de naturaleza para prevenir el contagio. En los años siguientes Miss Rose
convirtió a Eliza en su juguete. Pasaba horas entretenida enseñándole a cantar y bailar,
recitándole versos que la chiquilla memorizaba sin esfuerzo, trenzándole el pelo y
vistiéndola con primor, pero apenas surgía otra diversión o la atacaba el dolor de
cabeza, la mandaba a la cocina con Mama Fresia. La niña se crió entr e la salita de
costura y los patios traseros, hablando inglés en una parte de la casa y una mezcla de
español y mapuche -la jerga indígena de su nana- en la otra, vestida y calzada como
una duquesa unos días y otros jugando con las gallinas y los perros, d escalza y mal
cubierta por un delantal de huérfana. Miss Rose la presentaba en sus veladas musicales,
la llevaba en coche a tomar chocolate a la mejor pastelería, de compras o a visitar los
barcos en el muelle, pero igual podía pasar varios días distraída escribiendo en sus
misteriosos cuadernos o leyendo una novela, sin pensar para nada en su protegida.
Cuando se acordaba de ella corría arrepentida a buscarla, la cubría de besos, la
atiborraba de golosinas y volvía a ponerle sus atuendos de muñeca para lle varla de
paseo. Se ocupó de darle la más amplia educación posible, sin descuidar los adornos
propios de una señorita. A raíz de una pataleta de Eliza a propósito de ejercicios de
piano, la cogió por un brazo y sin esperar al cochero la llevó a la rastra doce cuadras
cerro abajo a un convento. En el muro de adobe, sobre un grueso portón de roble con
remaches de hierro, se leía en letras desteñidas por el viento salino: Casa de Expósitas.
-Agradece que mi hermano y yo nos hemos hecho cargo de ti. Aquí vienen a parar los
bastardos y los críos abandonados. ¿Es esto lo que quieres?
Muda, la chica negó con la cabeza.
-Entonces más vale que aprendas a tocar el piano como una niña decente. ¿Me has
entendido?
Eliza aprendió a tocar sin talento ni nobleza, pero a fuerza de disciplina consiguió a los
doce años acompañar a Miss Rose durante las veladas musicales. No perdió la destreza,
a pesar de largos períodos sin practicar, y varios años más tarde pudo ganarse el
sustento en un burdel trashumante, finalidad que jamás pasó por la mente de Miss Rose
cuando se empeñaba en enseñarle el sublime arte de la música.
Muchos años después, en una de esas tardes tranquilas tomando té de la China y
conversando con su amigo Tao Chi´en en el jardín delicado que ambos cultivaban, Eliza
concluyó que aquella inglesa errática fue una muy buena madre y le estaba
agradecida por los grandes espacios de libertad interior que le dio. Mama Fresia fue el
segundo pilar de su niñez. Se colgaba de sus anchas faldas negras, la acompañaba en
sus tareas y de paso la volvía loca a preguntas. Así aprendió leyendas y mitos indígenas,
a descifrar los signos de los animales y del mar, a reconocer los hábitos de los espíritus y
los mensajes de los sueños y también a cocinar. Con su olfato infatigable era capaz de
identificar ingredientes, yerbas y especias a ojos cerrados y, tal como memorizaba
poesías, recordaba cómo usarlos. Pronto los complicados platos criollos de Mama Fresia
y la delicada pastelería de Miss Rose perdieron su misterio. Poseía una rara voc ación
culinaria, a los siete años podía sin asco quitar la piel a una lengua de vaca o las tripas a
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una gallina, amasar veinte "empanadas" sin la menor fatiga y pasar horas perdidas
desgranando frijoles, mientras escuchaba boquiabierta las crueles leyendas indígenas de
Mama Fresia y sus coloridas versiones sobre las vidas de los santos.
Rose y su hermano John habían sido inseparables desde niños. Ella se entretenía en
invierno tejiendo chalecos y calcetas para el capitán y él se esmeraba en traerle de
cada viaje maletas repletas de regalos y grandes cajas con libros, varios de los cuales
iban a parar bajo llave al armario de Rose. Jeremy, como dueño de casa y jefe de
familia, tenía facultad para abrir la correspondencia de su hermana, leer su diario
privado y exigir copia de las llaves de sus muebles, pero nunca demostró inclinación por
hacerlo. Jeremy y Rose mantenían una relación doméstica basada en la seriedad, poco
tenían en común, salvo la mutua dependencia que a ratos les parecía una forma
secreta de od io. Jeremy cubría las necesidades de Rose pero no financiaba sus
caprichos ni preguntaba de dónde salía el dinero para sus antojos, asumía que se lo
daba John. A cambio, ella manejaba la casa con eficiencia y estilo, siempre clara en las
cuentas, pero sin molestarlo con detalles mínimos. Poseía un buen gusto certero y una
gracia sin esfuerzo, ponía brillo en la existencia de ambos y con su presencia
contrarrestaba la creencia, muy difundida por esos lados, de que un hombre sin familia
era un desalmado en potencia.
-La naturaleza del varón es salvaje; el destino de la mujer es preservar los valores morales
y la buena conducta -sostenía Jeremy Sommers.
-¡Ay, hermano! Tú y yo sabemos que mi naturaleza es más salvaje que la tuya -se burlaba
Rose.
Jacob Todd, un pelirrojo carismático y con la más hermosa voz de predicador que se
oyera jamás por esos lados, desembarcó en Valparaíso en 1843 con un cargamento de
trescientos ejemplares de la Biblia en español. A nadie le extrañó verlo llegar: era otro
misionero de los muchos que andaban por todas partes predicando la fe protestante. En
su caso, sin embargo, el viaje fue producto de su curiosidad de aventurero y no de fervor
religioso. En una de esas fanfarronadas de hombre vividor con demasiada cerveza en el
cuerpo, apostó en una mesa de juego en su club en Londres que podía vender biblias en
cualquier punto del planeta. Sus amigos le vendaron los ojos, hicieron girar un globo
terráqueo y su dedo cayó en una colonia del Reino de España, perdida en la parte
inferior del mundo, donde ninguno de esos alegres compinches sospechaba que hubiera
vida. Descubrió pronto que el mapa estaba atrasado, la colonia se había independizado
hacía más de treinta años y ahora era la orgullosa República de Chile, un país católico
donde las ideas protestantes no tenían entrada, pero ya la apuesta estaba hecha y él no
estaba dispuesto a echarse atrás. Era soltero, sin lazos afectivos o profesionales y la
extravagancia de semejante viaje lo atrajo de inmediato. Considerando los tres meses
de ida y otros tres de vuelta navegando por dos océanos, el proyecto resultaba de largo
aliento. Vitoreado por sus amigos, quienes le vaticinaron un final trágico en manos de los
papistas de aquel ignoto y bárbaro país, y con el apoyo financiero de la "Sociedad
Bíblica Británica y Extranjera", que le facilitó los libros y le consiguió el pasaje, inició la
larga travesía en barco rumbo al puerto de Valparaíso. El desafío consistía en vender las
biblias y volver en el plazo de un año con un recibo firmado por cada una. En los
archivos de la biblioteca leyó cartas de hombres ilustres, marinos y comerciantes que
habían estado en Chile y describían un pueblo mestizo de poco más de un millón de
almas y una extraña geografía de impresionantes montañas, costas abruptas, valles
fértiles, bosques antiguos y hielos eternos. Tenía la reputación de ser el país más
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intolerante en materia religiosa de todo el continente americano, según aseguraban
quienes lo habían visitado. A pesar de ello, virtuosos misioneros habían intentado difundir
el protestantismo y sin hablar palabra de castellano o de idioma de indios llegaron al sur,
donde la tierra firme se desgranaba en un rosario de islas. Varios murieron de hambre, frío
o, se sospechaba, devorados por sus propios feligreses. En las ciudades no tuvieron mejor
suerte. El sentido de hospitalidad, sagrado para los chilenos, pudo más que la
intolerancia religiosa y por cortesía les permitían predicar, pero les hacían muy poco
caso. Si asistían a las charlas de los escasos pastores protestantes era con la actitud de
quien va a un espectáculo, divertidos ante la peculiaridad de que fuesen herejes. Nada
de eso logró descorazonar a Jacob Todd, porque no iba como misionero, sino como
vendedor de biblias.
En los archivos de la Biblioteca descubrió que desde su independencia en 1810, Chile
había abierto sus puertas a los inmigrantes, que llegaron por centenares y se instalaron
en aquel largo y angosto territorio bañado de cabo a rabo por el océano Pacífico. Los
ingleses hicieron fortuna rápidamente como comerciantes y armadores; muchos llevaron
a sus familias y se quedaron. Formaron una pequeña nación dentro del país, con sus
costumbres, cultos, periódicos, clubes, escuelas y hospitales, pero lo hicieron con tan
buenas maneras, que lejos de producir sospechas eran considerados un ejemplo de
civilidad. Acantonaron su escuadra en Valparaíso para controlar el tráfico marítimo del
Pacífico y así, de un caserío pobretón y sin destino a comienzos de la República, se
convirtió en menos de veinte años en un puerto importante, donde recalaban los veleros
provenientes del Atlántico a través del Cabo de Hornos y más tarde los vapores que
pasaban por el Estrecho de Magallanes.
Fue una sorpresa para el cansado viajero cuando Valparaíso apareció ante sus ojos.
Había más de un centenar de embarcaciones con banderas de medio mundo. Las
montañas de cumbres nevadas parecían tan cercanas que daban la impresión de
emerger directamente de un mar color azul de tinta, del cual emanaba una fragancia
imposible de sirenas. Ja cob Todd ignoró siempre que bajo esa apariencia de paz
profunda había una ciudad completa de veleros españoles hundidos y esqueletos de
patriotas con una piedra de cantera atada a los tobillos, fondeados por los soldados del
Capitán General. El barco echó el ancla en la bahía, entre millares de gaviotas que
alborotaban el aire con sus alas tremendas y sus graznidos de hambre. Innumerables
botes capeaban las olas, algunos cargados con enormes congrios y róbalos aún vivos,
debatiéndose en la desesperación del aire. Valparaíso, le dijeron, era el emporio
comercial del Pacífico, en sus bodegas se almacenaban metales, lana de oveja y de
alpaca, cereales y cueros para los mercados del mundo. Varios botes transportaron los
pasajeros y la carga del velero a tierra f irme. Al descender al muelle entre marineros,
estibadores, pasajeros, burros y carretones, se encontró en una ciudad encajonada en
un anfiteatro de cerros empinados, tan poblada y sucia como muchas de buen nombre
en Europa. Le pareció un disparate arquitectónico de casas de adobe y madera en
calles angostas, que el menor incendio podía convertir en ceniza en pocas horas. Un
coche tirado por dos caballos maltrechos lo condujo con los baúles y cajones de su
equipaje al Hotel Inglés. Pasó frente a edificios bien plantados en torno a una plaza,
varias iglesias más bien toscas y residencias de un piso rodeadas de amplios jardines y
huertos. Calculó unas cien manzanas, pero pronto supo que la ciudad engañaba la
vista, era un dédalo de callejuelas y pasajes. Atisbó a lo lejos un barrio de pescadores
con casuchas expuestas a la ventolera del mar y redes colgando como inmensas
telarañas, más allá fértiles campos plantados de hortalizas y frutales. Circulaban coches
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tan modernos como en Londres, birlochos, fiacres y calesas, también recuas de mulas
escoltadas por niños harapientos y carretas tiradas por bueyes por el centro mismo de la
ciudad. Por las esquinas, frailes y monjas mendigaban la limosna para los pobres entre
levas de perros vagos y gallinas desorientadas. Observó algunas mujeres cargadas de
bolsas y canastos, con sus hijos a la rastra, descalzas pero con mantos negros sobre la
cabeza, y muchos hombres con sombreros cónicos sentados en los umbrales o
charlando en grupos, siempre ociosos.
Una hora después de descender del barco, Jacob Todd se encontraba sentado en el
elegante salón del Hotel Inglés fumando cigarros negros importados de El Cairo y
hojeando una revista británica bastante atrasada de noticias. Suspiró agradecido: por lo
visto no tendría problemas de adaptación y administrando bien su renta podría vivir allí
casi tan cómodamente como en Londres. Esperaba que alguien acudiera a servirlo -al
parecer nadie se daba prisa por esos lados- cuando se acercó John Sommers, el capitán
del velero en que había viajado. Era un hombronazo de pelo oscuro y piel tostada como
cuero de zapato, que hacía alarde de su condición de recio bebedor, mujeriego e
infatigable jugador de naipes y dados. Habían hecho buena amistad y el juego los
mantuvo entretenidos en las noches eternas de navegación en alta mar y en los días
tumultuosos y helados bordeando el Cabo de Hornos al sur del mundo. John Sommers
venía acompañado por un hombre pálido, con una barba bien recortada y vestido de
negro de pies a cabeza, a quien presentó como su hermano Jeremy. Difícil sería
encontrar dos tipos humanos más diferentes. John parecía la imagen misma de salud y
fortaleza, franco, ruidoso y amable, mientras que el otro tenía un aire de espectro
atrapado en un invierno eterno. Era una de esas personas que nunca están del todo
presentes y a quienes resulta difícil recordar, porque carecen de contornos precisos,
concluyó Jacob Todd. Sin esperar invitación ambos se arrimaron a su mesa con la
familiaridad de los compatriotas en tierra ajena. Finalmente apareció una criada y el
capitán John Sommers ordenó una botella de whisky, mientras su hermano pedía té en la
jerigonza inventada por los británicos para entenderse con la servidumbre.
-¿Cómo están las cosas en casa? -inquirió Jeremy. Hablaba en tono bajo, casi en un
murmullo, moviendo apenas los labios y con un acento algo afectado.
-Desde hace trescientos años no pasa nada en Inglaterra -dijo el capitán.
-Disculpe mi curiosidad, Mr. Todd pero lo vi entrar al hotel y no pude dejar de notar su
equipaje. Me pareció que había varias cajas marcadas como biblias... ¿me equivoco? -
preguntó Jeremy Sommers.
-Efectivamente, son biblias.
-Nadie nos avisó que nos mandaban otro pastor...
-¡Navegamos durante tres meses juntos y no me enteré que era usted pastor, Mr. Todd! -
exclamó el capitán.
-En realidad no lo soy -replicó Jacob Todd disimulando el bochorno tras una bocanada
del humo de su cigarro.
-Misionero, entonces. Piensa ir a Tierra del Fuego, supongo. Los indios patagones están
listos para la evangelización. De los araucanos olvídese, hombre, ya los atraparon los
católicos -comentó Jeremy Sommers.
-Debe quedar un puñado de araucanos. Esa gente tiene la manía de dejarse masacrar -
anotó su hermano.
-Eran los indios más salvajes de América, Mr. Todd. La mayoría murió peleando contra los
españoles. Eran caníbales.
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-Cortaban pedazos de los prisioneros vivos: preferían su cena fresca. -Añadió el capitán-.
Lo mismo haríamos usted y yo si alguien nos mata a la familia, nos quema la aldea y nos
roba la tierra.
-Excelente, John, ¡ahora defiendes el canibalismo¡ -replicó su hermano, disgustado-. En
todo caso, Mr. Todd, debo advertirle que no interfiera con los católicos. No debemos
provocar a los nativos. Esta gente es muy supersticiosa.
-Las creencias ajenas son supersticiones, Mr. Todd. Las nuestras se llaman religión. Los
indios de Tierra del Fuego, los patagones, son muy diferentes a los araucanos.
-Igualmente salvajes. Viven desnudos en un clima horrible -dijo Jeremy.
-Lléveles su religión, Mr. Todd, a ver si al menos apre nden a usar calzones -anotó el
capitán.
Todd no había oído mentar a aquellos indios y lo último que deseaba era predicar algo
en lo cual él mismo no creía, pero no se atrevió a confesarles que su viaje era el resultado
de una apuesta de borrachos. Respondi ó vagamente que pensaba armar una
expedición misionera, pero aún debía decidir cómo financiarla.
-Si hubiera sabido que venía a predicar los designios de un dios tiránico entre esas
buenas gentes, lo lanzo por la borda en la mitad del Atlántico, Mr. Todd.
Los interrumpió la criada con el whisky y el té. Era una adolescente frutal enfundada en
un vestido negro con cofia y delantal almidonados. Al inclinarse con la bandeja dejó en
el aire una fragancia perturbadora de flores machacadas y plancha a carbón. Jacob
Todd no había visto mujeres en las últimas semanas y se quedó mirándola con un
retorcijón de soledad. John Sommers esperó que la muchacha se retirara.
-Tenga cuidado, hombre, las chilenas son fatales -dijo.
-No me lo parecen. Son bajas, anchas de caderas y tienen una voz desagradable -dijo
Jeremy Sommers equilibrando su taza de té.
-¡Los marineros desertan de los barcos por ellas¡ -exclamó el capitán!.
-Lo admito, no soy una autoridad en materia de mujeres. No tengo tiempo para eso.
Debo ocuparme de mis negocios y de nuestra hermana, ¿lo has olvidado?
-Ni por un momento, siempre me lo recuerdas. Ve usted. Mr. Todd yo soy la oveja negra
de la familia, un tarambana. Si no fuera por el bueno de Jeremy...
-Esa muchacha parece española -interrumpió Jacob Todd siguiendo con la vista a la
criada, quien en ese momento atendía otra mesa-. Viví dos meses en Madrid y vi muchas
como ella.
-Aquí todos son mestizos, incluso en las clases altas. No lo admiten, por supuesto. La
sangre indígena se esconde como la plaga. No los culpo, los indios tienen fama de
sucios, ebrios y perezosos. El gobierno trata de mejorar la raza trayendo inmigrantes
europeos. En el sur regalan tierras a los colonos.
-Su deporte favorito es matar indios para quitarles las tierras.
-Exageras, John.
-No siempre es necesario eliminarlos a bala, basta con alcoholizarlos. Pero matarlos es
mucho más divertido, claro. En todo caso, los británicos no participamos en ese
pasatiempo, Mr. Todd. No nos interesa la tierra. ¿Para qué plantar papas si podemos
hacer fortuna sin quitarnos los guantes?
-Aquí no faltan oportunidades para un hombre emprendedor. Todo está por hacerse en
este país. Si desea prosperar vaya al norte. Hay plata, cobre, salitre, guano...
-¿Guano?
-Mierda de pájaro -aclaró el marino.
-No entiendo nada de eso, Mr. Sommers.
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-Hacer fortuna no le interesa a Mr. Todd, Jeremy. Lo suyo es la fe cristiana, ¿verdad?
-La colonia protestante es numerosa y próspera, lo ayudará. Venga mañana a mi casa.
Los miércoles mi hermana Rose organiza una tertulia musical y será buena ocasión de
hacer amigos. Mandaré mi coche a recogerlo a las cinco de la tarde. Se divertirá -dijo
Jeremy Sommers, despidiéndose.
Al día siguiente, refrescado por una noche sin sueños y un largo baño para quitarse la
rémora de sal que llevaba pegada en el alma, pero todavía con el paso vacilante por la
costumbre de navegar, Jacob Todd salió a pasear por el puerto. Recorrió sin prisa la
calle principal, paralela al mar y a tan corta distancia de la orilla que lo salpicaban las
olas, bebió unas copas en un café y comió en una fonda del mercado. Había salido de
Inglaterra en un gélido invierno de febrero y después de cruzar un eterno desierto de
agua y estrellas, donde se le embrolló hasta la cuenta de sus pasados amores, llegó al
hemisferio sur a comienzos de otro invierno inmisericorde. Antes de partir no se le ocurrió
averiguar sobre el clima. Imaginó a Chile caliente y húmedo como la India, porque así
creía que eran los países de los pobres, pero se encontró a merced de un viento helado
que le raspaba los huesos y levantaba remolinos de arena y basura. Se perdió varias
veces en calles torcidas, daba vueltas y más vueltas para quedar donde mismo había
comenzado. Subía por callejones torturados por infinitas escaleras y orillados de casas
absurdas colgadas de ninguna parte, procurando discretamente no mirar la intimidad
ajena por las ventanas. Tropezó con plazas románticas de aspecto europeo coronadas
por glorietas, donde bandas militares tocaban música para enamorados, y recorrió
tímidos jardines pisoteados por burros. Soberbios árboles crecían a la orilla de las calles
principales alimentados por aguas fétidas que bajaban de los cerros a tajo abierto. En la
zona comercial era tan evidente la presencia de los británicos, que se respiraba un aire
ilusorio de otras latitudes. Los letreros de varias tiendas estaban en inglés y pasaban sus
compatriotas vestidos como en Londres, con los mismos paraguas negros de sepultureros.
Apenas se alejó de las calles centrales, la pobreza se le vino encima con el impacto de
un bofetón; la gente se veía desnutrida, somnolienta, vio soldados con uniformes raídos y
pordioseros en las puertas de los templos. A las doce del día se echaron a volar al
unísono las campanas de las iglesias y al instante cesó el barullo, los transeúntes se
detuvieron, los hombres se quitaron el sombrero, las pocas mujeres a la vista se
arrodillaron y todos se persignaron. La visión duró doce campanas y enseguida se
reanudó la actividad en la calle como si nada hubiera ocurrido.
:::::::::::
Los ingleses
El coche enviado por Sommers llegó al hotel con media hora de atraso. El conductor
llevaba bastante alcohol entre pecho y espalda, pera Jacob Todd no estaba en
situación de elegir. El hombre lo condujo en dirección al sur. Había llovido durante un par
de horas y las calles se habían vuelto intransitables en algunos trechos, donde los charcos
de agua y lodo disimulaban las trampas fatales de agujeros capaces de tragarse un
caballo distraído. A los costados de la calle aguardaban niños con parejas de bueyes,
preparados para rescatar los coches empantanados a cambio de una moneda, pero a
pesar de su miopía de ebrio el conductor consiguió eludir los baches y pronto
comenzaron a ascender una colina. Al llegar a Cerro Alegre, donde vivía la mayor parte
de la colonia extranjera, el aspecto de la ciudad daba un vuelco y desaparecían las
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casuchas y conventillos de más abajo. El coche se detuvo ante una quinta de amplias
proporciones, pero de atormentado aspecto, un engendro de torreones pretenciosos y
escaleras inútiles, plantada entre los desniveles del terreno y alumbrada con tantas
antorchas, que la noche había retrocedido. Salió a abrir la puerta un criado indígena
con un traje de librea que le quedaba grande, recibió su abrigo y sombrero y lo condujo
a una sala espaciosa, decorada con muebles de buena factura y cortinajes algo
teatrales de terciopelo verde, recargada de adornos, sin un centímetro en blanco para
descanso de la vista. Supuso que en Chile, como en Europa, una pared desnuda se
consideraba signo de pobreza y salió del error mucho después, cuando visitó las sobrias
casas de los chilenos. Los cuadros colgaban inclinados para apreciarlos desde abajo y la
vista se perdía en la penumbra de los techos altos. La gran chimenea encendida con
gruesos leños y varios braceros con carbón repartían un calor disparejo que dejaba los
pies helados y la cabeza afiebrada. Había algo más de una docena de personas
vestidas a la moda europea y varias criadas de uniforme circulando bandejas. Jeremy y
John Sommers se adelantaron a saludarlo.
-Le presento a mi hermana Rose -dijo Jeremy conduciéndolo hacia el fondo del salón.
Y entonces Jacob Todd vio sentada a la derecha de la chimenea a la mujer que le
arruinaría la paz del alma. Rose Sommers lo deslumbró al instante, no tanto por bonita
como por segura de sí misma y alegre. Nada tenía de la grosera exuberancia del
capitán ni de la fastidiosa solemnidad de su hermano Jeremy, era una mujer de
expresión chispeante como si estuviera siempre lista para estallar en una risa coqueta.
Cuando lo hacía, una red de finas arrugas aparecía alrededor de sus ojos y por alguna
razón eso fue lo que más atrajo a Jacob Todd. No supo calcular su edad, entre veinte y
treinta tal vez, pero supuso que dentro de diez años se vería igual, porque tenía buenos
huesos y porte de reina. Lucía un vestido de tafetán color durazno e iba sin adornos,
salvo sencillos pendientes de coral en las orejas. La cortesía más elemental indicaba que
se limitara a sugerir el gesto de besar su mano, sin tocarla con los labios, pero se le turbó
el entendimiento y sin saber cómo le plantó un beso. Tan inapropiado resultó aquel
saludo, que durante una pausa eterna se quedaron suspendidos en la incertidumbre, él
sujetando su mano como quien agarra una espada y ella mirando el rastro de saliva sin
atreverse a limpiarlo para no ofender a la visita, hasta que interrumpió una chica vestida
como una princesa. Entonces Todd despertó de la zozobra y al enderezarse alcanzó a
percibir cierto gesto de burla que intercambiaron los hermanos Sommers. Procurando
disimular, se volvió hacia la niña con una atención exagerada, dispuesto a conquistarla.
-Ésta es Eliza, nuestra protegida -dijo Jeremy Sommers.
Jacob Todd cometió la segunda torpeza.
-¿Cómo es eso, protegida? -preguntó.
-Quiere decir que no soy de esta familia -explicó Eliza pacientemente, en el tono de
quien le habla a un tonto.
-¿No?
-Si me porto mal me mandan donde las monjas papistas.
-¡Qué dices, Eliza¡ No le haga caso, Mr. Todd. A los niños se les ocurren cosas raras. Por
supuesto que Eliza es de nuestra familia -interrumpió Miss Rose, poniéndose de pie.
Eliza había pasado el día con Mama Fresia preparando la cena. La cocina quedaba en
el patio, pero Miss Rose la hizo unir a la casa mediante un cobertizo para evitar e l
bochorno de servir los platos fríos o salpicados de paloma. Ese cuarto renegrido por la
grasa y el hollín del fogón era el reino indiscutible de Mama Fresia Gatos, perros, gansos y
gallinas paseaban a su antojo por el piso de ladrillos rústicos sin encerar; allí rumiaba todo
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el invierno la cabra que amamantó a Eliza, ya muy anciana, que nadie se atrevió a
sacrificar, porque habría sido como asesinar a una madre. A la niña le gustaba el aroma
del pan crudo en los moldes cuando la levadura realizaba entre suspiros el misterioso
proceso de esponjar la masa; el del azúcar de caramelo batida para decorar tortas; el
del chocolate en peñascos deshaciéndose en la leche. Los miércoles de tertulia las
mucamas -dos adolescentes indígenas, que vivían en la casa y trab ajaban por la
comida- pulían la plata, planchaban los manteles y sacaban brillo a los cristales. A
mediodía mandaban al cochero a la pastelería a comprar dulces preparados con
recetas celosamente guardadas desde los tiempos de la Colonia. Mama Fresia
aprovechaba para colgar de un arnés de los caballos una bolsa de cuero con leche
fresca, que en el trote de ida y vuelta se convertía en mantequilla.
A las tres de la tarde Miss Rose llamaba a Eliza a su aposento, donde el cochero y el valet
instalaban una bañera de bronce con patas de león, que las mucamas forraban con
una sábana y llenaban de agua caliente perfumada con hojas de menta y romero. Rose
y Eliza chapoteaban en el baño como criaturas hasta que se enfriaba el agua y
regresaban las criadas con los bra zos cargados de ropa para ayudarlas a ponerse
medias y botines, calzones hasta media pierna, camisa de batista, luego un refajo con
relleno en las caderas para acentuar la esbeltez de la cintura, enseguida tres enaguas
almidonadas y por fin el vestido, que las cubría enteramente, dejando al aire sólo la
cabeza y las manos. Miss Rose usaba además un corsé tieso mediante huesos ballena y
tan apretado que no podía respirar a fondo ni levantar los brazos por encima de los
hombros; tampoco podía vestirse sola ni doblarse porque se quebraban las ballenas y se
le clavaban como agujas en el cuerpo. Ése era el único baño de la semana, una
ceremonia sólo comparable a la de lavarse los cabellos el sábado, que cualquier
pretexto podía cancelar, porque se consideraba peligroso para la salud. Durante la
semana Miss Rose usaba jabón con cautela, prefería friccionarse con una esponja
empapada en leche y refrescarse con "eau de toilette" perfumada a la vainilla, como
había oído que estaba de moda en Francia desde los tiempos de Madame Pompadour;
Eliza podía reconocerla a ojos cerrados en medio de una multitud por su peculiar
fragancia a postre. Pasados los treinta años mantenía esa piel transparente y frágil de
algunas jóvenes inglesas antes de que la luz del mundo y la propia arrogancia la vuelvan
pergamino. Cuidaba su apariencia con agua de rosas y limón para aclarar la piel, miel
de hamamelis para suavizarla, camomilla para dar luz al cabello y una colección de
exóticos bálsamos y lociones traídos por su hermano John del Lej ano Oriente, donde
estaban las mujeres más hermosas del universo, según decía. Inventaba vestidos
inspirados en las revistas de Londres y los hacía ella misma en su salita de costura; a
punta de intuición e ingenio modificaba su vestuario con las mismas ci ntas, flores y
plumas que servían por años sin verse añejas. No usaba, como las chilenas, un manto
negro para cubrirse cuando salía, costumbre que le parecía una aberración, prefería sus
capas cortas y su colección de sombreros, a pesar de que en la calle solían mirarla
como si fuera una cortesana.
Encantada de ver un rostro nuevo en la reunión semanal, Miss Rose perdonó el beso
impertinente de Jacob Todd y tomándolo del brazo, lo condujo a una mesa redonda
situada en un rincón de la sala. Le dio a escoger entre varios licores, insistiendo que
probara su "mistela", un extraño brebaje de canela, aguardiente y azúcar que él fue
incapaz de tragar y lo vació disimuladamente en un macetero. Luego le presentó a la
concurrencia: Mr. Appelgren, fabricante de muebles, acompañado por su hija, una
joven descolorida y tímida; Madame Colbert, directora de un colegio inglés para niñas;
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Mr. Ebeling dueño de la mejor tienda de sombreros para caballeros y su esposa, quien se
abalanzó sobre Todd pidiéndole noticias de la familia real inglesa como si se tratara de
sus parientes. También conoció a los cirujanos Page y Poett.
-Los doctores operan con cloroformo -aclaró admirada Miss Rose.
-Aquí todavía es una novedad, pero en Europa ha revolucionado la práctica de la
medicina -explicó uno de los cirujanos.
-Entiendo que en Inglaterra se emplea regularmente en obstetricia. ¿No lo usó la reina
Victoria? -añadió Todd por decir algo, puesto que nada sabía del tema.
-Aquí hay mucha oposición de los católicos para eso. La maldición bíblica sobre la mujer
es parir con dolor, Mr. Todd.
-¿No les parece injusto, señores? La maldición del hombre es trabajar con el sudor de su
frente, pero en este salón, sin ir más lejos, los caballeros se ganan la vida con el sudor
ajeno -replicó Miss Rose sonrojándose violentamente.
Los cirujanos sonrieron incómodos, pero Todd la observó cautivado. Hubiera
permanecido a su lado la noche entera, a pesar de que lo correcto en una tertulia de
Londres, según recordaba Jacob Todd era partir a la media hora. Se dio cuenta que en
esa reunión la gente parecía dispuesta a quedarse y supuso que el círculo social debía
ser muy limitado y tal vez la única reunión semanal era la de los Sommers. Estaba en esas
dudas cuando Miss Rose anunció la entretención musical. Las criad as trajeron más
candelabros, iluminando la sala de día claro, colocaron sillas en torno a un piano, una
vihuela y un arpa, las mujeres se sentaron en semicírculo y los hombres se colocaron atrás
de pie. Un caballero mofletudo se instaló al piano y de sus manos de matarife brotó una
melodía encantadora, mientras la hija del fabricante de muebles interpretaba una
antigua balada escocesa con una voz tan exquisita, que Todd olvidó por completo su
aspecto de ratón asustado. La directora de la escuela para niñas recitó un heroico
poema, innecesariamente largo; Rose cantó un par de canciones pícaras a dúo con su
hermano John, a pesar de la evidente desaprobación de Jeremy Sommers, y luego
exigió a Jacob Todd que los regalara con algo de su repertorio. Eso dio oportunidad al
visitante de lucir su buena voz.
-¡Usted es un verdadero hallazgo, Mr. Todd¡ No lo soltaremos. ¡Está usted condenado a
venir todos los miércoles¡ -exclamó ella cuando cesó el aplauso, sin hacer caso de la
expresión embobada con que la observaba el visitante.
Todd sentía los dientes pegados de azúcar y la cabeza le daba vueltas, no sabía si sólo
de admiración por Rose Sommers o también a causa de los licores ingeridos y del
potente cigarro cubano fumado en compañía del capitán Sommers. En esa casa no se
podía rechazar un vaso o un plato sin ofender; pronto descubriría que ésa era una
característica nacional en Chile, donde la hospitalidad se manifestaba obligando a los
invitados a beber y comer más allá de toda resistencia humana. A las nueve anunciaron
la cena y pasaron en procesión al comedor, donde los aguardaba otra serie de
contundentes platos y nuevos postres. Cerca de medianoche las mujeres se levantaron
de la mesa y continuaron conversando en el salón, mientras los hombres tomaban
brandy y fumaban en el comedor. Por fin, cuando Todd estaba a punto de desmayarse,
los invitados comenzaron a pedir sus abrigos y sus coches. Los Ebeling, vivamente
interesados en la supuesta misión evangelizadora en Tierra del Fuego, ofrecieron llevarlo
a su hotel y él aceptó de inmediato, asustado ante la idea de regresar en plena
oscuridad por esas calles de pesadilla con el cochero ebrio de los Sommers. El viaje le
pareció eterno, se sentía incapaz de concentrarse en la conversación, iba mareado y
con el estómago revuelto.
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-Mi esposa nació en África, es hija de misioneros que allí difunden la verdadera fe;
sabemos cuántos sacrificios eso significa, Mr. Todd. Esperamos que nos otorgue el
privilegio de ayudarlo en su noble tarea entre los indígenas -dijo Mr. Ebeling solemne al
despedirse.
Esa noche Jacob Todd no pudo dormir, la visión de Rose Sommers lo aguijoneaba con
crueldad y antes del amanecer tomó la decisión de cortejarla en serio. Nada sabía de
ella, pero no le importaba, tal vez su destino era perder una apuesta y llegar hasta Chile
sólo para conocer a su futura esposa. Lo habría hecho a partir del día siguiente, pero no
pudo levantarse de la cama, atacado por cólicos violentos. Así estuvo un día y una
noche, inconsciente a ratos y agonizando en otros, hasta que logró reunir fuerzas para
asomarse a la puerta y clamar por ayuda. A petición suya, el gerente del hotel mandó
avisar a los Sommers, sus únicos conocidos en la ciudad, y llamó un mozo para limpiar la
habitación, que olía a muladar. Jeremy Sommers se pr esentó al hotel a mediodía
acompañado por el sangrador más conocido de Valparaíso, quien resultó poseer ciertos
conocimientos de inglés y, después de sangrarlo en piernas y brazos hasta dejarlo
exangüe, le explicó que todos los extranjeros al pisar Chile p or primera vez se
enfermaban.
-No hay razón para alarmarse, que yo sepa, son muy pocos los que se mueren -lo
tranquilizó.
Le dio a tomar quinina en unas obleas de papel de arroz, pero él no pudo tragarlas,
doblado por las náuseas. Había estado en la India y conocía los síntomas de la malaria y
otras enfermedades tropicales tratables con quinina, pero este mal no se parecía ni
remotamente. Apenas partió el sangrador volvió el mozo a llevarse los trapos y lavar el
cuarto nuevamente. Jeremy Sommers había dejado los datos de los doctores Page y
Poett, pero no hubo tiempo de llamarlos porque dos horas más tarde apareció en el
hotel una mujerona que exigió ver al enfermo. Traía de la mano a una niña vestida de
terciopelo azul, con botines blancos y un bonete bordado de flores, como una figura de
cuentos. Eran Mama Fresia y Eliza, enviadas por Rose Sommers, quien tenía muy poca fe
en las sangrías. Las dos irrumpieron en la habitación con tal seguridad, que el debilitado
Jacob Todd no se atrevió a protestar. La primera venía en calidad de curandera y la
segunda de traductora.
-Dice mi mamita que le va a quitar el pijama. Yo no voy a mirar -explicó la niña y se
volteó contra la pared mientras la india lo desnudaba de dos zarpazos y procedía a
friccionarlo entero con aguardiente.
Pusieron en su cama ladrillos calientes, lo envolvieron en mantas y le dieron a beber a
cucharaditas una infusión de yerbas amargas endulzada con miel para apaciguar los
dolores de la indigestión.
-Ahora mi mamita va a "romancear" la enfermedad -dijo la niña.
-¿Qué es eso?
-No se asuste, no duele.
Mama Fresia cerró los ojos y empezó a pasarle las manos por el torso y la barriga mientras
susurraba encantamientos en lengua mapuche. Jacob Todd sintió que lo invadía una
modorra insoportable, antes que la mujer terminara dormía profundamente y no supo
cuando sus dos enfermeras desaparecieron. Durmió dieciocho horas y despertó bañado
en sudor. A la mañana siguiente Mama Fresia y Eliza regresaron para administrarle otra
vigorosa fricción y un tazón de caldo de gallina.
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-Dice mi mamita que nunca más beba agua. Sólo tome té bien caliente y que no coma
fruta, porque le volverán las ganas de morirse -tradujo la chiquilla.
A la semana, cuando pudo ponerse en pie y se miró al espejo, comprendió que no
podía presentarse con ese aspecto ante Miss Rose: había perdido varios kilos, estaba
demacrado y no podía dar dos pasos sin caer jadeando sobre una silla. Cuando estuvo
en condiciones de mandarle una nota para agradecer que le salvara la vida y
chocolates para Mama Fresia y Eliza, supo que la joven había partido con una amiga y
su mucama a Santiago en un viaje arriesgado, dadas las malas condiciones del camino
y del clima. Miss Rose hacía el trayecto de treinta y cuatro leguas una vez al año, siempre
a comienzos del otoño o en plena primavera, para ver teatro, escuchar buena música y
hacer sus compras anuales en el "Gran Almacén Japonés", perfumado a jazmín e
iluminado con lámparas a gas con globos de vidrio rosado, donde adquiría las bagatelas
difíciles de conseguir en el puerto. Esta vez, sin embargo, había una buena razón para ir
en invierno: posaría para un retrato. Había llegado al país el célebre pintor francés
Monvoisin, invitado por el gobierno para hacer escuela entre los artistas nacionales. El
maestro sólo pintaba la cabeza, el resto era obra de sus ayudantes y para ganar tiempo
hasta los encajes se aplicaban directamente sobre la tela, pero a pesar de esos recursos
truhanes, nada daba tanto prestigio como un retrato firmado por él. Jeremy Sommers
insistió en tener uno de su hermana para presidir el salón. El cuadro costaba seis onzas de
oro y una más por cada mano, pero no se trataba de ahorrar en un caso así. La
oportunidad de tener una obra auténtica del gran Monvoisin no se presentaba dos
veces en la vida, como decían sus clientes.
-Si el gasto no es problema, quiero que me pinte con tres manos. Será su cuadro más
famoso y acabará colgado en un museo, en vez de hacerlo sobre nuestra chimenea -
comentó Miss Rose.
Ése fue el año de las inundaciones, que quedaron registradas en los textos escolares y en
la memoria de los abuelos. El diluvio arrasó con centenares de viviendas y cuando
finalmente amainó el temporal y empezaron a bajar las aguas, una serie de temblores
menores, que se sintieron como un hachazo d e Dios, acabaron de destruir lo
reblandecido por el aguacero. Rufianes recorrían los escombros y aprovechaban la
confusión para robar en las casas y los soldados recibieron instrucciones de ejecutar sin
miramientos a quienes sorprendieran en tales tropelía s, pero entusiasmados con la
crueldad, empezaron a repartir sablazos por el gusto de oír los lamentos y se debió
revocar la orden antes que acabaran también con los inocentes. Jacob Todd,
encerrado en el hotel cuidándose un resfrío y todavía débil por la semana de cólicos,
pasaba las horas desesperado por el incesante ruido de campanas de las iglesias
llamando a penitencia, leyendo periódicos atrasados y buscando compañía para jugar
naipes. Hizo una salida a la botica en busca de un tónico para fortalecer el estómago,
pero la tienda resultó ser un sucucho caótico, atestado de polvorientos frascos de vidrio
azules y verdes, donde un dependiente alemán le ofreció aceite de alacranes y espíritu
de lombrices. Por primera vez lamentó encontrarse tan lejos de Londres.
Por las noches apenas lograba dormir debido a las parrandas y riñas de borrachos y a los
entierros, que se realizaban entre las doce y las tres de la madrugada. El flamante
cementerio quedaba en lo alto de un cerro, asomado encima de la ciudad. Con el
temporal se abrieron huecos y rodaron tumbas por las laderas en una confusión de
huesos que emparejó a todos los difuntos en la misma indignidad. Muchos comentaban
que mejor estaban los muertos diez años antes, cuando la gente pudiente se enterraba
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en las iglesias, los pobres en las quebradas y los extranjeros en la playa. Éste es un país
estrafalario, concluyó Todd, con un pañuelo atado en la cara porque el viento
acarreaba el tufo nauseabundo de la desgracia, que las autoridades combatieron con
grandes hogueras de eucalipto. Apenas se sintió mejor se asomó a ver las procesiones.
En general no llamaban la atención, porque cada año se repetían iguales durante los
siete días de la Semana Santa y en otras fiestas religiosas, pero en esa ocasión se
convirtieron en actos masivos para clamar al cielo el fin del temporal. Salían de las
iglesias largas filas de fieles, encabezadas por cofradías de caballeros vestidos de negro,
cargando en parihuelas las estatuas de los santos con espléndidos trajes bordados de
oro y piedras preciosas. Una columna cargaba un Cristo clavado en la cruz con su
corona de espinas en torno al cuello. Le explicaron que se trataba del Cristo de Mayo,
traído especialmente de Santiago para la ocasión, porque era la imagen más milagrosa
del mundo, única capaz de modificar el clima. Doscientos años antes, un pavoroso
terremoto echó por tierra la capital y se desplomó enteramente la iglesia de San Agustín,
menos el altar donde se encontraba aquel Cristo. La corona se deslizó de la cabeza al
cuello, donde aún permanecía, porque cada vez que intentaban ponerla en su lugar,
volvía a temblar. Las procesiones reunían innumerables frailes y monjas, beatas exangües
de tanto ayuno, pueblo humilde rezando y cantando a grito herido, penitentes con
burdos sayos y flagelantes azotándose las espaldas desnudas con disciplinas de cuero
terminadas en filudas rosetas metálicas. Algunos caían desmayados y eran atendidos por
mujeres que les limpiaban las carnes abiertas y les daban refrescos, pero apenas se
recuperaban los empujaban de vuelta a la procesión. Pasaban filas de indios
martirizándose con fervor demente y bandas de músicos tocando himnos religiosos. El
rumor de rezos plañideros parecía un torrente de agua brava y el aire húmedo hedía a
incienso y sudor. Había procesiones de aristócratas vestidos con lujo, pero de oscuro y sin
joyas, y otras de populacho descalzo y en harapos, que se cruzaban en la misma plaza
sin tocarse ni confundirse. A medida que avanzaban aumentaba el clamor y las muestras
de piedad se volvían más intensas; los fieles aullaban clamando perdón por sus pecados,
seguros que el mal tiempo era el castigo divino por sus faltas. Los arrepentidos acudían
en masa, las iglesias no daban abasto y se instalaron hileras de sacerdotes bajo
tenderetes y paraguas para atender las confesiones. Al inglés el espectáculo le resultó
fascinante, en ninguno de sus viajes había presenciado nada tan exótico ni tan tétrico.
Acostumbrado a la sobriedad protestante, le parecía haber retrocedido a plena Edad
Media; sus amigos en Londres jamás le creerían. Aun a prudente distancia podía percibir
el temblor de bestia primitiva y sufriente que recorría en oleadas a la masa humana. Se
encaramó con esfuerzo sobre la base de un monumento en la plazuela, frente a la
Iglesia de la Matriz, donde podía obtener una visión panorámica de la muchedumbre.
De pronto sintió que lo tironeaban de los pantalones, bajó la vista y vio a una niña
asustada, con un manto sobre la cabeza y la cara manchada de sangre y lágrimas. Se
apartó bruscamente, pero ya era tarde, le había ensuciado los pantalones. Lanzó un
juramento y trató de echarla con gestos, ya que no pudo recordar las palabras
adecuadas para hacerlo en español, pero se llevó una sorpresa cuando ella replicó en
perfecto inglés que estaba perdida y acaso él podía llevarla a su casa. Entonces la miró
mejor.
-Soy Eliza Sommers. ¿Se acuerda de mí? -murmuró la niña.
Aprovechando que Miss Rose estaba en Santiago posando para el retrato y Jeremy
Sommers escasamente aparecía por la casa en esos días, porque se habían inundado
las bodegas de su oficina, había discurrido ir a la procesión y tanto molestó a Mama
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Fresia, que la mujer acabó por ceder. Sus patrones le habían prohibido mencionar ritos
católicos o de indios delante de la niña y mucho menos exponerla a que los viera, pero
también ella moría de ganas de ver al Cristo de Mayo al menos una vez en su vida. Los
hermanos Sommers no se enterarían nunca, concluyó. De modo que las dos salieron
calladamente de la casa, bajaron el cerro a pie, se montaron en una carreta que las
dejó cerca de la plaza y se unieron a una columna de indios penitentes. Todo habría
resultado de acuerdo a lo planeado si en el tumulto y el fervor de ese día, Eliza no se
hubiera soltado de la mano de Mama Fresia, quien contagiada por la histeria colectiva
no se dio cuenta. Empezó a gritar, pero su voz se perdió en el clamor de los rezos y de los
tristes tambores de las cofradías. Echó a correr buscando a su nana, pero todas las
mujeres parecían idénticas bajo los mantos oscur os y sus pies resbalaban en el
empedrado cubierto de lodo, de cera de velas y sangre. Pronto las diversas columnas se
juntaron en una sola muchedumbre que se arrastraba como animal herido, mientras
repicaban enloquecidas las campanas y sonaban las sirenas de los barcos en el puerto.
No supo cuánto rato estuvo paralizada de terror, hasta que poco a poco las ideas
empezaron a aclararse en su mente. Entretanto la procesión se había calmado, todo el
mundo estaba de rodillas y en un estrado frente a la iglesia e l obispo en persona
celebraba una misa cantada. Eliza pensó encaminarse hacia Cerro Alegre, pero temió
que la sorprendiera la oscuridad antes de dar con su casa, nunca había salido sola y no
sabía orientarse. Decidió no moverse hasta que se dispersara la turba, tal vez entonces
Mama Fresia la encontraría. En eso sus ojos tropezaron con un pelirrojo alto colgado del
monumento de la plaza y reconoció al enfermo que había cuidado con su nana. Sin
vacilar se abrió camino hasta él.
-¡Qué haces aquí¡ ¿Estás herida? -exclamó el hombre.
-Estoy perdida; ¿puede llevarme a mi casa?
Jacob Todd le limpió la cara con su pañuelo y la revisó brevemente, comprobando que
no tenía daño visible. Concluyó que la sangre debía ser de los flagelantes.
-Te llevaré a la oficina de Mr. Sommers.
Pero ella le rogó que no lo hiciera, porque si su protector se enteraba que había estado
en la procesión, despediría a Mama Fresia. Todd salió en busca de un coche de alquiler,
nada fácil de encontrar en esos momentos, mientras la niña caminaba callada y sin
soltarle la mano. El inglés sintió por primera vez en su vida un estremecimiento de ternura
ante esa mano pequeña y tibia aferrada a la suya. De vez en cuando la miraba con
disimulo, conmovido por ese rostro infantil de ojos negros almendrados. Por fin dieron con
un carretón tirado por dos mulas y el conductor aceptó llevarlos cerro arriba por el doble
de la tarifa acostumbrada. Hicieron el viaje en silencio y una hora más tarde Todd
dejaba a Eliza frente a su casa. Ella se despidió dándole las gracias, pero sin invitarlo a
entrar. La vio alejarse, pequeña y frágil, cubierta hasta los pies por el manto negro. De
pronto la niña dio media vuelta, corrió hacia él, le echó los brazos al cuello y le plantó un
beso en la mejilla. Gracias, dijo, una vez más. Jacob Todd regresó a su hotel en el mismo
carretón. De vez en cuando se tocaba la mejilla, sorprendido por ese sentimiento dulce y
triste que la chica le inspiraba.
Las procesiones sirvieron para aumentar el arrepentimiento colectivo y también, como
pudo comprobarlo el mismo Jacob Todd, para atajar las lluvias, justificando una vez más
la espléndida reputación del Cristo de Mayo. En menos de cuarenta y ocho horas se
despejó el cielo y asomó un sol tímido, poniendo una nota optimista en el concierto de
desdichas de esos días. Por culpa de los temporales y las epidemias pasaron en total
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nueve semanas antes que se reanudaran las tertulias de los miércoles en casa de los
Sommers y varias más antes que Jacob Todd se atreviera a insinuar sus sentimientos
románticos a Miss Rose. Cuando por fin lo hizo, ella fingió no haberlo oído, pero ante su
insistencia salió con una respuesta apabullante.
-Lo único bueno de casarse es enviudar -dijo.
-Un marido, por tonto que sea, siempre viste -replicó él, sin perder el buen humor.
-No es mi caso. Un marido sería un estorbo y no podría darme nada que ya no tenga.
-¿Hijos, tal vez?
-Pero ¿cuántos años cree usted que tengo, Mr. Todd?
-¡No más de diecisiete¡
-No se burle. Por suerte tengo a Eliza.
-Soy testarudo, Miss Rose, nunca me doy por vencido.
-Se lo agradezco, Mr. Todd. No es un marido lo que viste, sino muchos pretendientes.
En todo caso, Rose fue la razón por la cual Jacob Todd se quedó en Chile mucho más
de los tres meses designados para vender sus biblias. Los Sommers fueron el contacto
social perfecto, gracias a ellos se le abrieron de par en par las puertas de la próspera
colonia extranjera, dispuesta a ayudarlo en la supuesta misión religiosa en Tierra del
Fuego. Se propuso aprender sobre los indios patagones, pero después de echar una
mirada somnolienta a unos libracos en la biblioteca, comprendió que daba lo mismo
saber o no saber, porque la ignorancia al respecto era colectiva. Bastaba decir aquello
que la gente deseaba oír y para eso él contaba con su lengua de oro. Para colocar el
cargamento de biblias entre potenciales clientes chilenos debió mejorar su precario
español. Con los dos meses vividos en España y su buen oído, logró aprender más rápido
y mejor que muchos británicos llegados al país veinte años antes. Al comienzo disimuló
sus ideas políticas demasiado liberales, pero notó que en cada reunión social lo
acosaban a preguntas y siempre lo rodeaba un grupo de asombrados oyentes. Sus
discursos abolicionistas, igualitarios y democráticos sacudían la modorra de aquellas
buenas gentes, daban motivo para eternas discusiones entre los hombres y horrorizadas
exclamaciones entre las damas maduras, pero atraían irremediablemente a las más
jóvenes. La opinión general lo catalogaba de chiflado y sus incendiarias ideas resultaban
divertidas, en cambio sus burlas a la familia real británica cayeron pésimo entre los
miembros de la colonia inglesa, para quienes la reina Victoria, como Dios y el Imperio,
era intocable. Su renta modesta, pero no despreciable, le permitía vivir con cierta
holgura sin haber trabajado jamás en serio, eso lo colocaba en la categoría de los
caballeros. Apenas descubrieron que estaba libre de ataduras, no faltaron muchachas
en edad de casarse esmeradas en atraparlo, pero después de conocer a Rose Sommers,
él no tenía ojos para otras. Se preguntó mil veces por qué la joven permanecía soltera y
la única respuesta que se le ocurrió a aquel agnóstico racionalista fue que el cielo se la
tenía destinada.
-¿Hasta cuándo me atormenta, Miss Rose? ¿No teme que me burra de perseguirla? -
bromeaba con ella.
-No se aburrirá, Mr. Todd. Perseguir al gato es mucho más divertido que atraparlo -
replicaba ella.
La elocuencia del falso misionero fue una novedad en aquel ambiente y tan pronto se
supo que había estudiado a conciencia las Sagradas Escrituras, le ofrecieron la palabra.
Existía un pequeño templo anglicano, mal visto por la autoridad católica, pero la
comunidad protestante se juntaba también en casas particulares. "¿Dónde se ha visto
una iglesia sin vírgenes y diablos? Los gringos son todos herejes, no creen en el Papa, no
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saben rezar, se lo pasan cantando y ni siquiera comulgan", mascullaba Mama Fresia
escandalizada cuando tocaba el turno de realizar el servicio dominical en casa de los
Sommers. Todd se preparó para leer brevemente sobre la salida de los judíos de Egipto y
enseguida referirse a la situación de los inmigrantes que, como los judíos bíblicos, debían
adaptarse en tierra extraña, pero Jeremy Sommers lo presentó a la concurrencia como
misionero y le pidió que hablara de los indios en Tierra del Fuego. Jacob Todd no sabía
ubicar la región ni por qué tenía ese nombre sugerente, pero logró conmover a los
oyentes hasta las lágrimas con la historia de tres salvajes cazados por un capitán inglés
para llevarlos a Inglaterra. En menos de tres años esos infelices, que vivían desnudos en el
frío glacial y solían cometer actos de canibalismo, dijo, andaban vestidos con
propiedad, se habían transformado en buenos cristianos y aprendido costumbres
civilizadas, incluso toleraban la comida inglesa. No aclaró, sin embargo, que apenas
fueron repatriados volvieron de inmediato a sus antiguos hábitos, como si jamás hubieran
sido tocados por Inglaterra o la palabra de Jesús. Por sugerencia de Jeremy Sommers se
organizó allí mismo una colecta para la empresa de divulgación de la fe, con tan
buenos resultados que al día siguiente Jacob Todd pudo abrir una cuenta en la sucursal
del Banco de Londres en Valparaíso. La cuenta se alimentaba semanalmente con las
contribuciones de los protestantes y crecía a pesar de los giros frecuentes de Todd para
financiar sus propios gastos, cuando su renta no alcanzaba a cubrirlos. Mientras más
dinero entraba, más se multiplicaban los obstáculos y pretextos para postergar la misión
evangelizadora. Así transcurrieron dos años.
Jacob Todd llegó a sentirse tan cómodo en Valparaíso como si hubiera nacido allí.
Chilenos e ingleses tenían varios rasgos de carácter en común: todo lo resolvían con
síndicos y abogados; sentían un apego absurdo por la tradición, los símbolos patrios y las
rutinas; se jactaban de individualistas y enemigos de la ostentación, que despreciaban
como un signo de arribismo social; parecían amables y controlados, pero eran capaces
de gran crueldad. Sin embargo, a diferencia de los ingleses, los chilenos sentían horror de
la excentricidad y nada temían tanto como hacer el ridículo. Si hablara correcto
castellano, pensó Jacob Todd estaría como en mi casa. Se había instalado en la pensión
de una viuda inglesa que amparaba gatos y horneaba las más célebres tartas del
puerto. Dormía con cuatro felinos sobre la cama, mejor acompañado de lo que nunca
antes estuvo, y desayunaba a diario con las tentadoras tartas de su anfitriona. Se
conectó con chilenos de todas clases, desde los más hu mildes, que conocía en sus
andanzas por los barrios bajos del puerto, hasta los más empingorotados. Jeremy
Sommers lo presentó en el "Club de la Unión", donde fue aceptado como miembro
invitado. Sólo los extranjeros de reconocida importancia social podían vanagloriarse de
tal privilegio, pues se trataba de un enclave de terratenientes y políticos conservadores,
donde se medía el valor de los socios por el apellido. Se le abrieron las puertas gracias a
su habilidad con barajas y dados; perdía con tanta gracia, que pocos se daban cuenta
de lo mucho que ganaba. Allí se hizo amigo de Agustín del Valle, dueño de tierras
agrícolas en esa zona y rebaños de ovejas en el sur, donde jamás había puesto los pies,
porque para eso contaba con capataces traídos de Escocia. Esa nueva amistad le dio
ocasión de visitar las austeras mansiones de familias aristocráticas chilenas, edificios
cuadrados y oscuros de grandes piezas casi vacías, decoradas sin refinamiento, con
muebles pesados, candelabros fúnebres y una corte de crucifijos sangrantes, vírgenes de
yeso y santos vestidos como antiguos nobles españoles. Eran casas volcadas hacia
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adentro, cerradas a la calle, con altas rejas de hierro, incómodas y toscas, pero provistas
de frescos corredores y patios internos sembrados de jazmines, naranjos y rosales.
Al despuntar la primavera Agustín del Valle invitó a los Sommers y a Jacob Todd a uno de
sus fundos. El camino resultó una pesadilla; un jinete podía hacerlo a caballo en cuatro o
cinco horas, pero la caravana con la familia y sus huéspedes salió de madrugada y no
llegó hasta bien entrada la noche. Los del Valle se trasladaban en carretas tiradas por
bueyes, donde colocaban mesas y divanes de felpa. Seguían una recua de mulas con el
equipaje y peones a caballo, armados de primitivos trabucos para defenderse de los
bandoleros, que solían esperar agazapados en las curvas de los cerros. A la enervante
lentitud de los animales se sumaban los baches del camino, donde se trancaban las
carretas, y las frecuentes paradas a descansar, en que los sirvientes servían las viandas
de los canastos en medio de una nube de moscas. Todd nada sabía de agricultura, pero
bastaba una mirada para comprender que en esa tierra fértil todo se daba en
abundancia; la fruta caía de los árboles y se pudría en el suelo sin que nadie se diera el
trabajo de recogerla. En la hacienda encontró el mismo estilo de vida que había
observado años antes en España: una familia numerosa unida por intrincados lazos de
sangre y un inflexible código de honor. Su anfitrión era un patriarca poderoso y feudal
que manejaban en un puño los destinos de su descendencia y ostentaba, arrogante, un
linaje trazable hasta los primeros conquistadores españoles. Mis tatarabuelos, contaba,
anduvieron más de mil kilómetros enfundados en pesadas armaduras de hierro, cruzaron
montañas, ríos y el desierto más árido del mundo, para fundar la ciudad de Santiago.
Entre los suyos era un símbolo de autoridad y decencia, pero fuera de su clase se lo
conocía como un rajadiablos. Contaba con una prole de bastardos y con la mala fama
de haber liquidado a más de uno de sus inquilinos en sus legendarios arrebatos de mal
humor, pero esas muertes, como tantos otros pecados, no se ventilaban jamás. Su
esposa estaba en los cuarenta, pero parecía una anciana trémula y cabizbaja, siempre
vestida de luto por los hijos fallecidos en la infancia y sofocada por el peso del corsé, la
religión y aquel marido que le tocó en suerte. Los hijos varones pasaban sus ociosas
existencias entre misas, paseos, siestas, juegos y parrandas, mientras las hijas flotaban
como ninfas misteriosas por aposentos y jardines, entre susurros de enaguas, siempre bajo
el ojo vigilante de sus dueñas. Las habían preparado desde pequeñas para una
existencia de virtud, fe y abnegación; sus destinos eran matrimonios de conveniencia y la
maternidad.
En el campo asistieron a una corrida de toros que no se parecía ni remotamente al
brillante espectáculo de valor y muerte de España; nada de trajes de luces, fanfarria,
pasión y gloria, sino una pelotera de borrachos atrevidos atormentando al animal con
lanzas e insultos, revolcados a cornadas en el polvo entre maldiciones y carcajadas. Lo
más peligroso de la corrida fue sacar del ruedo a la bestia enfurecida y maltrecha, pero
con vida. Todd agradeció que ahorraran al toro la indignidad última de una ejecución
pública, pues su buen corazón de inglés prefería ver muerto al torero que al animal. Por
las tardes los hombres jugaban "tresillo" y "rocambor", atendidos como príncipes por un
verdadero ejército de criados oscuros y humildes, cuyas miradas no se elevaban del
suelo ni sus voces por encima de un murmullo. Sin ser esclavos, lo parecían. Trabajaban a
cambio de protección, techo y una parte de las siembras; en teoría eran libres, pero se
quedaban con el patrón, por déspota que éste fuese y por duras que resultaran las
condiciones, dado que no tenían adónde ir. La esclavitud se había abolido hacía más
de diez años sin mayor bulla. El tráfico de africanos nunca fue rentable por esos lados,
donde no existían grandes plantaciones, pero nadie mencionaba la suerte de los indios,
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despojados de sus tierras y reducidos a la miseria, ni de los inquilinos en los campos, que
se vendían y se heredaban con los fundos, como los animales. Tampoco se hablaba de
los cargamentos de esclavos chinos y polinésicos destinados a las guaneras de las Islas
Chinchas. Si no desembarcaban no había problema: la ley prohibía la esclavitud en
tierra firme, pero nada decía del mar. Mientras los hombres jugaban naipes, Miss Rose se
aburría discretamente en compañía de la señora del Valle y sus numerosas hijas. Eliza, en
cambio, galopaba a campo abierto con Paulina, la única hija de Agustín del Valle que
escapaba al modelo lánguido de las mujeres de esa familia. Era varios años mayor que
Eliza, pero ese día se divirtió con ella como si fueran de la misma edad, ambas con el
pelo al viento y la cara al sol fustigando sus cabalgaduras.
:::::::::::
Señoritas
Eliza Sommers era una chiquilla delgada y pequeña, con facciones delicadas como un
dibujo a plumilla. En 1845, cuando cumplió trece años y comenzaron a insinuarse pechos
y cintura, todavía parecía una mocosa, aunque ya se vislumbraba la gracia en los gestos
que habría de ser su mejor atributo de belleza. La implacable vigilancia de Miss Rose dio
a su esqueleto la rectitud de una lanza: la obligaba a mantenerse derecha con una
varilla metálica sujeta a la espalda durante las interminables horas de ejercicios de piano
y bordado. No creció mucho y mantuvo el mismo engañoso aspecto infantil, que le salvó
la vida más de una vez. Tan niña era en el fondo, que en la pubertad seguía durmiendo
encogida en la misma camita de su infancia, rodeada por sus muñecas, y chupándose
el dedo. Imitaba la actitud desganada de Jeremy Sommers, porque pensaba que era
signo de fortaleza interior. Con los años se cansó de fingirse aburrida, pero el
entrenamiento le sirvió para dominar su carácter. Participaba en las tareas de los
sirvientes: un día para hacer pan, otro para moler el maíz, uno para asolear los colchones
y otro para hervir la ropa blanca. Pasaba horas acurrucada detrás de la cortina de la
sala devorando una a una las obras clásicas de la biblioteca de Jeremy Sommers, las
novelas románticas de Miss Rose, los periódicos atrasados y toda lectura a su alcance,
por fastidiosa que fuese. Consiguió que Jacob Todd le regalara una de sus biblias en
español y procuraba descifrarla con enorme paciencia, porque su escolaridad había
sido en inglés. Se sumergía en el Antiguo Testamento con morbosa fascinación por los
vicios y pasiones de reyes que seducían esposas ajenas, profetas que castigaban con
rayos terribles y padres que engendraban descendencia en sus hijas. En el cuarto de los
trastos, donde se acumulaban vejestorios, encontró mapas, libros de viajes y documentos
de navegación de su tío John, que le sirvieron para precisar los contornos del mundo. Los
preceptores contratados por Miss Rose le enseñaron francés, escritura, historia, geografía
y algo de latín, bastante más de lo que inculcaban en los mejores colegios para niñas de
la capital, donde a fin de cuentas lo único que se aprendía eran rezos y buenos
modales. Las lecturas desordenadas, tanto como los cuentos del capitán Sommers,
echaron a volar su imaginación. Ese tío navegante aparecía en la casa con su
cargamento de regalos, alborotándole la fantasía con sus historias inauditas de
emperadores negros en tronos de oro macizo, de piratas malayos que juntaban ojos
humanos en cajitas de madreperla, de princesas quemadas en la pira funeraria de sus
ancianos maridos. En cada visita suya todo se postergaba, desde las tareas escolares
hasta las clases de piano. El año se iba en esperarlo y en poner alfileres en el mapa
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imaginando las latitudes de altamar por donde iba su velero. Eliza tenía poco contacto
con otras cria turas de su edad, vivía en el mundo cerrado de la casa de sus
benefactores, en la ilusión eterna de no estar allí, sino en Inglaterra. Jeremy Sommers
encargaba todo por catálogo, desde el jabón hasta sus zapatos, y se vestía con ropa
liviana en invierno y con abrigo en verano, porque se regía por el calendario del
hemisferio norte. La chica escuchaba y observaba con atención, tenía un
temperamento alegre e independiente, nunca pedía ayuda y poseía el raro don de
volverse invisible a voluntad, perdiéndose entre los muebles, las cortinas y las flores del
papel mural. El día que despertó con la camisa de dormir manchada por una sustancia
rojiza fue donde Miss Rose a comunicarle que se estaba desangrando por abajo.
-No hables de esto con nadie, es muy privado. Y a eres una mujer y tendrás que
conducirte como tal, se acabaron las chiquilladas. Es hora que vayas al colegio para
niñas de Madame Colbert -fue toda la explicación de su madre adoptiva, lanzada de un
tirón y sin mirarla, mientras producía del armario una docena de pequeñas toallas
ribeteadas por ella misma.
-Ahora te fregaste, niña, te cambiará el cuerpo, se te nublarán las ideas y cualquier
hombre, podrá hacer contigo lo que le venga en gana -le advirtió más tarde Mama
Fresia, a quien Eliza no pudo ocultar la novedad.
La india sabía de plantas capaces de cortar para siempre el flujo menstrual, pero se
abstuvo de dárselas por temor a sus patrones. Eliza tomó esa advertencia en serio y
decidió mantenerse vigilante para impedir que se cumpliera. Se vendó apretadamente
el torso con una faja de seda, segura que si ese método había funcionado por siglos
para reducir los pies de las chinas, como decía su tío John, no había razón para que
fallara en el intento de aplastar los senos. También se propuso escribir; por años había
visto a Miss Rose escribiendo en sus cuadernos y supuso que lo hacía para combatir la
maldición de las ideas nubladas. En cuanto a la última parte de la profecía -que
cualquier hombre podría hacer con ella lo que le viniera en gana- no le dio l a misma
importancia, porque simplemente fue incapaz de ponerse en el caso que hubiera
hombres en su futuro. Todos eran ancianos de por lo menos veinte años; el mundo
estaba desprovisto de seres de sexo masculino de su misma generación. Los únicos que
le gustaban para marido, el capitán John Sommers y Jacob Todd estaban fuera de su
alcance, porque el primero era su tío y el segundo estaba enamorado de Miss Rose,
como todo Valparaíso sabía.
Años después, recordando su niñez y su juventud, Eliza pensaba que Miss Rose y Mr. Todd
habrían hecho buena pareja, ella habría suavizado las asperezas de Todd y él la habría
rescatado del tedio, pero las cosas se dieron de otro modo. A la vuelta de los años,
cuando los dos peinaban canas y habían hecho de la soledad un lar go hábito, se
encontrarían en California bajo extrañas circunstancias; entonces él volvería a cortejarla
con la misma intensidad y ella volvería a rechazarlo con igual determinación. Pero todo
eso fue mucho más tarde.
Jacob Todd no perdía oportunidad de acercarse a los Sommers, no hubo visitante más
asiduo y puntual a las tertulias, más atento cuando Miss Rose cantaba con sus trinos
impetuosos ni más dispuesto a celebrar sus humoradas, incluso aquellas algo crueles con
que solía atormentarlo. Era una persona llena de contradicciones, pero ¿no lo era él
también? ¿No era acaso un ateo vendiendo biblias y embaucando a medio mundo con
el cuento de una supuesta misión evangelizadora? Se preguntaba por qué siendo tan
atrayente no se había casado; una mujer soltera a esa edad no tenía futuro ni lugar en la
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sociedad. En la colonia extranjera se murmuraba sobre un cierto escándalo en Inglaterra,
años atrás, eso explicaría su presencia en Chile convertida en ama de llaves de su
hermano, pero él nunca quiso averiguar los detalles, prefiriendo el misterio a la certeza
de algo que tal vez no habría podido tolerar. El pasado no importaba mucho, se repetía.
Bastaba un solo error de discreción o de cálculo para manchar la reputación de una
mujer e impedirle hacer un buen matrimonio. Habría dado años de su futuro por verse
correspondido, pero ella no daba señales de ceder al asedio, aunque tampoco
intentaba desanimarlo; se divertía con el juego de darle rienda para luego frenarlo de
golpe.
-Mr. Todd es un pajarraco de mal agüero con ideas raras, dientes de caballo y las manos
sudadas. Nunca me casaría con él, aunque fuera el último soltero en el universo -le
confesó riendo Miss Rose a Eliza.
A la chica el comentario no le hizo gracia. Estaba en deuda con Jacob Todd no sólo por
haberla rescatado en la procesión del Cristo de Mayo, también porque calló el incidente
como si jamás hubiera sucedido. Le gustaba ese extraño aliado: olía a perro grande,
como su tío John. La buena impresión que le causaba se convirtió en cariño leal cuando,
oculta tras la pesada cortina de terciopelo verde de la sala, lo escuchó hablar can
Jeremy Sommers.
-Debo tomar una decisión respecto a Eliza, Jacob. No tiene la menor noción de su lugar
en la sociedad. La gente empieza a hacer preguntas y Eliza seguramente se imagina un
futuro que no le corresponde. Nada hay tan peligroso como el demonio de la fantasía
agazapado en el alma femenina.
-No exagere, mi amigo. Eliza todavía es una chiquilla, pero es inteligente y seguro
encontrará su lugar.
-La inteligencia es un estorbo para la mujer. Rose quiere enviarla a la escuela de señoritas
de Madame Colbert, pero no soy partidario de educar tanto a las muchachas, se ponen
inmanejables. Cada uno en su lugar, es mi lema.
-El mundo está cambiando, Jeremy. En Estados Unidos los hombres libres son iguales ante
la ley. Se han abolido las clases sociales.
-Estamos hablando de mujeres, no de hombres. Por lo demás, Estados Unidos es un país
de comerciantes y pioneros, sin tradición ni sentido de la historia. La igualdad no existe
en ninguna parte, ni siquiera entre los animales y mucho menos en Chile.
-Somos extranjeros, Jeremy, apenas chapuceamos el castellano. ¿Qué nos importan las
clases sociales chilenas? Nunca perteneceremos a este país...
-Debemos dar buen ejemplo. Si los británicos somos incapaces de mantener nuestra
propia casa en orden ¿qué se puede esperar de los demás?
-Eliza se ha criado en esta familia. No creo que Miss Rose acepte destituirla sólo porque
está creciendo.
Así fue. Rose desafió a su hermano con el re pertorio completo de sus males. Primero
fueron cólicos y luego una jaqueca alarmante, que de la noche a la mañana la dejó
ciega. Durante varios días la casa entró en estado de quietud: se cerraron las cortinas, se
caminaba en puntillas y se hablaba en murmullos. No se cocinó más, porque el olor de
comida aumentaba los síntomas, Jeremy Sommers comía en el Club y regresaba a la
casa con la actitud desconcertada y tímida de quien visita un hospital. La extraña
ceguera y múltiples malestares de Rose, así como el silencio taimado de los empleados
de la casa, fueron minando rápidamente su firmeza. Para colmo Mama Fresia, enterada
misteriosamente de las discusiones privadas de los hermanos, se constituyó en formidable
aliada de su patrona. Jeremy Sommers se consideraba un hombre culto y pragmático,
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invulnerable a la intimidación de una bruja supersticiosa como Mama Fresia, pero
cuando la india encendió velas negras y echó humo de salvia por todas partes con el
pretexto de espantar a los mosquitos, se encerró en la biblioteca entre atemorizado y
furioso. Por las noches la oía arrastrando los pies descalzos al otro lado de su puerta y
canturreando a media voz ensalmos y maldiciones. El miércoles encontró una lagartija
muerta en su botella de brandy y decidió actuar de una vez por todas. Golpeó por
primera vez la puerta del aposento de su hermana y fue admitido en aquel santuario de
misterios femeninos que él prefería ignorar, tal como ignoraba la salita de costura, la
cocina, la lavandería, las celdas oscuras del ático donde dormían las criadas y la
casucha de Mama Fresia al fondo del patio; su mundo eran los salones, la biblioteca con
anaqueles de caoba pulida y su colección de grabados de caza, la sala de billar con la
ostentosa mesa tallada, su aposento amueblado con sencillez espartana y una pequeña
habitación de baldosas italianas para su aseo personal, donde algún día pensaba
instalar un excusado moderno como los de los catálogos de Nueva York, porque había
leído que el sistema de bacinicas y de recolectar los excrementos humanos en baldes
para ser usados como fertilizante, era fuente de epidemias. Debió aguardar que sus ojos
se acostumbraran a la penumbra, mientras aspiraba turbado una mezcla de olor a
medicamentos y de persistente perfume de vainilla. Rose apenas s e vislumbraba,
demacrada y suficiente, de espaldas en su cama sin almohada, con los brazos cruzados
sobre el pecho como si estuviera practicando su propia muerte. A su lado Eliza estrujaba
un paño con infusión de té verde para colocarle en los ojos.
-Déjanos solos, niña -dijo Jeremy Sommers, sentándose en una silla junto a la cama.
Eliza hizo una discreta venia y salió, pero conocía al dedillo las flaquezas de la casa y con
la oreja pegada al delgado tabique divisorio pudo oír la conversación, que después
repitió a Mama Fresia y anotó en su diario.
-Está bien, Rose. No podemos seguir en guerra. Pongámonos de acuerdo. ¿Qué es lo que
quieres? -preguntó Jeremy, vencido de antemano.
-Nada, Jeremy... -suspiró ella con una voz apenas audible.
-Jamás aceptarán a Eliza en el colegio de Madame Colbert. Allí sólo van las niñas de
clase alta y hogares bien constituidos. Todo el mundo sabe que Eliza es adoptada.
-¡Yo me encargaré que la acepten¡ -exclamó ella con una pasión inesperada en una
agonizante.
-Escúchame Rose, Eliza no necesita educarse más. Debe aprender un oficio para
ganarse la vida. ¿Qué será de ella cuando tú y yo no estemos para protegerla?
-Si tiene educación, se casará bien -dijo Rose, lanzando la compresa de té verde al suelo
e incorporándose en la cama.
-Eliza no es precisamente una belleza, Rose.
-No la has mirado bien, Jeremy. Está mejorando día a día, será bonita, te lo aseguro. ¡Le
sobrarán pretendientes¡
-¿Huérfana y sin dote?
-Tendrá dote -replicó Miss Rose, saliendo de la cama a trastabillones y dando unos
pasitos de ciega, desgreñada y descalza.
-¿Cómo así? Nunca habíamos hablado de esto...
-Porque no había llegado el momento, Jeremy. Una muchacha casadera requiere joyas,
un ajuar con suficiente ropa para varios años y todo lo indispensable para su casa,
además de una buena suma de dinero que le sirva a la pareja para iniciar algún
negocio.
-¿Y puedo saber cuál es la contribución del novio?
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-La casa y además tendrá que mantener a la mujer por el resto de sus días. En todo caso,
faltan varios años para que Eliza esté en edad de casarse y para entonces tendrá dote.
John y yo nos encargaremos de dársela, no te pediremos ni un real, pero no vale la pena
perder tiempo hablando de eso ahora. Debes considerar a Eliza como si fuera tu hija.
-No lo es, Rose.
-Entonces trátala si fuera hija mía. ¿Estás de acuerdo en eso, al menos?
-Sí, lo estoy -cedió Jeremy Sommers.
Las infusiones de té resultaron milagrosas. La enferma mejoró por completo y a las
cuarenta y ocho horas había recuperado la vista y estaba radiante. Se dedicó a atender
a su hermano con una solicitud encantadora; nunca había sido más dulce y risueña con
él. La casa volvió a su ritmo normal y de la cocina salieron rumbo al comedor los
deliciosos platos criollos de Mama Fresia, los panes aromáticos amasados por Eliza y los
finos pasteles, que tanto habían contribuido a la fama de buenos anfitriones de los
Sommers. A partir de ese momento Miss Rose modificó drásticamente su conducta
errática con Eliza y se esmeró con una dedicación maternal nunca antes demostrada en
prepararla para el colegio, mientras al mismo tiempo iniciaba un irresistible asedio a
Madame Colbert. Había decidido que Eliza tendría estudios, dote y reputación de bella,
aunque no lo fuera, porque la belleza, según ella, es cuestión de estilo. Cualquier mujer
que se comporte con la soberana seguridad de una beldad, acaba por convencer a
todo el mundo de que lo es, sostenía. El primer paso para emancipar a Eliza sería un
buen matrimonio, en vista de que la chica no contaba con un hermano mayor para
servirle de pantalla, como en su propio caso. Ella misma no veía la ventaja de casarse,
una esposa era propiedad del marido, con menos derechos que un sirviente o un niño;
pero por otra parte, una mujer sola y sin fortuna estaba a merced de los peores abusos.
Una casada, si contaba con astucia, al menos podía manejar al marido y con algo de
suerte hasta podía enviudar temprano...
-Yo daría contenta la mitad de mi vida por disponer de la misma libertad de un hombre,
Eliza. Pero somos mujeres y es tamos fritas. Lo único que podemos hacer es tratar de
sacarle partido a lo poco que tenemos.
No le dijo que la única vez que ella intentó volar sola se estrelló de narices contra la
realidad, porque no quería plantar ideas subversivas en la mente de la chiquilla. Estaba
decidida a darle un destino mejor que el suyo, la entrenaría en las artes del disimulo, la
manipulación y la artimaña, porque eran más útiles que la ingenuidad, de eso estaba
cierta. Se encerraba con ella tres horas en la mañana y otras tres en la tarde a estudiar
los textos escolares importados de Inglaterra; intensificó la enseñanza del francés con un
profesor, porque ninguna muchacha bien educada podía ignorar esa lengua. El resto
del tiempo supervisaba personalmente cada puntada de Eliza para su ajuar de novia,
sábanas, toallas, mantelería y ropa interior bordada con primor, que luego guardaban
en baúles envueltas en lienzos y perfumadas con lavanda. Cada tres meses sacaban el
contenido de los baúles y lo tendían al sol, evitando así la devastación de la humedad y
las polillas durante los años de espera hasta el matrimonio. Compró un cofre para las
joyas de la dote y encargó a su hermano John la tarea de llenarlo con regalos de sus
viajes. Se juntaron zafiros de la India, esmeraldas y amatistas de Brasil, collares y pulseras
de oro veneciano y hasta un pequeño prendedor de diamantes. Jeremy Sommers no se
enteró de los detalles y permaneció ignorante de la forma en que sus hermanos
financiaban tales extravagancias.
Las clases de piano -ahora con un profesor llegado de Bélgica que usaba una palmeta
para golpear los dedos torpes de sus estudiantes- se convirtieron en un martirio diario
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para Eliza. También asistía a una academia de bailes de salón y por sugerencia del
maestro de danza, Miss Rose la obligaba a caminar por horas equilibrando un libro sobre
la cabeza con el fin de hacerla crecer derecha. Ella cumplía con sus tareas, hacía sus
ejercicios de piano y caminaba recta como una vela aunque no llevara el libro sobre la
cabeza, pero de noche se deslizaba descalza al patio de los sirvientes y a menudo el
amanecer la sorprendía durmiendo sobre un jergón abrazada a Mama Fresia.
Dos años después de las inundaciones cambió la suerte y el país gozaba de buen clima,
tranquilidad política y bienestar económico. Los chilenos andaban en ascuas; estaban
acostumbrados a las desgracias naturales y tanta bonanza podía ser la preparación de
un cataclismo mayor. Además se descubrieron ricos yacimientos de oro y plata en el
norte. Durante la Conquista, cuando los españoles recorrían América buscando esos
metales y llevándose todo lo que encontraban al paso, Chile se consideraba el calo del
mundo, porque comparado con las riquezas del resto del continente tenía muy poco
que ofrecer. En la marcha forzada por sus inmensas montañas y por el desierto lunar del
norte se agotaba la codicia en el corazón de aquellos conquistadores y si algo
quedaba, los indómitos indios se encargaban de transformarla en arrepentimiento. Los
capitanes, exhaustos y pobres, maldecían esa tierra donde no les quedaba más remedio
que plantar sus banderas y echarse a morir, porque regresar sin gloria era peor.
Trescientos años más tarde esas minas, ocultas a los ojos de los ambiciosos soldados de
España y surgidas de pronto por obra de encantamiento, fueron un premio inesperado
para sus descendientes. Se formaron nuevas fortunas, a las que se unieron otras de la
industria y el comercio. La antigua aristocracia de la tierra, que había tenido siempre la
sartén por el mango, se sintió amenazada en sus privilegios y el desprecio por los ricos de
reciente factura pasó a ser un signo de distinción.
Uno de esos ricachos se enamoró de Paulina, la hija mayor de Agustín del Valle. Se
trataba de Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, próspero en pocos años gracias a una
mina de oro explotada a medias con su hermano. De sus orígenes poco se conocía,
salvo la sospecha de que sus antepasados eran judíos conversos y su sonoro apellido
cristiano había sido adoptado para quitarle el cuerpo a la Inquisición, razón de sobra
para ser rechazado de plano por los soberbios del Valle. Jacob Todd distinguía a Paulina
entre las cinco hijas de Agustín, porque su carácter atrevido y alegre le recordaba a Miss
Rose. La joven tenía una manera sincera de reírse que contrastaba con l as sonrisas
veladas tras los abanicos y las mantillas de sus hermanas. Al enterarse de la intención del
padre de encerrarla en un convento de clausura para impedir sus amores, Jacob Todd
decidió, contra toda prudencia, ayudarla. Antes de que se la llevaran, se las arregló
para cruzar un par de frases a solas con ella en un descuido de su dueña. Consciente de
que no disponía de tiempo para explicaciones, Paulina se sacó del escote una carta tan
doblada y vuelta a doblar que parecía un peñasco y le rogó que la hiciera llegar a su
enamorado. Al día siguiente la joven partió, secuestrada por su padre, en un viaje de
varios días por caminos imposibles hacia Concepción, una ciudad del sur cerca de las
reservas indígenas, donde las monjas cumplirían con el deber de devolverle el juicio a
punta de rezos y ayunos. Para evitar que tuviera la peregrina idea de rebelarse o
escapar, el padre ordenó que le afeitaran la cabeza. La madre recogió las trenzas, las
envolvió en un paño de batista bordada y las llevó de regalo a las beatas de la Iglesia
de la Matriz para destinarlas a pelucas de santos. Entretanto Todd no sólo logró entregar
la misiva, también averiguó con los hermanos de la muchacha la ubicación exacta del
convento y pasó el dato al atribulado Feliciano Rodríguez de Santa Cruz. Agradecido, el
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pretendiente se quitó el reloj de bolsillo con su cadena de oro macizo e insistió en dárselo
al bendito emisario de sus amores, pero éste lo rechazó, ofendido.
-No tengo cómo pagarle lo que ha hecho -murmuró Feliciano, turbado.
-No tiene que hacerlo.
Jacob Todd no supo de la infortunada pareja por un buen tiempo, pero dos meses más
tarde la sabrosa noticia de la huida de la señorita era el comidillo de toda reunión social
y el orgulloso Agustín del Valle no pudo impedir que se le agregaran más detalles
pintorescos, cubriéndolo de ridículo. La versión que Paulina relató a Jacob Todd meses
después, fue que una tarde de junio, de esas tardes invernales de lluvia fina y oscuridad
temprana, logró burlar la vigilancia y huyó del convento vestida con hábito de novicia,
llevándose los candelabros de plata del altar mayor. Gracias a la información de Jacob
Todd, Feliciano Rodríguez de Santa Cruz se trasladó al sur y mantuvo contacto secreto
con ella desde el comienzo, esperando la oportunidad de reencontrarse. Esa tarde la
aguardaba a corta distancia del convento y al verla tardó varios segundos en reconocer
a esa novicia medio calva que se desmoronó en sus brazos sin soltar los candelabros.
-No me mires así, hombre, el pelo crece -dijo ella besándolo de lleno en los labios.
Feliciano se la llevó en un coche cerrado de vuelta a Valparaíso y la instaló
temporalmente en la casa de su madre viuda, el más respetable escondite que pudo
imaginar, con la intención de proteger su honra hasta donde fuera posible, aunque no
había forma de evitar que el escándalo los mancillara. El primer impulso de Agustín fue
enfrentar en duelo al seductor de su hija, pero cuando quiso hacerlo se enteró que
andaba en viaje de negocios en Santiago. Se dio entonces a la tarea de encontrar a
Paulina, ayudado por sus hijos y sobrinos armados y decididos a vengar el honor de la
familia, mientras la madre y las hermanas rezaban a coro el rosario por la hija
descarriada. El tío obispo, que había recomendado enviar a Paulina a las monjas, intentó
poner algo de cordura en los ánimos, pero esos protomachos no estaban para sermones
de buen cristiano. El viaje de Feliciano era parte de la estrategia planeada con su
hermano y Jacob Todd. Se fue sin bulla a la capital mientras los otros dos echaban a
rodar el plan de acción en Valparaíso, publicando en un periódico liberal la
desaparición de la señorita Paulina del Valle, noticia que la familia se había guardado
muy bien de divulgar. Eso salvó la vida de los enamorados.
Por fin Agustín del Valle aceptó que ya no estaban los tiempos para desafiar la ley y en
vez de un doble asesinato más valía lavar la honra con una boda pública. Se
establecieron las bases de una paz forzada y una semana después, cuando todo estuvo
preparado, regresó Feliciano. Los fugitivos se presentaron en la residencia de los del Valle
acompañados por el hermano del novio, un abogado y el obispo. Jacob Todd se
mantuvo discretamente ausente. Paulina apareció vestida con un traje muy sencillo,
pero al quitarse el manto pudieron ver que llevaba desafiante una diadema de reina.
Avanzó del brazo de su futura suegra, quien estaba dispuesta a responder por su virtud,
pero no la dieron ocasión de hacerlo. Como lo último que la familia deseaba era otra
noticia en el periódico, Agustín del Valle no tuvo más remedio que recibir a la hija
rebelde y a su indeseable pretendiente. Lo hizo rodeado de sus hijos y sobrinos en el
comedor, convertido en tribunal para la ocasión, mientras las mujeres de la familia,
recluidas en el otro extremo de la casa, se enteraban de los detalles por las criadas,
quienes atisbaban tras las puertas y corrían llevando cada palabra. Dijeron que la chica
se presentó con todos esos diamantes brillando entre los pelos parados de su cabeza de
tiñosa y enfrentó a su padre sin asomo de modestia o temor, anunciando que aún tenía
los candelabros, en realidad los había tomado sólo para jorobar a las monjas. Agustín del
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Valle levantó una fusta para caballos, pero el novio se puso por delante para recibir el
castigo, entonces el obispo, muy cansado, pero con el peso de su autoridad intacto,
intervino con el argumento irrefutable de que no podría haber casamiento público para
acallar los chismes si los novios estaban con la cara machucada.
-Pide que nos sirvan una taza de chocolate, Agustín, y sentémonos a conversar como
gente decente -propuso el dignatario de la Iglesia.
Así lo hicieron. Ordenaron a la hija y a la viuda Rodríguez de Santa Cruz que aguardaran
afuera, porque ése era un asunto de hombres, y tras consumir varias jarras de espumoso
chocolate llegaron a un acuerdo. Redactaron un documento mediante el cual los
términos económicos quedaron claros y el honor de ambas partes a salvo, firmaron ante
el notario y procedieron a planear los detalles de la boda. Un mes más tarde Jacob Todd
asistió a un sarao inolvidable en que la pródiga hospitalidad de la familia del Valle se
desbordó; hubo baile, canto y comilona hasta el día siguiente y los invitados se fueron
comentando la hermosura de la novia, la felicidad del novio y la suerte de los suegros,
que casaban a su hija con una sólida, aunque reciente, fortuna. Los esposos partieron de
inmediato al norte del país.
:::::::::::
Mala reputación
Jacob Todd lamentó la partida de Feliciano y Paulina, había hecho una buena amistad
con el millonario de las minas y su chispeante esposa. Se sentía tan a sus anchas entre los
jóvenes empresarios, como incómodo empezaba a sentirse entre los miembros del "Club
de la Unión". Como él, los nuevos industriales estaban imbuidos de ideas europeas, eran
modernos y liberales, a diferencia de la antigua oligarquía de la tierra, que permanecía
atrasada en medio siglo. Le quedaban aún ciento setenta biblias arrumbadas bajo su
cama de las cuales ya no se acordaba, porque la apuesta estaba perdida desde hacía
tiempo. Había logrado dominar suficientemente el español como para arreglarse sin
ayuda y, a pesar de no ser correspondido, seguía enamorado de Rose Sommers, dos
buenas razones para quedarse en Chile. Los continuos desaires de la joven se habían
convertido en una dulce costumbre y ya no lograban humillarlo. Aprendió a recibirlos
con ironía y devolvérselos sin malicia, como un juego de pelota cuyas misteriosas reglas
sólo ellos conocían. Se relacionó con algunos intelectuales y pasaba noches enteras
discutiendo a los filósofos franceses y alemanes, así como los descubrimientos científicos
que abrían nuevos horizontes al conocimiento humano. Disponía de largas horas para
pensar, leer y discutir. Había ido decantando ideas que anotaba en un grueso cuaderno
ajado por el uso y gastaba buena parte del dinero de su pensión en libros encargados a
Londres y otros que compraba en la Librería Santos Tornero, en el barrio El Almendral
donde también vivían los franceses y estaba ubicado el mejor burdel de Valparaíso. La
librería era el punto de reunión de intelectuales y aspirantes a escritores. Todd solía pasar
días enteros leyendo; después entregaba los libros a sus compinches, quienes con
penuria los traducían y publicaban en modestos panfletos circulados de mano en mano.
Del grupo de intelectuales, el más joven era Joaquín Andieta, de apenas dieciocho
años, pero compensaba su falta de experiencia con una fluida vocación de liderazgo.
Su personalidad electrizante resultaba aún más notable, dadas su juventud y pobreza.
No era hombre de muchas palabras este Joaquín, sino de acción, uno de los pocos con
claridad y valor suficientes para transformar en impulso revolucionario las ideas de los
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libros, los demás preferían discutirlas eternamente en torno a una botella en la trastienda
de la librería. Todd distinguió a Andieta desde un comienzo, ese joven tenía algo
inquietante y patético que lo atraía. Había notado su aporreado maletín y la tela
gastada de su traje, transparente y quebradiza como piel de cebolla. Para ocultar los
huecos en las suelas de las botas, nunca se sentaba pierna arriba; tampoco se quitaba
la chaqueta porque, Todd presumía, su camisa debía estar cubierta de zurcidos y
parches. No poseía un abrigo decente, pero en invierno era el primero en madrugar
para salir a repartir panfletos y pegar pancartas llamando a los trabajadores a la rebelión
contra los abusos de los patrones, o a los marineros contra los capitanes y las empresas
navieras, labor a menudo inútil, porque los destinatarios eran en su mayoría analfabetos.
Sus llamados a la justicia quedaban a merced del viento y la indiferencia humana.
Mediante discretas indagaciones, Jacob Todd descubrió que su amigo estaba
empleado en la "Compañía Británica de Importación y Exportación". A cambio de un
sueldo mísero y un horario agotador, registraba los artículos que pasaban por la oficina
del puerto. También se le exigía cuello almidonado y zapatos lustrados. Su existencia
transcurría en una sala sin ventilación y mal alumbrada, donde los escritori os se
alineaban unos tras otros hasta el infinito y se apilaban legajos y libracos empolvados que
nadie revisaba en años. Todd preguntó por él a Jeremy Sommers, pero éste no lo
ubicaba; seguramente lo veía a diario, dijo, pero no tenía relación personal co n sus
subordinados y escasamente podía identificarlos por sus nombres. Por otros conductos
supo que Andieta vivía con su madre, pero del padre nada pudo averiguar; supuso que
sería un marinero de paso y la madre una de aquellas mujeres desafortunadas que no
calzaban en ninguna categoría social, tal vez bastarda o repudiada por su familia.
Joaquín Andieta tenía facciones andaluzas y la gracia viril de un joven torero; todo en él
sugería firmeza, elasticidad, control; sus movimientos eran precisos, su mirada intensa y su
orgullo conmovedor. A los ideales utópicos de Todd oponía un pétreo sentido de la
realidad. Todd predicaba la creación de una sociedad comunitaria, sin sacerdotes ni
policías, gobernada democráticamente bajo una ley moral única e inapelable.
-Está usted en la luna, Mr. Todd. Tenemos mucho que hacer, no vale la pena perder
tiempo discutiendo fantasías -lo interrumpía Joaquín Andieta.
-Pero si no empezamos por imaginar la sociedad perfecta ¿cómo vamos a crearla? -
replicaba el otro enarbolando su cuaderno, cada vez más voluminoso, al cual había
agregado planos de ciudades ideales, donde cada habitante cultivaba su alimento y los
niños crecían sanos y felices, cuidados por la comunidad, puesto que si no existía la
propiedad privada, tampoco se podía reclamar la posesión de los hijos.
-Debemos mejorar el desastre en que vivimos aquí. Lo primero es incorporar a los
trabajadores, los pobres y los indios, dar tierra a los campesinos y quitar poder a los curas.
Es necesario cambiar la Constitución, Mr. Todd. Aquí sólo votan los propietarios, es decir,
gobiernan los ricos. Los pobres no cuentan.
Al principio Jacob Todd ideaba rebuscados caminos para ayudar a su amigo, pero
pronto debió desistir porque sus iniciativas lo ofendían. Le encargaba algunos trabajos
para tener pretexto de darle dinero, pero Andieta cumplía a conciencia y luego
rechazaba de plano cualquier forma de pago. Si Todd le ofrecía tabaco, una copa de
brandy o su paraguas en una noche de tormenta, Andieta reaccionaba con arrogancia
helada, dejando al otro desconcertado y a veces ofendido. El joven jamás mencionaba
su vida privada o su pasado, parecía encarnarse brevemente para compartir unas horas
de conversación revolucionaria o lecturas enardecidas en la librería, antes de volverse
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humo al término de esas veladas. No disponía de unas monedas para ir con los otros a la
taberna y no aceptaba una invitación que no podía retribuir.
Una noche Todd no pudo soportar por más tiempo la incertidumbre y lo siguió por el
laberinto de calles del puerto, donde podía ocultarse en las sombras de los portales y en
las curvas de esas absurdas callejuelas, que según la gente eran tortuosas a propósito,
para impedir que se metiera el Diablo. Vio a Joaquín Andieta arremangarse los
pantalones, quitarse los zapatos, envolverlos en una hoja de periódico y guardarlos
cuidadosamente en su gastado maletín, de donde extrajo unas chancletas de
campesino para calzarse. A esa hora tardía sólo circulaban unas pocas almas perdidas y
gatos vagos escarbando en la basura. Sintiéndose como un ladrón, Todd avanzó en la
oscuridad casi pisando los talones de su amigo; podía escuchar su respiración agitada y
el roce de sus manos, que frotaba sin cesar para combatir los aguijonazos del viento
helado. Sus pasos lo condujeron a un conven tillo, cuyo acceso era uno de esos
callejones estrechos típicos de la ciudad. Una fetidez de orines y excrementos le dio en la
cara; por esos barrios la policía de aseo, con sus largos garfios para destapar las
acequias, pasaba rara vez. Comprendió la precaución de Andieta de quitarse sus únicos
zapatos: no supo lo que pisaba, los pies se le hundían en un caldo pestilente. En la noche
sin luna la escasa luz se filtraba entre los postigos destartalados de las ventanas, muchas
sin vidrios, tapiadas con cartón o tablas. Se podía atisbar por las ranuras hacia el interior
de cuartos miserables alumbrados por velas. La suave neblina daba a la escena un aire
irreal. Vio a Joaquín Andieta encender un fósforo, protegiéndolo de la brisa con su
cuerpo, sacar una llave y abrir una puerta a la luz trémula de la llama. ¿Eres tú, hijo? Oyó
nítidamente una voz femenina, más clara y joven de lo esperado. Enseguida la puerta se
cerró. Todd permaneció largo rato en la oscuridad observando la casucha con un deseo
inmenso de golp ear la puerta, deseo que no era sólo curiosidad, sino un afecto
abrumador por su amigo. Carajo, me estoy volviendo idiota, masculló finalmente. Dio
media vuelta y se fue al "Club de la Unión" a tomar un trago y leer los periódicos, pero
antes de llegar se arrepintió, incapaz de enfrentar el contraste entre la pobreza que
acababa de dejar atrás y esos salones con muebles de cuero y lámparas de cristal.
Regresó a su cuarto, abrasado por un fuego de compasión bastante parecido a aquella
fiebre que casi lo despachó durante su primera semana en Chile.
Así estaban las cosas a finales de 1845, cuando la flota comercial marítima de Gran
Bretaña asignó en Valparaíso un capellán para atender las necesidades espirituales de
los protestantes. El hombre llegó dispuesto a desafiar a los católicos, construir un sólido
templo anglicano y dar nuevos bríos a su congregación. Su primer acto oficial fue
examinar las cuentas del proyecto misionero en Tierra del Fuego, cuyos resultados no se
vislumbraban por parte alguna. Jacob Todd se hizo invitar al campo por Agustín del
Valle, con la idea de dar tiempo al nuevo pastor de desinflarse, pero cuando regresó dos
semanas más tarde, comprobó que el capellán no había olvidado el asunto. Por un
tiempo Todd encontró nuevos pretextos para evitarlo, pero finalmente debió enfrentarse
a un auditor y luego a una comisión de la Iglesia Anglicana. Se enredó en explicaciones
que se tornaron más y más fantásticas a medida que los números probaban el desfalco
con claridad meridiana. Devolvió el din ero que le quedaba en la cuenta, pero su
reputación sufrió un revés irremediable. Se terminaron para él las tertulias de los miércoles
en casa de los Sommers y nadie en la colonia extranjera volvió a invitarlo; lo eludían en la
calle y quienes tenían negocios con él, los dieron por concluidos. La noticia del engaño
alcanzó a sus amigos chilenos, quienes le sugirieron discreta, pero firmemente, que no
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apareciera más por el "Club de la Unión" si deseaba evitar el bochorno de ser expulsado.
No volvieron a aceptarlo en los juegos de cricket ni en el bar del Hotel Inglés, pronto
estuvo aislado y hasta sus amigos liberales le dieron la espalda. La familia del Valle en
bloque le quitó el saludo, salvo Paulina, con quien Todd mantenía un esporádico
contacto epistolar.
Paulina había dado a luz a su primer hijo en el norte y en sus cartas se revelaba
satisfecha de su vida de casada. Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, cada vez más rico
según decía la gente, había resultado ser un marido poco usual. Estaba convencido de
que la audacia demostrada por Paulina al fugarse del convento y doblar la mano de su
familia para casarse con él no debía diluirse en tareas domésticas, sino aprovecharse
para beneficio de los dos. Su mujer, educada como señorita, escasamente sabía leer y
sumar, pero había desarrollado una verdadera pasión por los negocios. Al principio a
Feliciano le extrañó su interés por indagar detalles sobre el proceso de excavación y
transporte de los minerales, así como los vaivenes de la Bolsa de Comercio, pero pronto
aprendió a respetar la descomunal intuición de su mujer. Mediante sus consejos, a los
siete meses de casados obtuvo grandes beneficios especulando con azúcar.
Agradecido, le obsequió un servicio para el té de plata labrada en el Perú, que pesaba
diecinueve kilos. Paulina, quien apenas podía moverse con el denso bulto de su primer
hijo en la barriga, rechazó el regalo sin levantar la vista de los escarpines que estaba
tejiendo.
-Prefiero que abras una cuenta a mi nombre en un banco de Londres y de ahora e n
adelante me deposites el veinte por ciento de las ganancias que yo consiga para ti.
-¿Para qué? ¿No te doy todo lo que deseas y mucho más? -preguntó Feliciano ofendido.
-La vida es larga y llena de sobresaltos. No quiero ser nunca una viuda pobre y menos
con hijos -explicó ella, sobándose la panza.
Feliciano salió dando un portazo, pero su innato sentido de justicia pudo más que su mal
humor de marido desafiado. Además, aquel veinte por ciento sería un incentivo
poderoso para Paulina, decidió. Hizo lo que ella le pedía, a pesar de que nunca había
oído de una mujer casada con dinero propio. Si una esposa no podía desplazarse sola,
firmar documentos legales, acudir a la justicia, vender o comprar nada sin la autorización
del marido, mucho menos podía disponer de una cuenta bancaria y usarla a su antojo.
Sería difícil explicárselo al banco y a los socios.
-Venga al norte con nosotros, el futuro está en la minas y allí puede empezar de nuevo -
sugirió Paulina a Jacob Todd, cuando se enteró en una de sus breves visitas a Valparaíso
que había caído en desgracia.
-¿Qué haría yo allí, amiga mía? -murmuró el otro.
-Vender sus biblias -se burló Paulina, pero de inmediato se conmovió ante la abismal
tristeza del otro y le ofreció su casa, amistad y trabajo en las empresas del marido.
Pero Todd estaba tan desanimado por la mala suerte y la vergüenza pública, que no
encontró fuerzas para iniciar otra aventura en el norte. La curiosidad y la inquietud que lo
impulsaban antes, habían sido reemplazadas por la obsesión de recu perar el buen
nombre perdido.
-Estoy derrotado, señora, ¿que no lo ve? Un hombre sin honor es un hombre muerto.
-Los tiempos han cambiado -lo consoló Paulina-. Antes la honra mancillada de una mujer
sólo se lavaba con sangre. Pero ya ve, Mr. Todd, en mi caso se lavó con una jarra de
chocolate. El honor de los hombres es mucho más resistente que el nuestro. No se
desespere.
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Feliciano Rodríguez de Santa Cruz, quien no había olvidado su intervención en tiempos
de sus amores frustrados con Paulina, quiso prestarle dinero para que devolviera hasta el
último centavo de las misiones, pero Todd decidió que entre deberle a un amigo o
deberle al capellán protestante, prefería lo último, puesto que su reputación de todos
modos ya estaba destruida. Poco después debió despedirse de los gatos y las tartas,
porque la viuda inglesa de la pensión lo expulsó con una cantaleta interminable de
reproches. La buena mujer había duplicado sus esfuerzos en la cocina para financiar la
propagación de su fe en aquellas regiones de invie rno inmutable, donde un viento
espectral ululaba día y noche, como decía Jacob Todd, ebrio de elocuencia. Al
enterarse del destino de sus ahorros en manos del falso misionero, montó en justa cólera y
lo echó de su casa. Mediante la ayuda de Joaquín Andieta , quien le buscó otro
alojamiento, pudo trasladarse a un cuarto pequeño, pero con vista al mar, en uno de los
barrios modestos del puerto. La casa pertenecía a una familia chilena y no tenía las
pretensiones europeas de la anterior, era de construcción ant igua, de adobe
blanqueado a la cal y techo de tejas rojas, compuesta de un zaguán a la entrada, un
cuarto grande casi desprovisto de muebles, que servía de sala, comedor y dormitorio de
los padres, uno más pequeño y sin ventana donde dormían todos los niño s y otro al
fondo, que alquilaban. El propietario trabajaba como maestro de escuela y su mujer
contribuía al presupuesto con una industria artesanal de velas fabricadas en la cocina. El
olor de la cera impregnaba la casa. Todd sentía ese aroma dulzón en sus libros, su ropa,
su cabello y hasta en su alma; tanto se le había metido bajo la piel, que muchos años
más tarde, al otro lado del mundo, seguiría oliendo a velas. Frecuentaba sólo los barrios
bajos del puerto, donde a nadie importaba la reputación buena o mala de un gringo
con los pelos rojos. Comía en las fondas de los pobres y pasaba días enteros entre los
pescadores, afanado con las redes y los botes. El ejercicio físico le hacía bien y por
algunas horas lograba olvidar su orgullo herido. Sólo Joaquín Andieta continuó
visitándolo. Se encerraban a discutir de política e intercambiar textos de los filósofos
franceses, mientras al otro lado de la puerta correteaban los hijos del maestro y fluía
como un hilo de oro derretido la cera de las velas. Joaquín Andieta no se refirió jamás al
dinero de las misiones, aunque no podía ignorarlo, dado que el escándalo se comentó a
viva voz durante semanas. Cuando Todd quiso explicarle que sus intenciones nunca
fueron las de estafar y todo había sido producto de su mala cabeza para los números, su
proverbial desorden y su mala suerte, Joaquín Andieta se llevó un dedo a la boca en el
gesto universal de callar. En un impulso de vergüenza y afecto, Jacob Todd lo abrazó
torpemente y el otro lo estrechó por un instante, pero enseguida se desprendió con
brusquedad, rojo hasta las orejas. Los dos retrocedieron simultáneamente, aturdidos, sin
comprender cómo habían violado la regla elemental de conducta que prohíbe
contacto físico entre los hombres, excepto en batallas o deportes brutales. En los meses
siguientes el inglés fue perdiendo el rumbo, descuidó su apariencia y solía vagar con una
barba de varios días, oliendo a velas y alcohol. Cuando se propasaba con la ginebra,
despotricaba como un maniático, sin pausa ni respiro contra los gobiernos, la familia real
inglesa, los militares y policías, el sistema de privilegios de clases, que comparaba al de
castas en la India, la religión en general y el cristianismo en particular.
-Tiene que irse de aquí, Mr. Todd se está poniendo chiflado -se atrevió a decirle Joaquín
Andieta un día que lo rescató de una plaza cuando estaba a punto de llevárselo la
guardia.
Exactamente así lo encontró, predicando como un orate en la calle, el capitán John
Sommers, quien había desembarcado de su goleta en el puerto hacía ya varias
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semanas. Su nave había sufrido tanto vapuleo en la travesía por el Cabo de Hornos, que
debió someterse a largas reparaciones. John Sommers había pasado un mes completo
en casa de sus hermanos Jeremy y Rose. Eso lo decidió a buscar trabajo en uno de los
modernos barcos a vapor apenas regresara a Inglaterra, porque no estaba dispuesto a
repetir la experiencia de cautiverio en la jaula familiar. Amaba a los suyos, pero los
prefería a la distancia. Se había resistido hasta entonces a pensar en los vapores, porque
no concebía la aventura del mar sin el desafío de las velas y del clima, que probaban la
buena cepa de un capitán, pero debió admitir finalmente que el futuro estaba en las
nuevas embarcaciones, más grandes, seguras y rápidas. Cuando notó que perdía pelo,
culpó naturalmente a la vida sedentaria. Pronto el tedio llegó a pesarle como una
armadura y escapaba de la casa para pasear por el puerto con impaciencia de fiera
atrapada. Al reconocer al capitán, Jacob Todd bajó el ala del sombrero y fingió no verlo
para ahorrarse la humillación de otro desaire, pero el marino lo detuvo en seco y lo
saludó con afectuosas palmadas en los hombros.
-¡Vamos a tomar unos tragos, mi amigo¡ -y lo arrastró a un bar cercano.
Resultó ser uno de es os rincones del puerto conocido entre los parroquianos por la
bebida honesta, donde además ofrecían un plato único de bien ganada fama: congrio
frito con papas y ensalada de cebolla cruda. Todd, quien solía olvidarse de comer en
esos días y siempre andaba corto de dinero, sintió el aroma delicioso de la comida y
creyó que iba a desmayarse. Una oleada de agradecimiento y placer le humedeció los
ojos. Por cortesía, John Sommers desvió la vista mientras el otro devoraba hasta la última
migaja del plato.
-Nunca me pareció buena idea ese asunto de las misiones entre los indios -dijo,
justamente cuando Todd empezaba a preguntarse si el capitán se habría enterado del
escándalo financiero-. Esa pobre gente no merece la desgracia de ser evangelizada.
¿Qué piensa hacer ahora?
-Devolví lo que quedaba en la cuenta, pero aún debo una buena cantidad.
-Y no tiene cómo pagarla, ¿verdad?
-Por el momento no, pero...
-Pero nada, hombre. Usted dio a esos buenos cristianos un pretexto para sentirse virtuosos
y ahora les ha dado m otivo de escándalo por un buen tiempo. La diversión les salió
barata. Cuando le pregunté qué piensa hacer me refería a su futuro, no a sus deudas.
-No tengo planes.
-Vuelva conmigo a Inglaterra. Aquí no hay lugar para usted. ¿Cuántos extranjeros hay en
este puerto? Cuatro pelagatos y todos se conocen. Créame, no lo dejarán en paz. En
Inglaterra, en cambio, puede perderse en la muchedumbre.
Jacob Todd se quedó mirando el fondo de su vaso con una expresión tan desesperada,
que el capitán soltó una de sus risotadas.
-¡No me diga que se queda aquí por mi hermana Rose¡
Era verdad. El repudio general habría sido algo más soportable para Todd, si Miss Rose
hubiera demostrado un mínimo de lealtad o comprensión, pero ella se negó a recibirlo y
devolvió sin abrir las cartas con que él intentaba limpiar su nombre. Nunca se enteró que
sus misivas jamás llegaron a manos de la destinataria, porque Jeremy Sommers, violando
el acuerdo de mutuo respeto con su hermana, había decidido protegerla de su propio
buen corazón e impedir que cometiera otra irreparable tontería. El capitán tampoco lo
sabía, pero adivinó las precauciones de Jeremy y concluyó que seguramente él habría
hecho lo mismo en tales circunstancias. La idea de ver al patético vendedor de biblias
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convertido en aspirante a la mano de su hermana Rose le parecía desastrosa: por una
vez estaba en pleno acuerdo con Jeremy.
-¿Tan evidentes han sido mis intenciones con Miss Rose? -preguntó Jacob Todd turbado.
-Digamos que no son un misterio, mi amigo.
-Me temo que no tengo la menor esperanza de que algún día ella me acepte...
-Me temo lo mismo.
-¿Me haría usted el inmenso favor de interceder por mí, capitán? Si al menos Miss Rose
me recibiera una vez, yo podría explicarle...
-No cuente conmigo para hacer de alcahuete, Todd . Si Rose correspondiera sus
sentimientos, usted ya lo sabría. Mi hermana no es tímida, se lo aseguro. Le repito,
hombre, lo único que le queda es irse de este maldito puerto, aquí va a terminar
convertido en un mendigo. Mi barco parte dentro de tres días rumbo a Hong Kong y de
allí a Inglaterra. La travesía será larga, pero usted no tiene apuro. El aire fresco y el
trabajo duro son remedios infalibles contra la estupidez del amor. Se lo digo yo, que me
enamoro en cada puerto y me sano apenas vuelvo al mar.
-No tengo dinero para el pasaje.
-Tendrá que trabajar como marinero y por las tardes jugar naipes conmigo. Si no ha
olvidado los trucos de tahúr que sabía cuando lo traje a Chile hace tres años, seguro me
esquilmará en el viaje.
Pocos días después Jacob Todd se embarcó mucho más pobre de lo que había llegado.
El único que lo acompañó al muelle fue Joaquín Andieta. El sombrío joven